Literatura
El mismo anhelo de orden que en el principio creó las matemáticas hizo que yo buscara un orden en esa aberración de las matemáticas que son las insensatas piedras que engendran. En sus imprevisibles variaciones quise hallar una ley. Consagré los días y las noches a fijar una estadística de los cambios. De esa etapa conservo unos cuadernos, cargados vanamente de cifras. Mi procedimiento era este. Contaba con los ojos las piezas y anotaba la cifra. Luego la dividía en dos puñados que arrojaba sobre la mesa. Contaba las dos cifras, las anotaba y repetía la operación. Inútil fue la búsqueda de un orden, de un dibujo secreto en las rotaciones. El máximo de piezas que logré fue de 419; el mínimo, tres. Hubo un momento en que esperé, o temí, que desaparecieran. A poco de ensayar comprobé que un disco aislado de los otros no podía multiplicarse o desaparecer.
(Tomado de La memoria de Shakespeare. Buenos Aires, Emecé, Tomo III, pág. 387).