«A nadie puede maravillar que el
primero de los elementos, el fuego, no abunde en el libro de un hombre de ochenta y tantos
años. Una reina, en la hora de su muerte, dice que es fuego y aire; yo suelo sentir que
soy tierra, cansada tierra. Sigo, sin embargo, escribiendo. ¿Qué otra suerte me queda,
qué otra hermosa suerte me queda? La dicha de escribir no se mide por las virtudes o
flaquezas de la escritura. Toda obra humana es deleznable, afirma Carlyle, pero su
ejecución no lo es.No profeso ninguna
estética. Cada obra confía a su escritor la forma que busca: el verso, la prosa, el
estilo barroco o el llano. Las teorías pueden ser admirables estímulos (recordemos a
Withman) pero asimismo pueden engendrar monstruos o meras piezas de museo. Recordemos el
monólogo interior de James Joyce o el sumamente incómodo Polifemo.»
Tomado del «Prólogo» de Los conjurados,
en Obras Completas, Buenos Aires: Emecé, Tomo III, pág. 455.
|