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Un país colosal. Tal es la impresión que ofrece,
al extranjero y al nativo, la República Federal de Brasil. Esa realidad se presenta como
una constante en cualquier consideración o análisis que quiera hacerse sobre este
territorio americano. Y a partir de ella, se deduce otra realidad igualmente
incontestable: la heterogeneidad derivada de una extensión y una variedad geográficas
casi comparables a las de un continente.
La llegada de Pedro Álvares
Cabral a las costas de Brasil en el año 1500 supuso para el idioma portugués el inicio
de una aventura geográfica y social que el español vivió desde diversas regiones
americanas. Los límites de las aventuras de estas dos lenguas quedaron dibujados muy
pronto, con la firma de un tratado, el de Tordesillas, que destinaba a la influencia
portuguesa aproximadamente el territorio de lo que hoy es Brasil, pero que establecía
también unas relaciones permanentes de vecindad.
Aunque en la fecha de la firma
del tratado no se conocía todavía el perfil completo del nuevo continente en
rigor, ni siquiera se sabía que se estaba ante un nuevo continente, quedó ya
echada la suerte por la que Brasil quedaría rodeado de territorios hispanohablantes y por
la que el portugués circundaría buena parte de las fronteras de numerosos países
hispanos de América del Sur.
La presencia de la lengua
española en Brasil, en sus condiciones actuales y en las que puede experimentar en un
futuro próximo, se ve determinada de modo claro por los dos hechos señalados: la
grandeza del territorio y su heterogeneidad. Todo cuanto en Brasil llega a tener
importancia o una presencia medianamente apreciable acaba viéndose afectado, para bien o
para mal, por el peso y la naturaleza de Brasil. La configuración lingüística de
Sudamérica es prueba de ello. |