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Desde que,
en 1860, la llamada «guerra de África» levantara en España oleadas
de entusiasmo expansionista, las relaciones entre nuestro país y
Marruecos estuvieron marcadas por el progresivo crecimiento de una
corriente de opinión favorable a la intervención española más allá
del Estrecho. Junto a los partidarios de lo que se llamó «penetración
pacífica» (intervención diplomática, política y, sobre todo, económica),
no faltaron los abogados de una presencia colonial efectiva, que
pasaba por la ocupación militar del territorio. Situado en el marco
de la expansión imperialista europea del siglo XIX,
aunque dotado de características propias, el movimiento africanista
hispano culminó en el establecimiento, en 1912, de un protectorado
sobre Marruecos compartido con Francia y limitado a las regiones
septentrionales del territorio ocupado1.
Las relaciones
coloniales de tipo tradicional, tanto en el período de suplantación
del poder político y militar autóctono como en el inmediatamente
anterior, vienen marcadas por el hecho de la dominación y explotación
de un país por otro. Sin embargo, esta realidad innegable, que condiciona
de raíz el contacto entre las poblaciones de ambos países, se manifiesta
a través de múltiples matices y formulaciones, que afectan de modos
muy diversos a los diferentes grupos sociales implicados en ella.
La acción colonial afecta no sólo a los colonizados, sino también
a los colonizadores, y provoca reacciones individuales y colectivas,
conflictos y contagios mutuos, influencias y rechazos. De todo ello,
el caso del colonialismo español en Marruecos es un ejemplo particularmente
interesante, que después de un largo silencio empieza a atraer con
intensidad la atención de los historiadores.
Una de las
áreas en las cuales la interacción entre colonizadores y colonizados
puede observarse con mayor riqueza de matices es, desde luego, la
de la comunicación lingüística. La necesidad de comprender y hacerse
comprender generó desde muy pronto, en las relaciones entre España
y sus vecinos del mundo musulmán, la aparición de intermediadores
lingüísticos -los intérpretes o truchimanes- que representaron un
papel decisivo, aunque oscuro, en la acción política y militar del
Imperio Español en los siglos imperiales. En el Marruecos del siglo
XIX, los intérpretes de la Legación española
en Tánger, o los que acompañan a las embajadas extraordinarias ante
el sultán, son tanto españoles como marroquíes; representan, como
sus antecesores, un papel fundamental pero poco reconocido públicamente2.
Las dificultades de creación de un cuerpo permanente y bien entrenado
de intérpretes de origen español y que, por tanto, pudieran sustituir
adecuadamente a los intérpretes marroquíes constituyen una página
muy instructiva en la historia de la presencia española en Marruecos,
a través de la cual se revelan las debilidades y contradicciones
de la acción colonial emprendida en la segunda mitad del siglo XIX.
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A pesar de
esas dificultades y de las oscilaciones de una política a veces
errática, la necesidad de contar con intermediarios lingüísticos
de confianza favoreció la creación de sistemas formativos en los
cuales figura en primer lugar la publicación de métodos de enseñanza
de la lengua árabe. En la segunda mitad del siglo XIX
y las primeras décadas del XX, una rápida
comparación bibliográfica permite asegurar que estos métodos superaban
con mucho, numéricamente, a los que se publicaron para enseñar español
a los marroquíes3. Una
figura simbólica, a este respecto, es la del franciscano José Lerchundi
(1836-1896), prefecto apostólico en Marruecos, agente diplomático,
creador e impulsor de obras benéficas y culturales y autor del que
se considera primer método de enseñanza del árabe hablado marroquí
para españoles y de otros trabajos destinados al mismo fin4.
Conforme avanzaba la presión «africanista» en la opinión pública
española, se dejaba constancia con firmeza de la importancia de
conocer y dominar el idioma hablado y escrito por los marroquíes,
y así se hizo notar en el famoso mitin del teatro Alhambra de Madrid
(1884) y en los diversos congresos africanistas celebrados en Madrid,
Zaragoza o Valencia a finales del siglo XIX
y comienzos del XX.No se trataba
de un fenómeno nuevo ni peculiar; la expansión española en América
tampoco fue acompañada de un esfuerzo sistemático por enseñar el
idioma de los conquistadores, a pesar de la conocida vinculación
planteada por Nebrija entre lengua e Imperio5.
Pero esto no quiere decir que el español no se hubiera difundido
entre grupos de población marroquíes, especialmente los que estaban
más en contacto con la amplia colonia hispánica que llegó a formarse
en lugares como Tánger, donde los viajeros extranjeros observaban
que era el castellano la lengua más difundida. Se trataba, por tanto,
de una difusión lingüística «natural», debida al contacto entre
poblaciones y no a una política definida y voluntaria.
El conocimiento
del español divulgado de este modo, por aprendizaje oral en las
relaciones de la vida cotidiana, era sin duda imperfecto, y dio
lugar a reproducciones de carácter burlesco, que tendían a ofrecer
una imagen deliberadamente peyorativa de los marroquíes que lo hablaban
y que solían pertenecer a las capas populares6.
En otros ámbitos sociales, el dominio de lenguas extranjeras, entre
ellas el español, se señala ocasionalmente entre altos funcionarios,
como sucede con Abd al-Karim Brisa, varias veces embajador
ante la Corte de Madrid a finales del siglo XIX.
Los autores que señalan las capacidades lingüísticas de Brisa no
indican, sin embargo, cómo las adquirió, aunque es muy probable
que en su caso y en otros similares se hubiera recurrido a profesores
particulares. Existía, por tanto, una clara diferencia, social y
cultural, entre los marroquíes que accedían al conocimiento de la
lengua española en el período anterior al establecimiento del Protectorado:
de un lado, una gran mayoría analfabeta y que manejaba la versión
«marroquí» del árabe, podía adquirir un cierto manejo de la lengua
en contacto directo con hispanohablantes; de otro, miembros de las
élites urbanas, conocedores de los niveles «clásicos» del árabe,
formaban un público potencial para autores de métodos de enseñanza
del español dirigidos específicamente a una audiencia árabe.
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No es casual
que 1912, fecha del establecimiento del Protectorado, sea también
la aparición de la pionera Gramática española en idioma árabe
compuesta por Clemente Cerdeira (1887-1942) y publicada por la Imprenta
Católica de Beirut. Se trata de un texto destinado a lectores con
un buen conocimiento del árabe clásico, en el cual está redactada
tanto su introducción como el aparato explicativo de sus tres partes.
De la introducción es necesario destacar su llamativo -aunque falaz-
aserto de que el español es de gran facilidad para los árabes, por
la gran cantidad de palabras de ese origen con que cuenta y que
se incorporaron durante el período andalusí. Por otro lado, continúa,
el conocimiento del español abre a los árabes el del resto de las
lenguas europeas, por lo que su aprendizaje reviste una doble utilidad.
En 1917, un anuncio publicado en el periódico árabe Al-Islah,
de Tetuán, afirmaba que se trataba de «un libro utilísimo, con el
cual el alumno puede aprender la lengua española sin maestro, ya
que además de las reglas gramaticales, contiene las palabras españolas
escritas en grafía árabe y un pequeño vocabulario español-árabe
en el que se incluyen las voces más usadas»7.
Aunque había sido publicada en Beirut, donde Cerdeira completaba
su formación como arabista, su Gramática se dirigía principalmente
a esas capas cultas de la sociedad marroquí a las que se ha hecho
referencia anteriormente: el primer ejercicio de lectura se refiere
a Marruecos y en las portadas del libro, tanto en español como en
árabe, se hace constar que su autor ha sido intérprete de la embajada
española en Marrakech. Hay también, en los ejercicios de lectura,
algunos mensajes de claro contenido político («Un rey constitucional
es preferible a un Sultán absoluto»; «En España se puede estudiar
libremente y a nadie se molesta, sea cual fuere su religión, estado
social, situación, etcétera.»)8.Cerdeira pertenecía
al cuerpo de intérpretes españoles. También lo fue, como luego veremos,
Julio Tienda. Pero, a diferencia de Tienda, Cerdeira y los colegas
de su generación y la que les precedió, habían adquirido su formación
lingüística en árabe por haberse criado o haber nacido en Marruecos.
La obra de Cerdeira, que fue también autor de una gramática de árabe
clásico, responde en cierto modo a las críticas de las que esos
intérpretes habían sido objeto, por su mayor dominio de los niveles
hablados de la lengua en detrimento del registro clásico. Para poder
aprovechar la utilidad de su método, pregonada en su introducción
y en la publicidad de la prensa árabe de Tetuán, era necesario un
buen nivel de conocimientos en ese registro. Mientras tanto, los
maestros españoles que enseñaban en la incipiente red educativa
establecida por el Protectorado, recurrían lógicamente a los libros
de texto compuestos en España para niños españoles; en cualquier
caso, el número de alumnos árabes que acudían a sus clases era muy
reducido9.
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NOTAS
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1.
Víctor Morales lezcano, El colonialismo hispanofrancés
en Marruecos: 1898-1927, Madrid, Siglo XXI, 1976.

2.
Mourad Zarrouk, España y sus traductores en
Marruecos (1859-1936). Contribución a la historia de
la traducción, Tesis Doctoral, Universidad Autónoma
de Madrid, 2002.

3.
Alberto Gómez Font, «El dilema de los traductores
del Protectorado Español en Marruecos: ¿árabe
literal o árabe marroquí?», Orientalismo,
exotismo y traducción, ed. G. Fernández
Parrilla y M. C. Feria García, Cuenca, 2000, págs.
131-141.

4.
Ramón Lourido Díaz, (coord.), Marruecos
y el padre Lerchundi, Madrid, Mapfre, 1996.

5.
Aquilino Sánchez Pérez, Historia de la enseñanza
del español como lengua extranjera, Madrid, Sociedad
General Española de Librería, 1992, pág.
291.

6.
Ejemplos concretos, en Martín Corrales, Eloy,
La imagen del magrebí en España: una perspectiva
histórica. Siglos
XVI-XX, Barcelona, Edicions Bellaterra,
2002, pág. 112.

7.
Al-Islah, 8 de octubre de 1917, pág. 13.

8.
Clemente Cerdeira Fernández, Gramática
española en idioma árabe, Beirut, al-Matbaa
al-Kat-ulikiya, 1912, págs. 50 y 177.

9.
Así
se deduce de la lectura de Ricardo Ruiz Orsatti, La
enseñanza en Marruecos, Tetuán, La Papelera Africana, 1918. Ruiz Orsatti era, en el momento de la publicación de esta
obra, Inspector General de la Enseñanza Hispano-Árabe
en Marruecos. Véase también Mayd-u-bi-,
Hasan al-, «Al-Tarbiya wa-l-talim
min jilal al-wat-aiq al-isbaniya alà ahd
al-himaya», Actas del Coloquio Tetuán en la
documentación española del Protectorado,
Tetuán, Universidad , Abd al-Malik al-Sadi,
1998, págs. 98-107.

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