


|
|
Borges después de Borges
|

Martes, 24 de agosto de 1999
|
|
Tal día como hoy, hace 100 años,
nació Jorge Luis Borges, y Rinconete, que ha venido publicando en sus páginas una
serie de citas borgianas a lo largo de este año, quiere celebrarlo trayendo extractos de
este párrafo, cronológicamente aún inexistente (a nuestro planeta le faltan aún 75
movimientos de traslación para que vea la luz). Hoy asumiremos que el tiempo es circular, que estamos
abocados al eterno retorno y que volvemos a leer un texto ya publicado, 75 años después
de haber aparecido en Rinconete. Al fin y al cabo, estamos en el universo borgiano.
«A riesgo de cometer un anacronismo, delito no
previsto por el código penal, pero condenado por el cálculo de probabilidades y por el
uso, transcribiremos una nota de la Enciclopedia Sudamericana, que se publicará en
Santiago de Chile, el año 2074. Hemos omitido algún párrafo que puede resultar ofensivo
y hemos anticuado la ortografía, que no se ajusta siempre a las exigencias del moderno
lector. Reza así el texto:
BORGES, JOSÉ FRANCISCO ISIDORO LUIS: autor autodidacta, nació en la ciudad de Buenos Aires,
a la sazón capital de la Argentina, en 1899. La fecha de su muerte se ignora, ya que los
periódicos, género literario de la época, desaparecieron durante los magnos conflictos
que los historiadores locales ahora compendian. Su padre era profesor de psicología. Fue
hermano de Norah Borges (q.v.). Sus preferencias fueron la literatura, la filosofía y la
ética. Prueba de lo primero es lo que nos ha llegado de su labor, que sin embargo deja
entrever ciertas incurables limitaciones. Por ejemplo, no acabó nunca de gustar de las
letras hispánicas, pese al hábito de Quevedo. Fue partidario de la tesis de su amigo
Luis Rosales, que argüía que el autor de los inexplicables Trabajos de Persiles y
Segismunda no pudo haber escrito El Quijote. Esta novela, por lo
demás, fue una de las pocas que merecieron la indulgencia de Borges; otras fueron las de
Voltaire, las de Stevenson, las de Conrad y las de Eça de Queiroz. Se complacía en los
cuentos, rasgo que nos recuerda el fallo de Poe, There is no such thing as a long poem
que confirman los usos de la poesía de ciertas naciones orientales. En lo que se refiere
a la metafísica, bástenos recordar cierta Clave de Baruch Spinoza, 1975.
Dictó cátedras en las universidades de Buenos Aires, de Texas y de Harvard, sin otro
título oficial que un vago bachillerato ginebrino que la crítica sigue pesquisando.
[...]
No hay que olvidar, en primer término, que los
años de Borges correspondieron a una declinación del país. Era de estirpe militar y
sintió la nostalgia del destino épico de sus mayores. Pensaba que el valor es una de las
pocas virtudes de que son capaces los hombres, pero su culto lo llevó, como a tantos
otros, a la veneración atolondrada de los hombres del hampa. Así, el más leído de sus
cuentos fue El hombre de la esquina rosada, cuyo narrador es un asesino. Compuso
letras de milonga, que conmemoran a homicidas congéneres. Sus estrofas de corte popular,
que son un eco de Ascasubi, exhuman la memoria de cuchilleros de cierto poeta menor, cuya
única proeza fue descubrir las posibilidades retóricas del conventillo. Los saineteros
ya habían armado un mundo que era esencialmente de Borges, pero la gente culta no podía
gozar de sus espectáculos con la conciencia tranquila. Es imperdonable que aplaudieran a
quien les autorizaba ese gusto. Su secreto y acaso inconsciente afán fue tramar la
mitología de un Buenos Aires, que jamás existió. Así, a lo largo de los años,
contribuyó sin saberlo y sin sospecharlo a esa exaltación de la barbarie que culminó en
el culto del gaucho, de Artigas y de Rosas.
[...]
¿Sintió Borges alguna vez la discordia íntima
de su suerte? Sospechamos que sí. Descreyó del libre albedrío y le complacía repetir
esta sentencia de Carlyle: La historia universal es un texto que estamos obligados a
leer y a escribir incesantemente y en el cual también nos escriben. [...]»
(Tomado de «Epílogo» en Obras Completas,
Tomo III, Emecé, Buenos Aires, págs. 505-507.)
|
|
El idioma, El
libro, La inmortalidad, Buenos Aires, Los
infiernos, según Swedenborg, El tiempo, El ultraísmo, Pedro
Leandro Ipuche, Quevedo, Gómez de la Serna y Cansinos, Torres Villarroel, Pierre Menard, autor del Quijote, Martín Fierro, Corsarias, Las
kenningar, El infinito, Tras el poema, El tigre, La dicha de escribir, La manera de hablar de los
españoles, Los gauchos, La vida es sueño, Las matemáticas, El abuelo, Un evangelio apócrifo y Borges nos espera: todo lo
nombrado pudiera parecer una enumeración caótica de ese «ordenamiento eficaz de la
enigmática abundancia del mundo, que es el idioma», sin embargo constituyen los
pequeños fragmentos que han conformado hasta hoy esta sección de Borgianas, que
no pretende ser más que un humilde homenaje a su autor, y que con motivo del centenario
de su nacimiento recopilamos aquí.
|
Buzón de Rinconete
l |
| Queremos conocer sus opiniones sobre los textos de nuestra
sección. No dude en enviarnos sus comentarios |
|
|

| Inicio | Claroscuro | Concurso |
| Portada del CVC |
| Obras de referencia | Actos culturales | Foros | Aula de lengua | Oteador |
| Rinconete | El trujamán |
| Enviar comentarios |
Centro
Virtual Cervantes
© Instituto Cervantes (España), 1998-. Reservados todos los derechos.
|
|