«La doctrina romántica de una Musa que inspira a los poetas fue la que profesaron los
clásicos; la doctrina clásica del poema como una operación de la inteligencia fue
enunciada por un romántico, Poe, hacia 1846. El hecho es paradójico. Fuera de unos casos
aislados de inspiración onírica el sueño del pastor que refiere Beda, el ilustre
sueño de Coleridge, es evidente que ambas doctrinas tienen su parte de verdad,
salvo que corresponden a distintas etapas del proceso. (Por Musa debemos entender lo que
los hebreos y Milton llamaron el Espíritu y lo que nuestra triste mitología llamaba lo
Subconsciente.) En lo que me concierne, el proceso es más o menos invariable. Empiezo por
divisar una forma, una suerte de isla remota, que será después un relato o una poesía.
Veo el fin y veo el principio, no lo que se halla entre los dos. Esto gradualmente me es
revelado, cuando los astros o el azar son propicios. Más de una vez tengo que desandar el
camino por la zona de sombra.»(«Prólogo»
de La rosa profunda, en Obras Completas, Tomo III, Emecé, Buenos
Aires, pág. 77.)
|