Manuela Marín
Desde que, en 1860, la llamada «guerra de África» levantara en España oleadas de entusiasmo expansionista, las relaciones entre nuestro país y Marruecos estuvieron marcadas por el progresivo crecimiento de una corriente de opinión favorable a la intervención española más allá del Estrecho. Junto a los partidarios de lo que se llamó «penetración pacífica» (intervención diplomática, política y, sobre todo, económica), no faltaron los abogados de una presencia colonial efectiva, que pasaba por la ocupación militar del territorio. Situado en el marco de la expansión imperialista europea del siglo xix, aunque dotado de características propias, el movimiento africanista hispano culminó en el establecimiento, en 1912, de un protectorado sobre Marruecos compartido con Francia y limitado a las regiones septentrionales del territorio ocupado1.
Las relaciones coloniales de tipo tradicional, tanto en el período de suplantación del poder político y militar autóctono como en el inmediatamente anterior, vienen marcadas por el hecho de la dominación y explotación de un país por otro. Sin embargo, esta realidad innegable, que condiciona de raíz el contacto entre las poblaciones de ambos países, se manifiesta a través de múltiples matices y formulaciones, que afectan de modos muy diversos a los diferentes grupos sociales implicados en ella. La acción colonial afecta no sólo a los colonizados, sino también a los colonizadores, y provoca reacciones individuales y colectivas, conflictos y contagios mutuos, influencias y rechazos. De todo ello, el caso del colonialismo español en Marruecos es un ejemplo particularmente interesante, que después de un largo silencio empieza a atraer con intensidad la atención de los historiadores.
Una de las áreas en las cuales la interacción entre colonizadores y colonizados puede observarse con mayor riqueza de matices es, desde luego, la de la comunicación lingüística. La necesidad de comprender y hacerse comprender generó desde muy pronto, en las relaciones entre España y sus vecinos del mundo musulmán, la aparición de intermediadores lingüísticos -los intérpretes o truchimanes- que representaron un papel decisivo, aunque oscuro, en la acción política y militar del Imperio Español en los siglos imperiales. En el Marruecos del siglo xix, los intérpretes de la Legación española en Tánger, o los que acompañan a las embajadas extraordinarias ante el sultán, son tanto españoles como marroquíes; representan, como sus antecesores, un papel fundamental pero poco reconocido públicamente2. Las dificultades de creación de un cuerpo permanente y bien entrenado de intérpretes de origen español y que, por tanto, pudieran sustituir adecuadamente a los intérpretes marroquíes constituyen una página muy instructiva en la historia de la presencia española en Marruecos, a través de la cual se revelan las debilidades y contradicciones de la acción colonial emprendida en la segunda mitad del siglo xix.
A pesar de esas dificultades y de las oscilaciones de una política a veces errática, la necesidad de contar con intermediarios lingüísticos de confianza favoreció la creación de sistemas formativos en los cuales figura en primer lugar la publicación de métodos de enseñanza de la lengua árabe. En la segunda mitad del siglo xix y las primeras décadas del xx, una rápida comparación bibliográfica permite asegurar que estos métodos superaban con mucho, numéricamente, a los que se publicaron para enseñar español a los marroquíes3. Una figura simbólica, a este respecto, es la del franciscano José Lerchundi (1836-1896), prefecto apostólico en Marruecos, agente diplomático, creador e impulsor de obras benéficas y culturales y autor del que se considera primer método de enseñanza del árabe hablado marroquí para españoles y de otros trabajos destinados al mismo fin4. Conforme avanzaba la presión «africanista» en la opinión pública española, se dejaba constancia con firmeza de la importancia de conocer y dominar el idioma hablado y escrito por los marroquíes, y así se hizo notar en el famoso mitin del teatro Alhambra de Madrid (1884) y en los diversos congresos africanistas celebrados en Madrid, Zaragoza o Valencia a finales del siglo xix y comienzos del xx.
No se trataba de un fenómeno nuevo ni peculiar; la expansión española en América tampoco fue acompañada de un esfuerzo sistemático por enseñar el idioma de los conquistadores, a pesar de la conocida vinculación planteada por Nebrija entre lengua e Imperio5. Pero esto no quiere decir que el español no se hubiera difundido entre grupos de población marroquíes, especialmente los que estaban más en contacto con la amplia colonia hispánica que llegó a formarse en lugares como Tánger, donde los viajeros extranjeros observaban que era el castellano la lengua más difundida. Se trataba, por tanto, de una difusión lingüística «natural», debida al contacto entre poblaciones y no a una política definida y voluntaria.
El conocimiento del español divulgado de este modo, por aprendizaje oral en las relaciones de la vida cotidiana, era sin duda imperfecto, y dio lugar a reproducciones de carácter burlesco, que tendían a ofrecer una imagen deliberadamente peyorativa de los marroquíes que lo hablaban y que solían pertenecer a las capas populares6. En otros ámbitos sociales, el dominio de lenguas extranjeras, entre ellas el español, se señala ocasionalmente entre altos funcionarios, como sucede con Abd al-Karim Brisa, varias veces embajador ante la Corte de Madrid a finales del siglo xix. Los autores que señalan las capacidades lingüísticas de Brisa no indican, sin embargo, cómo las adquirió, aunque es muy probable que en su caso y en otros similares se hubiera recurrido a profesores particulares. Existía, por tanto, una clara diferencia, social y cultural, entre los marroquíes que accedían al conocimiento de la lengua española en el período anterior al establecimiento del Protectorado: de un lado, una gran mayoría analfabeta y que manejaba la versión «marroquí» del árabe, podía adquirir un cierto manejo de la lengua en contacto directo con hispanohablantes; de otro, miembros de las élites urbanas, conocedores de los niveles «clásicos» del árabe, formaban un público potencial para autores de métodos de enseñanza del español dirigidos específicamente a una audiencia árabe.
No es casual que 1912, fecha del establecimiento del Protectorado, sea también la aparición de la pionera Gramática española en idioma árabe compuesta por Clemente Cerdeira (1887-1942) y publicada por la Imprenta Católica de Beirut. Se trata de un texto destinado a lectores con un buen conocimiento del árabe clásico, en el cual está redactada tanto su introducción como el aparato explicativo de sus tres partes. De la introducción es necesario destacar su llamativo -aunque falaz-aserto de que el español es de gran facilidad para los árabes, por la gran cantidad de palabras de ese origen con que cuenta y que se incorporaron durante el período andalusí. Por otro lado, continúa, el conocimiento del español abre a los árabes el del resto de las lenguas europeas, por lo que su aprendizaje reviste una doble utilidad. En 1917, un anuncio publicado en el periódico árabe Al-Islah, de Tetuán, afirmaba que se trataba de «un libro utilísimo, con el cual el alumno puede aprender la lengua española sin maestro, ya que además de las reglas gramaticales, contiene las palabras españolas escritas en grafía árabe y un pequeño vocabulario español-árabe en el que se incluyen las voces más usadas»7. Aunque había sido publicada en Beirut, donde Cerdeira completaba su formación como arabista, su Gramática se dirigía principalmente a esas capas cultas de la sociedad marroquí a las que se ha hecho referencia anteriormente: el primer ejercicio de lectura se refiere a Marruecos y en las portadas del libro, tanto en español como en árabe, se hace constar que su autor ha sido intérprete de la embajada española en Marrakech. Hay también, en los ejercicios de lectura, algunos mensajes de claro contenido político («Un rey constitucional es preferible a un Sultán absoluto»; «En España se puede estudiar libremente y a nadie se molesta, sea cual fuere su religión, estado social, situación, etcétera.»)8.
Cerdeira pertenecía al cuerpo de intérpretes españoles. También lo fue, como luego veremos, Julio Tienda. Pero, a diferencia de Tienda, Cerdeira y los colegas de su generación y la que les precedió, habían adquirido su formación lingüística en árabe por haberse criado o haber nacido en Marruecos. La obra de Cerdeira, que fue también autor de una gramática de árabe clásico, responde en cierto modo a las críticas de las que esos intérpretes habían sido objeto, por su mayor dominio de los niveles hablados de la lengua en detrimento del registro clásico. Para poder aprovechar la utilidad de su método, pregonada en su introducción y en la publicidad de la prensa árabe de Tetuán, era necesario un buen nivel de conocimientos en ese registro. Mientras tanto, los maestros españoles que enseñaban en la incipiente red educativa establecida por el Protectorado, recurrían lógicamente a los libros de texto compuestos en España para niños españoles; en cualquier caso, el número de alumnos árabes que acudían a sus clases era muy reducido9.