«Hay un concepto que es el corruptor y el desatinador de los otros. No hablo del Mal
cuyo limitado imperio es la ética; hablo del infinito. Yo anhelé compilar alguna vez su
móvil historia. La numerosa Hidra (monstruo palustre que viene a ser una prefiguración o
un emblema de las progresiones geométricas) daría conveniente horror a su pórtico; la
coronarían las sórdidas pesadillas de Kafka y sus capítulos centrales no desconocerían
las conjeturas de ese remoto cardenal alemán Nicolás de Krebs, Nicolás de
Cusa que en la circunferencia vio un polígono de un número infinito de ángulos y
dejó escrito que una línea infinita sería una recta, sería un triángulo, sería un
círculo y sería una esfera (De docta ignorantia, I, 13). Cinco, siete años de
aprendizaje metafísico, teológico, matemático, me capacitarían (tal vez) para planear
decorosamente este libro. Inútil agregar que la vida me prohíbe esa esperanza, y aun ese
adverbio.»(Tomado de «Avatares de la
tortuga», Discusión, en Obras Completas, Buenos Aires, Emecé, Tomo I,
pág. 234)
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