«Quiso examinar Villarroel la traza de su
espíritu y confesó haberlo juzgado semejante al de todos, sin eminencias privativas ni
especial fortaleza en lacras o cualidades: desengaño que no alcanzaron ni Strindberg ni
Rousseau ni el propio Montaigne. Esa abarcadora y confesa vulgaridad de un alma, es cosa
que conforta. »Su
obra breve en el tiempo, pues hoy está olvidada con injusticia fue larga en
el espacio y la incompleta edición póstuma hecha en Madrid por los años 1795 la reparte
en 15 volúmenes. Todas las cosas y otras muchas más están barajadas en ella: tratados
astronómicos, vidas de varones piadosos, un Arte de colmenas, mucha desbocada
invectiva, romances al estilo aldeano, entremeses, la Anatomía de lo visible y lo
invisible, los Sueños morales, la Barca de Aqueronte, el Correo del
otro mundo, dos tomos de pronósticos y unos zangoloteados sonetos [...]»
(Tomado de Inquisiciones,
Madrid, Alianza, 1998, pág. 12.) |