«La discordia eterna del arte se ha
incorporado en esos dos adversarios tácitos y extrañamente opuestos: en el madrileño
tupido, espeso y carnal que sumergido en la realidad en esa enconadísima dureza que
nombran realidad los castellanos quiere desamarrarse mediante pormenores, grabazones
y voluntariosos caprichos y en el andaluz, alto como una llamarada de amotinada hoguera e
inhábil en el ademán como un árbol, cuyas palabras lentas y eficaces oyen siempre la
pena.»«Entre
ambos hombres y mejor aún, entre ambos espíritus, vaciló durante algún tiempo la
mocedad literalizada de España. En la ajustada y casi carcelaria botillería Pombo
estableció Gómez de la Serna su conventículo, en tanto el sevillano juntó a los suyos
en el Colonial, café de espejos abismáticos que lejos de deformar la vida, la aceptan y
repiten y comentan con insistencias generosas de salmo.»
(Tomado de «La traducción de un
incidente», en Inquisiciones, Madrid, Alianza, 1998, pág. 17-18). |