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Íntimamente
ligado al desarrollo de la acción colonial española en Marruecos,
el destino de Julio Tienda representa igualmente la inserción en
ese contexto del ámbito académico y universitario, en su vertiente
más implicada con las realidades de su tiempo. Su actividad profesional
estuvo marcada por la labor de interpretación, es decir, por una
intermediación lingüística y cultural basada en su conocimiento
de la lengua de la población local. La escasa formación que, en
este aspecto, tenían los funcionarios del Protectorado, tanto civiles
como militares, era uno de los problemas reiteradamente expuestos
a lo largo de los más de 40 años de la historia colonial española
en Marruecos.
En sentido
contrario, los problemas de la enseñanza del español, al menos en
la primera parte de esa historia, tampoco se solucionaron adecuadamente.
Más arriba se han planteado las contradicciones derivadas de las
diferencias sociales y culturales entre la población marroquí; significativamente,
Tienda las resume en su propia experiencia como divulgador de su
propio idioma. Por una parte, en efecto, fue profesor particular
de español del jalifa, representante de la teórica autoridad del
sultán de Marruecos en la zona norte del Protectorado; por otra,
fue autor de una obra dirigida a las tropas marroquíes al servicio
de España.
En contraste
con la Gramática de Cerdeira, cuyo público estaba formado,
en principio, por grupos cultos y deseosos de ampliar sus horizontes
lingüísticos -a los que, de paso, se les enviaban mensajes políticos
de cierto progresismo-, la obra de Tienda iba dirigida a solucionar
los problemas de comunicación entre la oficialidad española y las
tropas «indígenas», cuyo nivel cultural, en su propia lengua, no
podía ser muy elevado. Por otro lado, al tomar como base de su obra
su propia experiencia en la enseñanza del árabe, Tienda soslaya
por completo la más que posible existencia de soldados marroquíes
berberófonos en las filas de esas tropas.
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El predominio
de la presencia militar en la historia del Protectorado español
en Marruecos es un hecho innegable, que ha condicionado tanto la
relación colonial como la literatura de todo tipo producida en torno
a ella. En esa presencia militar tuvieron una parte importante los
contingentes alistados localmente, dentro de una política similar
a la realizada por Francia en sus colonias norteafricanas e iniciada
por Dámaso Berenguer en 1911. Sin embargo, a diferencia de Francia,
que reclutaba en Argelia a los soldados que luego llevaba a Marruecos,
el ejército español se vio obligado a depender, para sus tropas
indígenas, de la propia población marroquí17.
La práctica continuidad de un estado de guerra, desde la instauración
del Protectorado hasta la «pacificación» de 1927, favorecía muy
poco el establecimiento de lazos permanentes de lealtad entre oficiales
y soldados, tanto más cuanto que las razones de estos últimos para
alistarse en el ejército español eran fundamentalmente económicas18.
Si los oficiales
e interventores desconocían la lengua de las «tropas indígenas»
(todavía en 1948 se sigue lamentado la «sordomudez» del oficial
español ante sus soldados marroquíes)19,
al menos habían enseñado a sus subordinados el vocabulario militar
más elemental, imprescindible para el ejercicio del mando. Así se
reconoce en el prefacio de la Cartilla de Tienda (compuesto
en árabe por Ni'mat Allah al-Dahdah y traducido por Tubau). Que
se trataba de una situación del todo insatisfactoria lo demuestra
que en 1918 se hubiera convocado oficialmente un concurso, ganado
por Julio Tienda, para la composición de un libro de texto destinado
a la enseñanza del castellano «al personal indígena de las fuerzas
regulares y Policía del territorio del Protectorado español en África».
En las tres
partes en que se divide la Cartilla hay una notable presencia,
como era de esperar, del vocabulario militar; sin embargo, no es
tan abundante como cabría suponer (aunque una sección está dedicada
en exclusiva a las «voces tácticas»), y el propio autor se justifica
a este respecto en su prólogo, en el que afirma que su pretensión
ha sido mencionar «las palabras de mayor uso entre los indígenas».
El léxico así reunido se presenta en tres columnas: castellano,
pronunciación -en caracteres árabes- y traducción al árabe; en esta
última columna se introducen muchas voces pertenecientes al registro
dialectal, único que se maneja corrientemente en la lengua hablada.
Los ejercicios de lectura y pronunciación contienen, asimismo, referencias
diversas al entorno cotidiano del soldado marroquí, sin limitarse
exclusivamente al uso de las armas o a las tácticas militares.
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La tercera
y última parte de la Cartilla agrupa una serie de textos
en español, con su correspondiente traducción al árabe. Se trata
de fábulas cortas -con su moraleja-, refranes y cuentos breves,
entre los cuales sorprende la inclusión del llamado «El hombre y
el cerdo», poco apropiado para ser explicado a soldados musulmanes.
El libro termina con dos textos de carácter geográfico e histórico.
El primero de ellos describe la geografía física de Marruecos; el
segundo es un resumen histórico que no carece de interés, si se
tiene en cuenta la audiencia a la que estaba destinado. La conocida
retórica de la «hermandad» entre marroquíes y españoles, tan utilizada
por una corriente de la literatura colonial, introduce aquí una
de sus referencias preferidas: el común origen de ambos pueblos.
El texto de Tienda, después de una visión panorámica de la historia
de Marruecos, aduce la presencia en el país de descendientes de
los musulmanes expulsados de España como fundamento de ese origen
común20. La relación
así formada, de ineludible parentesco entre ambas partes, obliga
al mantenimiento de «buena amistad entre los marroquíes y los españoles».
El mensaje que destila la Cartilla de Julio Tienda no era
original y se puede detectar en obras sobre Marruecos de autores
muy dispares: se trataba de dotar a la potencia colonial de un carácter
benévolamente paternalista, utilizando para ello recursos extraídos
de una realidad histórica que, en el país de origen, solía ser,
bien denigrada, bien convertida en cliché orientalista para uso
de literatos decadentes. Su presencia en una «cartilla» para la
enseñanza del español a soldados marroquíes parece indicar la confianza
depositada en esta imagen de «hermandad» y parentesco, aunque también
podría derivarse de una elección personal de Tienda, que no en vano
había estudiado con Ribera y Asín, defensores de una permeabilidad
cultural -o incluso étnica- entre las culturas árabe e hispánica.
De hecho, el ejemplar que se conserva hoy en el Instituto de Filología
del CSIC, y que formaba parte de la biblioteca particular de Asín
Palacios, lleva una dedicatoria autógrafa, en árabe, del autor a
su maestro, don Julián Ribera. Este ejemplar formaba parte de la
biblioteca particular de Asín Palacios, que se conserva hoy en el
Instituto de Filología del CSIC.
No deja de
ser una cruel ironía del destino que este librito, destinado a facilitar
la comprensión entre oficiales españoles y soldados marroquíes,
se publicara finalmente en 1921, el año de Annual.
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NOTAS
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17.
Sebastian Balfour, Abrazo mortal. De la guerra colonial
a la guerra civil en España y Marruecos (1909-1939),
Barcelona, Ediciones Península, 2002, págs.
62-63. Una visión teñida de retórica
heroico-imperial de la misma historia, en Enrique Arqués
y Narciso Gibert, Los mogataces: los primitivos soldados
moros de España en África (1928), Málaga-Ceuta,
Editorial Algazara/Instituto de Estudios Ceutíes, 1992.

18.
María Rosa de Madariaga, Los moros que trajo
Franco... La intervención de tropas coloniales en la
guerra civil, Barcelona, Ediciones Martínez Roca,
2002, págs. 75-86 y 104-109.

19.
Ángel Doménech Lafuente, Un oficial
entre moros, Larache, Editora Marroquí, 1948, págs.
12-13.

20.
Sobre la pervivencia de este tema en etapas posteriores,
véase Riudor, Lluís, «Sueños imperiales
y africanismo durante el franquismo (1939-1956)», España
en Marruecos (1912-1956). Discursos geográficos e intervención
territorial, eds. Joan Nogué y José Luis
Villanova, Lleida, Editorial Milenio, 1999, págs. 249-276.

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