Por Alejandro Quijano*
Tengo en preparación, desde hace años, como desarrollo de un estudio que sobre el decimoquinto Diccionario de la Academia Española, entonces aún Real Academia, publiqué en el mismo año de la edición, 1925, un libro que probablemente se llamará «Lexicones Académicos». Agobios de toda índole me han impedido dar cima a este trabajo, que no por dilatado en su factura habrá de ser cosa importante. Espero que podré darle cabo, y publicarlo en unos cuantos meses más.
Mientras tanto, invitado bondadosa e insistentemente por el Grupo Cultural Jovellanos, de esta capital, para sustentar una conferencia, y no teniendo a mano, en esos momentos, cosa mejor con qué cumplir mi encargo, me decidí a leer un capítulo de mi libro en preparación. Y así lo hice. En enero del año anterior, en fiesta que presidió el entonces recién llegado embajador de España, don Domingo Barnés, di lectura al capítulo cervantista de mi aludido libro en gestación. Fui entonces, y después, gracias a ciertas deferentes crónicas publicadas en la prensa, solicitado, y aun excitado, para que publicase mi trabajo.
En vista de tales súplicas y atendiendo, además, a la bondadosa invitación de mi amigo Guillermo Jiménez, director de Número, que ha deseado hacer esta publicación como suplemento de su magnífica revista, he aquí, con el carácter de anticipo de mi prometida obra mayor, mi estudio, que por tener forma y substancia cabales, dentro, es claro, de su pequeñez intrínseca, puede ser considerado como una nueva monografía cervántica.
Se advertirá, al hacer su lectura, que no se trata realmente, como lo promete el título, de un estudio completo, ni mucho menos, sobre Cervantes y el Quijote en la Academia. Mi trabajo estudia apenas, creo que no sin cierta originalidad, he de decirlo lealmente, las notas que en los diccionarios de la Academia Española, desde el de Autoridades hasta el más reciente, se refieren a Cervantes y a sus libros, capitalmente al Quijote; haciendo ver cómo la estima, mayor o menor, hasta la positivamente alta de nuestros días, que Cervantes y sus libros han venido gozando en el consenso universal, han, paralelamente, traducídose, con fidelidad sucinta, en los léxicos oficiales de nuestra lengua, que a este respecto pueden ser considerados como signos de tal prestancia variable, con los tiempos y con las aficiones literarias en boga, del escritor y de sus escritos.
Sin el ánimo de dar a conocer nada trascendental dentro de la crítica cervantina, doy, sin embargo, a la prensa este trabajo, como contribución al empeño, manifiesto cada día más en los últimos años, de honrar al autor, y de popularizar, en el buen sentido de esta voz, sus insignes obras.
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Hay algo, en relación con las voces cervantinas al través de los diccionarios académicos, que creo interesante, y en cierto modo original. Ello me servirá de tema para este leve estudio. Se trata de ver cuál ha sido el desarrollo del concepto en que se ha tenido a Cervantes, y a su obra capital, en el decurso de los tiempos, a través de los diccionarios académicos, es decir, manifestado, en sus variaciones hasta nuestro día, en los artículos relativos del léxico español.
He de comenzar por decir que a las palabras cervantino, cervantista, cervántico, cervantesco, cervantismo y demás ya sancionadas en léxicos anteriores, se suma, en la edición de 1925, el adjetivo cervantófilo, para señalar a los devotos del gran manco o a los aficionados a coleccionar ediciones de sus obras. Anótese también la llegada, en el nuevo Diccionario, de otra voz, quijotescamente, adverbio que denota lo que se hace «con quijotismo», es decir, con «exageración en los sentimientos caballerescos» o con «engreimiento, orgullo»; siendo, por cierto, cosa curiosa que en el Diccionario Manual —1927— venga esta nueva voz con corchete, como si en tal vocabulario apareciese por primera vez, y ello a prueba. Se trata, es obvio, de un error tipográfico, que ha de subsanarse por la Academia.
Y, apuntado lo anterior, entremos en mi asunto. A pesar de la boga que la obra inmortal tuvo en vida de su autor, ya que, como se sabe, aun antes de salir al público, se hablaba de ella como de cosa magnífica, la aureola de gloria alrededor de Cervantes y del Quijote, se borró un tanto durante los siglos, de decadencia de las letras españolas, de afrancesamiento y chabacanería. Y es natural: en aquellos tiempos en que los Luzanes se alzaban con el cetro artístico, la obra del complutense no podía ser tan admirada y respetada como lo fue al principio, y lo es hoy, y creo que lo será para siempre.
En efecto, de las palabras a que aludí poco antes, las que giran alrededor del Quijote, aunque aparecieron con los primeros léxicos oficiales, denotaban a las claras el no muy alto valimiento que a sus significados se atribuía. Y fue necesario el transcurso de largos años para que, operándose en ellas transformaciones diversas, fuesen acusando el prestigio que, también paulatinamente, vino cobrando la obra maravillosa. Con tal medro en la estimación para la obra acrece, igualmente, el aprecio para el autor, y, así, van también haciéndose campo en los diccionarios académicos las voces que giran en redor de Cervantes...
Aparecen primeramente, he apuntado, las voces que se relacionan con la obra. En la edición primera del glosario, el Diccionario de Autoridades, vienen ya las palabras quixotada, quixote, quixotería. No era, sin embargo, en aquella época el espíritu de idealidad, de alta justicia, de infinito desinterés lo que se reconocía como característica en el caballero de la Triste Figura. En efecto, Quixotada venía definida así: «La acción ridículamente seria, o el empeño fuera de propósito. Tomóse de las acciones de don Quixote»; Quixote se llamaba al «hombre ridículamente serio, o empeñado en lo que no le toca»; Quixotería era «el modo o porte ridículo de proceder o empeñarse alguien». Se ve, digo, que sólo la parte ridícula, si es que alguna tenía el gran loco, es la que se tomaba en cuenta en aquella época...
Y así fue por siglo y medio casi, pues aunque en la quinta edición, de 1817, aparece la voz quijotesco —por cierto que desde tal edición, quijotesco y las demás palabras afines vienen con jota y ya no con la equis primitiva—, su definición: «Lo que se ejecuta con quijotería», nada mejora el asunto, ya que quijotería sigue ostentando aquella atribución de ridiculez antes aludida. Paulatinamente, sin embargo, la crítica ponderada, depuradora, viene haciéndose campo; y en la undécima edición, de 1869, se agrega a la voz quijote lo siguiente: «Nimiamente puntilloso», y «el que a todo trance quiere ser juez o defensor de cosas que no le atañen». Y todavía, en esa misma edición de 69, aparece una nueva voz, quijotismo, significante de «exageración en los sentimientos caballerescos», y de «engreimiento, orgullo». Véase aquí que ya no era don Alonso Quijano el sujeto ridículo nada más, sino, aparte de «puntilloso» —ser lo cual no es, precisamente, un defecto—, el imbuido, hasta la exageración, en los sentimientos caballerescos; lo que es ya cosa respetable y seria. Se advierte así cómo iba entendiéndose más cada vez el carácter delicado, justiciero, caballeroso, en fin, del manchego.
La décimosegunda edición, de 1884, reproduce sólo los artículos que en la anterior aparecían. Pero la décimotercera, publicada en 1899, marca un nuevo jalón en este camino de reconocimiento a la valía moral del héroe. En efecto, a la misma palabra quijote, que es la voz eje en el caso, y que había sufrido ya en 1869 las modificaciones enaltecedoras a que acabo de referirme, se agrega esta nueva acepción: «Hombre que pugna con las opiniones y los usos corrientes, por excesivo amor a lo ideal». Ved cómo ya expresamente se preconiza lo ideal como norma.
Y para llegar, en esta vía de estimación de la obra singular hasta la cúpula, plasmado tal aprecio en las brevísimas palabras que tiene que comprender la definición en un artículo de diccionario, notad cómo, en la edición en que estoy principalmente ocupándome, de 1925, y en el propio artículo quijote, se opera todavía una modificación, por supresión; supresión de una sola palabra, pero significando con ello algo trascendental. Desaparece, en efecto, el adverbio ridículamente, que aún venía, en cierto modo, abajando la nobilísima actitud de don Quijote.
¿No acusa esta narración, tan simplemente hecha, un impulso justiciero, una serie de pasos firmes en el ánimo de la Academia, de los académicos, hacia el aludido reconocimiento de la pureza, de la respetabilidad del héroe?
Respecto a las voces ya meras cervantinas, es decir, las relacionadas con el autor, con nuestro Señor Don Miguel, como le llama Unamuno, anotemos que ellas no aparecieron sino hasta el siglo precedente. El diccionario de 1884 trae cervantesco, cervántico y cervantista. En 1914 vienen cervántico y cervantismo. El ingreso, en la última edición, de una nueva voz de éstas relacionadas con el autor —la arriba citada cervantófilo—, es, como lo he indicado respecto a las voces referentes al libro, nuevo signo de la estima cada día mayor que la obra y su autor han venido cobrando. La orientación que la crítica, española y mundial, ha venido tomando, poco a poco, respecto a Cervantes y a su producción capital, en el sentido de más cada día avalorar el genio de aquél y la humana y artística importancia de éste, tenía que plasmar en el léxico general español, que la Academia va depurando y sancionando, y hacerse palabras, palabras que llevan en sí tal aquilatamiento cada vez más fino, la comprensión cada vez más íntima del hombre cuerdo, que vivió en locura, y de su héroe, loco, del que los cuerdos, cada vez más, toman lección y ejemplo para vivir.
Pero no sólo el autor y el héroe han merecido que se les abra campo en los léxicos españoles. Otras figuras del gran libro andan en el vocabulario de España. Y para principiar con ellas, os diré que a más del Sancho que formaba ya, desde hace siglos, en las listas de voces correctas, en relación capitalmente con proverbios, provenientes algunos de épocas anteriores al Sancho del Quijote —véase Covarrubias—, y vinientes otros del donoso vocabulario de nuestro escudero, el Diccionario de 1925 nos trae, como nuevo, el adjetivo sanchopancesco, sanchopancesca, para significar lo «propio de Sancho Panza», el aludido carnudo escudero del espiritado caballero, en una primera acepción, y en una segunda, para denotar lo «falto de idealidad, como éste (Sancho Panza) personaje del Quijote».
La falta de idealidad a que antes se alude, no es, por cierto, cosa con la que se esté ya conforme del todo. Si es verdad que el ánimo terreno era atributo del criado inmortal, también lo es, y la crítica moderna va abriéndose paso al respecto, que este positivismo, que tal afición a lo meramente material, fue desapareciendo poco a poco, y que, si no del todo, llegó, cuando menos, a entrar en el alma de Sancho una buena dosis de idealidad. El contagio, sugieren críticos como Salvador de Madariaga, se produjo en ambos sentidos: Sancho, en ciertos momentos, en determinadas situaciones, se idealizó; don Quijote en algunos instantes vio las cosas con un espíritu terreno. En su magnífico libro Guía del lector del Quijote, que con los de Unamuno, de Azorín, de Américo Castro, de Rodríguez Marín, de Ortega y Gasset, de Amezúa, de los grandes cervantistas del día, constituye una espléndida ayuda para la interpretación y la comprensión plenas de la obra, algún capítulo se dedica especialmente al estudio de este fenómeno de ósmosis psicológica, diré, que iba produciéndose, mutuamente, entre los ánimos disímiles del caballero y del criado. Y se llega ya a tanto en este camino, que el citado don Miguel de Unamuno diputa al buen Sancho como un idealista, como un gran desinteresado...
Aunque no hay que aceptar esta teoría como absoluta, lo cierto es que, según lo apunta Madariaga, la dosis de fantasía, que en la primera parte del Quijote redundaba, excedía —se demasiaba, diré, para emplear este nuevo verbo reflexivo, demasiarse, que el Diccionario de 1925 introduce, y que quiere decir, precisamente, «excederse, desmandarse»—, merma tal vez un poco en la parte segunda de la obra. Ello obedece, quizás, como lo anota el autor que cito, al acuciamiento con que, festinado por la aparición del Quijote del supositicio Avellaneda, concluyó Cervantes esta parte segunda. No todos, sin embargo, aceptan esta idea de decaimiento de la fantasía, y menos del valer de la obra, en la segunda parte respecto a la primera. Y aun hay quienes la juzguen superior, por más honda, por más humana y conmovedora.
De cualquier modo, la segunda acepción de esta nueva voz, sanchopancesco, significa el espíritu poco idealizado, esto es, la terrenidad, el sentido materialista y práctico.
En correspondencia a las dos figuras masculinas polares de la obra —don Quijote y Sancho—, nos encontramos en el Diccionario con los nombres, ya por antonomasia entendidos, de las figuras de mujer correspondientes a tales de varonía, dentro de la novela: Dulcinea y Maritornes. Dulcinea, la labradora idealizada hasta hacer de ella el más puro de los ensueños de don Quijote, tiene, desde el Diccionario de 1869, cabida en el glosario oficial. En tal vocabulario se decía: «Dulcinea. La dama ideal de don Quijote. Hoy —se agregaba— en estilo familiar se dice aludiendo a la mujer querida». En 1884, e igualmente en 1899 y en 1914, la definición, mudada apenas, era: «Dulcinea. (Por alusión a la dama ideal de don Quijote.) Mujer querida». En 1925 la cosa varía, ampliándose, y aun mudando en el fondo. En efecto, se dice: «Dulcinea. (Por alusión a la dama ideal de don Quijote). Mujer querida. 2. Aspiración ideal de uno, fantástica comúnmente». No es, pues, ya sólo la mujer querida la que es dulcinea. Dulcinea puede y debe ser algo más. En dulcinea se dramatiza el ideal más entrañable del hombre, su aspiración más desinteresada. La dulcinea es, como lo fue para el manchego, la mujer a quien revistió con su fantasía, la concepción amorosa más noble y más viva, así sea sólo imaginada, del hombre...
Maritornes aparece en la duodécima edición, la de 1884. En el artículo correspondiente se dice: «Maritornes. (Por alusión a la criada de una venta, que con este nombre fantaseó Cervantes en el Don Quijote). Mujer ordinaria, fea y hombruna». En la edición siguiente, la de 1899, la forma definidora varía un tanto, en la anotación de procedencia, acusando esto, también, sin duda, la seguridad de un mejor conocimiento, la conciencia ya firme de lo que antonomásticamente ha ganado el libro ante el espíritu universal. Se dice entonces, en efecto: «Maritornes. (Por alusión a la moza de venta del Quijote). Moza ordinaria, fea y hombruna». No es lo mismo, dentro de mi tesis, el decir: «Por alusión a la criada de una venta, que con este nombre fantaseó Cervantes en el Don Quijote», que anotar sólo, como en consabido: «Por alusión a la moza de venta del Quijote». Del mismo modo que en 1889, aparece el vocablo en 1914. Ahora, o sea en 1925, nos llega un cambio, aparentemente leve, en la mera definición, y el cual responde, sin embargo, a la verdad de los hechos. Ya hemos visto cómo en las ediciones precedentes se significaba a la maritornes como a la «moza ordinaria, fea y hombruna». Hoy se la señala como «moza de servicio ordinaria, fea y hombruna». Lo cual parece bien. No todas las mozas ordinarias, feas y hombrunas, son maritornes. Lo son las que, siendo ordinarias, hombrunas y feas, son, además, mozas de servicio, domésticas.
Veamos, todavía, si el diccionario castellano trae algo a lo que podamos asignar nota de especialidad en estos asuntos cervantinos. A primera vista podría creerse que Monipodio era voz aceptada por los diccionarios españoles como aludiendo especialmente al señor Monipodio, el recio varón dueño de la honesta casa a donde fueron a parar los jóvenes Rincón y Cortado, conocidos, por mal nombre, como Rinconete y Cortadillo. No es así. Monipodio viene en el Diccionario de Autoridades, Cuarto Tomo, trayendo, aparte de otras varias que no viene al caso anotar aquí, la siguiente acepción que, con levísimas variantes, ha llegado hasta nuestros días en los lexicones académicos: «Convenio u contrato de algunas personas que unidas tratan algún fin malo. Es corrupción de monopolio», Hasta aquí nada hay que justifique lo arriba dicho; pero en seguida viene lo que nos indica que la palabra no procede de Cervantes, sino de época anterior. Y es que Autoridades cita la Recopilación, y luego la Crónica del Rey Don Juan Segundo, como textos en donde se usó tal sustantivo con significado análogo al que en tal diccionario se aceptaba. Y cabe aun recordar que el Padre Mariana la usó también en su Historia, antes que don Miguel Cervantes publicara su novela; lo cual no empece para que casi siempre que empleemos la palabra en cuestión, recordemos, más que la rufianesca acepción que el léxico nos señala, al propio señor de la bribia que la encabeza, usando, así, por antonomasia el nombre del amo de la benemérita cofradía. Quizás este denodado caballero adoptó precisamente el curioso nombre de Monipodio, por aquello del monopolio de que se dice que proviene, dada la circunstancia de que, en efecto, según nos lo hace saber Cervantes, el caballero ejercía el monopolio sobre todas estas cuestiones de bellaquería y fullería...
A semejanza de lo que ocurre con monipodio, podría creerse que cortadillo —palabra que viene también desde los primeros léxicos castellanos, como voz de germanía entre otras cosas, para significar, en este sentido hampesco, «cierta flor o trampa de que usan en el juego de naipes los fulleros»—: podría creerse, insisto, que cortadillo provendría del antes citado galopín que, con su colega, es protagonista de la admirable novela ejemplar, Rinconete y Cortadillo. Recuérdese, en efecto, que uno de los mozalbetes que se hallaron acaso «un día de los calurosos del verano, en la venta del Molinillo, que está puesta en los fines de los famosos campos de Alcudia, como vamos de Castilla a Andalucía», al presentarse mutuamente, y mostrándose sus armas para la lucha por la vida, lució ante el otro un mugriento y astroso juego de naipes, el cual tenía la maravillosa virtud, para quien los entendiera, de toparse a las primeras con un magnífico as. «No alzará —decía, en efecto, el bellaquito—, no alzará que no quede un as debajo, y si vuestra merced es versado en este juego, verá cuánta ventaja lleva el que sabe que tiene cierto un as a la primera carta»... Sin embargo, no parece ser así. En efecto, no era el joven señor Cortado, si no el mozo señor Rincón el que llevaba, envueltas y guardadas, dentro de aquel cuello «de los que llaman valonas almidonadas, almidonado con grasa, y tan deshilado de roto que todo parecía hilachas», las cartas de tan noble virtud. No he hallado, en las buscas que he podido hacer, datos precisos para aclarar el punto, que es casi un puntillo. Quizás el cortadillo de germanía académica a que me contraigo venga, en efecto, de don Miguel Cervantes. Quizás no venga.
Otro héroe de Cervantes, que nombra otra Novela Ejemplar, una de las más interesantes, una de las más delicadas e ingeniosas, la cual ha merecido glosa y libro especial de espíritu tan refinado como el de Azorín, ha conquistado también el derecho a que se le incluya, en significado antonomástico, en el catálogo de palabras españolas, desde hace siglos. El primer diccionario académico dice ya, efectivamente, que Licenciado Vidriera es «apodo con que se moteja a la persona nimiamente delicada».
Tal definición ha venido reproducida al través de los quince Diccionarios editados por la Academia Española en dos siglos, pues apenas si desde la quinta edición, 1817, se agregó al atributo «nimiamente delicada», de la persona, el de «tímida». La persona «nimiamente delicada y tímida» es, así, como aquel erudito Vidriera, que era algo más, en cuestiones de erudición, que el cura del Quijote «hombre docto graduado en Sigüenza», puesto que había hecho sus estudios en la Universidad salmantina, famosa entre las famosas: la persona «nimiamente delicada y tímida», como el loco cervantino, es, insisto, un licenciado Vidriera.
He aquí una nueva nota que me parece también, quizás con demasiado buen deseo de ver confirmada mi tesis, significar el auge, el prestigio cervantista cada día mayor. El último Diccionario trae, entre las voces nuevas, las tres siguientes: toboseño, tobosesco, tobosino; la primera para señalar a los naturales del Toboso —patria de Doña Dulcinea—, y las dos últimas sólo como sinónimas de la anterior, aunque diputándolas de «desusadas». La inclusión, repito, de estos adjetivos gentilicios, destinados a nombrar a los naturales del muy leve poblado manchego, ¿no será, como digo, otra demostración de la tesis que, puede decirse, informa este leve estudio? ¡Porque el Toboso es tan pequeño, tan minúsculo en relación con otros poblados españoles que no gozan el privilegio de que sus naturales ostenten un gentilicio académico...!
Hay más. El Diccionario en que capitalmente me ocupo, el de 1925, incluye ya, como acepción de la palabra ínsula —de antaño, es claro, acogida en el vocabulario castellano—, lo siguiente, relacionado con nuestro asunto: «2. fig. Cualquier lugar pequeño o gobierno de poca entidad. Dícese a semejanza de la que fingió Cervantes en su Don Quijote haber sido dada a Sancho Panza, escudero de éste». Este parrafillo final paréceme, por cierto, un tanto alambicado y retorcido.
Agréguese a lo anterior que en la palabra molino, como acepción nueva, y después, por supuesto, del párrafo especial que explica lo que es el molino de viento, la locución especial molinos de viento, se define, con el carácter de voz figurada, como «enemigos fantásticos o imaginarios». Aunque, como se ve, no se apunta la procedencia, es notorio que esta locución se ha tomado de la tan famosa aventura del Hidalgo.
El propio último vocabulario trae, en el artículo podenco, como nueva también, la frase exclamativa ¡Guarda, que es podenco!, significándola como equivalente a la de tiempo atrás sancionada ¡Guarda, Pablo!, para advertir peligro o contingencia. Es inconcuso que la locución ¡Guarda, que es podenco!, aceptada, en efecto, para el fin señalado por la Academia, viene de, o, mejor dicho, reproduce la cautelosa, precavida frase del loco cervantino que, escamado con los varapalos que el dueño de un perro por él tundido le asestara, veía en todos los pobrezuelos canes un peligroso podenco.
¿Recordáis el graciosísimo cuento que en el Prólogo de la Segunda Parte de su Quijote nos narra nuestro autor? Por cierto que Sbarbi nos transcribe este propio cuentecillo, tomándolo de la comedia «No hay contra un padre razón», de don Francisco de Leiba, del siguiente modo:
En Sevilla un loco había
de tema tan desigual,
que una piedra de un quintal
al hombro siempre traía,
y al perro de cualquier casta
que dormido podía ver,
dejábasela caer,
con que quedaba hecho plasta.
Con un podenco afamado
de un sombrerero encontró;
a cuestas la ley le echó,
y dejólo ajusticiado.
Indignado el sombrerero,
con un garrote salió,
y dos mil palos le dio,
y tras cada golpe fiero,
muchas veces repetía:
—¿Que era podenco no viste,
loco infame?— Fuése él triste;
y luego, aunque un gozque vía,
mastín, o perro mostrenco,
al irle la piedra a echar,
volviéndola a retirar,
decía: —¡Guarda, es podenco!
Lo dicho me confirma en la verdad de mi observación respecto a que el diccionario académico nos da la clave, la interpretación precisa para conocer a su través el aprecio en que el alcalaíno y su Hidalgo han venido siendo tenidos al través de los tiempos. Es claro que algo más ha de andarse en esta vía, porque falta aun el ingreso de ciertas notas cervantinas o, mejor dicho, quijotescas. Dígalo, si no, la ausencia de la locución usadísima, bodas de Camacho, para señalar esas fiestas en las que desmedidamente se bebe y se come. Su inclusión en el diccionario de la Academia no habrá, sin duda, de tardar mucho. Léxicos castellanos de orden menor la han ya prohijado. El Pequeño Larousse —autor don Miguel de Toro y Gisbert—, de varias ediciones atrás nos dice: «Bodas de Camacho. Uno de los más lindos episodios del Quijote, cuyo nombre se ha hecho proverbial para significar cualquier fiesta en que se come y bebe con exceso». En el Alemany se anota, a este respecto: «Bodas de Camacho. Episodio del Quijote en que el ingenioso hidalgo, acompañado de Sancho, asiste a la comida de bodas de un rico labrador llamado Camacho; comida tan abundante que ha llegado a hacerse proverbial para significar cualquier festín opíparo y fastuoso».
Pero no sólo los hombres de Cervantes, sino aun sus animales, cuando menos su más noble animal, han merecido la sanción académica.
Efectivamente, si aquellos ilustres perros, Cipión y Berganza, cuyo coloquio —en la novela ejemplar que, según su especial, muy inteligente comentarista Amezúa, y según también el dicho de cervantista tan ilustre como don Francisco Rodríguez Marín, es la mejor de tales excelentes novelas— muestra un donaire único, no andan en el léxico oficial, ni anda tampoco el buen rucio de Sancho, el que, en verdad, no podría andar, dada su anonimia —perdóneseme el empleo de esta voz no ungida aún; pero que para alcanzar el honor de serlo podría invocar el precedente de la homonimia, de la sinonimia, de la paronimia, y quizás de otros términos de análoga conformación, ya aceptos—, sí anda, y aun trota a ratos, cuando el molimiento que le causan ciertas aventurillas de su señor no es de mayor cuantía, el noble Rocinante. Rocinante viene, como su amo, desde el Diccionario de Autoridades, en el que se nos dice que es, rocinante, lo mismo que rocín; agregándose que se llama así frecuentemente al que está muy flaco, e ilustrando lo asentado con una cita del propio gran libro, La definición, como otras, varía bien poco de entonces acá, ya que hoy se nos dice que rocinante, «por alusión al caballo de Don Quijote», es «rocín matalón», o sea caballejo de mala traza, flaco, de poca alzada, endeble, como lo era la caballería sobre la cual don Alonso el Bueno acometía molinos. El solípedo de don Quijote, por el hecho de haber servido a tal dueño, vive en el olimpo caballar, en donde están otros animales célebres —Babieca, Bucéfalo—, y tiene, como se ve, su nombre inscrito en las honradoras columnas del Diccionario. Sólo que, volviendo a la definición concreta, ¿no creéis que significar al rocinante como un mero equivalente de rocín, y no sólo, sino con el más aún deprimente agregado de «matalón», ello después de dársele, según, por supuesto, le corresponde, como origen o procedencia el buen animal de don Quijote, es asestar al propio Alonso Quijano un rudo golpe, trayéndolo brutalmente a la realidad? Porque, recordémoslo, para bautizar a su cabalgadura, el caballero quiso acomodarle un nombre de manera «que declarase quién había sido antes que fuese de caballero andante, y lo que era entonces», y así, al fin, «le vino a llamar Rocinante, nombre, a su parecer, alto, sonoro y significativo de lo que había sido cuando fue rocín, antes de lo que ahora era, que era antes y primero de todos los rocines del mundo».
El Diccionario, siguiendo en ello el uso de las gentes materialistas y pegadas a la tierra, anota solamente el significado que corresponde al primer ser del famoso animal, es decir, el de cuando era oscuro y sufrido habitante de la menguada caballeriza del hidalgo, olvidando que el sacramento de la caballería había imbuido en ambos, amo y cuadrúpedo, una esencia alta y noble de defensores del bien y de la justicia; transformación en la que estriba una gran parte de la filosofía del inmortal libro. Pero absolvamos al uso, y al diccionario que lo consigna, observando la punta de ironía que el propio glorioso manco pone en su creación del nombre del caballo, puesto que él mismo dice que el bautismo lo metamorfoseó en el primero de los rocines del mundo. Primero, es verdad; pero sin salirse de la miserable clase de los jacos, que son como la orden tercera franciscana —perdón— de las caballerías.
Recuérdese también que en el soneto que consigna el famoso diálogo entre Babieca y nuestro Rocinante, vuélvese a diputar a éste como rocín, a pesar de todo, y hasta juntamente con su amo y el famoso escudero.
Rocín, caballo flaco, sufrido y matalón, quede nuestro Rocinante, aunque en él se vislumbren, por inspiración de su dueño, impulsos que, guardándose distancias, podrían calificarse hasta de caballerescos y filantrópicos.
Por lo que toca a la paremiología en relación con los héroes de Cervantes, es natural que Sancho, refranista impenitente, sea el que tenga más contacto con los diccionarios. No obstante, tal relación no es tan nutrida como pudiera creerse, ni sanchopancesca toda. «Allá va Sancho con su rocín»; «con lo que Sancho sana, Domingo adolece»; «encontrar, o topar, Sancho con su rocín»; «al buen callar llaman Sancho» son los refranes que he anotado, en el vocabulario académico, relacionados con Sancho. Pero veamos si este Sancho es, o no, el nuestro.
El anotado primeramente, «Allá va Sancho con su rocín», viene desde Covarrubias (censura, 1610), empleándose la forma rocino en vez de rocín, con la siguiente explicación: «Dizen que éste (Sancho) era un hombre gracioso que tenía una aca (jaca), y donde quiera que entrava la metía consigo. Usamos deste proverbio quando dos amigos andan siempre juntos». Aunque esto nos haría suponer desde luego que se trata de Panza y de su rucio —por más que rucio no sea rocino, ni jaca—, y nos lo confirmaría Sbarbi, en su magnífico Diccionario de Refranes, que anota, tras la transcripción del proverbio, lo siguiente: «Implícitamente usa este refrán Cervantes en los capítulos XXXIV y LV de la Segunda Parte de su Quijote, o mejor dicho, el pasaje: "dice Cide Hamete que pocas veces vio a Sancho Panza sin ver al rucio, ni al rucio sin ver a Sancho: tal era la amistad y buena fe que entre ellos dos se guardaban"; y aquel otro: "Nunca Sancho Panza se apartó de su asno, ni su asno de Sancho Panza", se puede asegurar que han dado pie para la creación de semejante refrán»; la verdad es que la época en que Cervantes escribió su Segunda Parte y la en que se formó el Diccionario de Covarrubias hacen crear dudas al respecto. Por lo demás, este refrán viene en los léxicos de la Academia, desde Autoridades.
«Con lo que Sancho sana, Domingo adolece», refrán que la Academia incluye desde su cuarta edición, 1803, diciéndonos que nos enseña que no todas las cosas se pueden aplicar, o convienen a todos —non omnibus omnia presunt—, equipáralo don José M. Sbarbi, en su copioso Diccionario de Refranes, con el proverbio «lo que es bueno para el hígado, es malo para el bazo», que es bien claro, y que, en efecto, puede equipararse al antes citado. El maestro Gonzalo de Correas, el docto humanista, en su famosísimo Diccionario de Refranes escrito al finar de su vida —y del cual dice don Miguel Mir, en el prólogo a la edición que de tal vocabulario hizo la Academia en 1924, que es «la obra más rica, más abundante y de mayor valor que nos dejó la ciencia filológica del siglo de oro de la literatura castellana»—, trae este mismo refrán en formas diversas: «Con lo que Pedro adolesce, Sancho, o Domingo, convalesce»; «con lo que Sancho sana, Marta cae mala»; pero sin darnos, como no nos la da Sbarbi, noticia de procedencia.
Tenemos desde luego que desechar la idea de que este adagio provenga de nuestro Panza, puesto que en forma igual, salvo el punto ortográfico de adolesce, en vez del adolece de la Academia, viene entre los que el Marqués de Santillana inscribe en su famosa lista, encabezada: «Iñigo López de Mendoca, a ruego del Rey don Johán, ordenó estos refranes que dizen las viejas tras el fuego, é van ordenados por la orden del A.B.C. Así, habiendo muerto Santillana cien años antes de que naciera Cervantes, es claro que ni de lejos puede atribuirse origen cervantino a este proverbio.
Anótese que el viejo Correas, ocupándose en el refrán transcrito antes: «lo que es bueno para el hígado es malo para el bazo», lo señala, y bien, en equivalencia aun con otro muy viejo dicho: «lo que es bueno para el diente, no lo es para el vientre»...
Por lo que se refiere al «encontrar, o topar, Sancho con su rocín», Sbarbi lo trae en la forma «topó Sancho con su rocín», sin anotar la fuente. Correas lo incluye en la forma: «Encontrado ha Sancho con su rocín», y antes, Santillana: «Fallado ha Sancho el su rocín». El propio Correas incluye también el «topado ha Sancho con su asno», diciendo, como la Academia —que lo trae en la primera de las formas citadas—: «Con que se denota que uno halla otro semejante a él, o de su genio». Otros refraneros lo indican como sinónimo del «hallarse con la horma de su zapato»... Por todo ello se verá que este refrán no es, en su inicio al menos, cervantino... Pero, es claro, su supervivencia se explica al amparo de la gran obra. Por lo demás, permitidme anotar cierta extrañeza al encontrarnos con tanto proverbio pre-cervantino en el que aparezcan un Sancho y un rucio...
Veamos ahora el conocidísimo «al buen callar llaman Sancho», o, como en otra forma se usa. «Al buen callar llaman Sancho». Aparece en el Diccionario Académico, en el artículo Callar, en la forma que sigue: «Al buen callar llaman Sancho, o Santo, ref. que recomienda la prudente moderación en el hablar». Cervantes lo emplea en el Cap. XLIII, Segunda Parte, cuando don Alonso da a su criado singulares, magníficos consejos, de esos que Américo Castro encuentra emparentados con las moralidades de Isócrates, en su «Parénesis o exhortación a la virtud», en el párrafo:
A qué diablos —dice Sancho— se pudre de que yo me sirva de mi hacienda, que ninguna otra tengo, ni otro caudal alguno, sino refranes y más refranes, y ahora se me ofrecen cuatro, que venían aquí pintiparados, o como peras en tabaque; pero no los diré, porque al buen callar llaman Sancho. Ese Sancho no eres tú —dijo don Quijote—, porque no sólo no eres buen callar, sino mal hablar y mal porfiar...
Sin embargo, el refrán es anterior también a Cervantes. Como que viene en Santillana; y ello es razón irrefutable; pero, para mayor claridad, Sbarbi nos dice, comentándolo: «Un célebre rey de Castilla, que al dividir el reino entre sus hijos reservaba en herencia la ciudad de Zamora a su hija doña Urraca, decía: Al que te quite a Zamora / la mi maldición le caiga; / todos dijeron amén, / menos D. Sancho, que calla. Silencio fue éste que, convertido en regla de prudencia, o de maldad, ha dado origen a la locución que sirve de epígrafe a estos renglones.»
Por su parte, Correas se ocupa en este mismo adagio del modo siguiente, que transcribo para explicación del porqué en la Academia aparece, según la copia inserta, Sancho o Santo, es decir, ambos dictados como sinónimos: «Al buen callar, llaman Sancho; al bueno bueno, Sancho Martínez». Es de advertir que algunos nombres los tiene recibidos y calificados el vulgo en buena o mala parte y significación, por alguna semejanza que tienen con otros por los cuales se toman. Sancho, por santo, sano y bueno; Martín, por firme y entero; Beatriz, por buena y hermosa; Pedro, por taimado, bellaco y matrero; Juan, por bonazo, bobo y descuidado; Marina, por malina y ruin; Rodrigo, por el que es porfiado y duro, negando; decláralo el refrán: «Pera que dice un Rodrigo, no vale un higo», y con tales calidades andan en los refranes. De manera que Sancho se torna aquí por sabio, sagaz, cauto y prudente, y aun por santo, sano y modesto»...
Quedemos, pues, en que este Sancho santo proverbial, no es tampoco nuestro Sancho el de los proverbios.
El tan citado Sbarbi nos trae todavía dos o tres refranes en que anda Sancho; y entre ellos algunos son, sin duda, de Sancho Panza. Ejemplo: «Cuando Sancho, Sancha, y cuando gobernador, Señora». Aunque el presbítero Sbarbi no nos da la fuente precisa de este adagio, y sólo nos lo relaciona con el «vístete como te llamas, o llámate como te vistes», revisando el Quijote os encontraréis —en el Capítulo L de la Parte Segunda, en que se habla del suceso que tuvo el paje que llevó a la Señora Teresa Panza la carta de su marido el Gobernador— con las razones de Sanchica, la hija, para confirmar sus deseos de ser llevada a la ínsula de su padre por el propio paje-embajador. Cuando la mozuela, en efecto, se allanaba a ir sobre una pollina tan bien como en las carrozas o literas, con gran número de sirvientes, que el seudo-embajador preconizara, la madre, más sobre sí, exprésale: «Calla mochacha, que no sabes lo que te dices, y este señor está en lo cierto, que tal el tiempo, tal el tiento: cuando Sancho, Sancha, y cuando gobernador, señora; y no sé si digo algo», con lo que la aldeana se mostraba digna, por prudente, de acompañar a su marido en la gobernación, ya que aparecía pulida y desbastada de su natural rudeza, como la quería don Quijote, que en los consejos que da a Sancho antes de que fuese a gobernar, Capítulo XVII, dice:
Si trujeres a tu muger contigo (porque no es bien que los que asisten a gobiernos de mucho tiempo estén sin las propias), enséñala, doctrínala y desbástala de su natural rudeza, porque todo lo que suele adquirir un gobernador discreto suele perder y derramar una muger rústica y tonta.
Todo ello, como lo anoté antes, nos dice que esta magnífica frase, hecha proverbio, es perfectamente cervantina. ¿Por qué no se halla en la Academia?
«Más me quiero ir Sancho al cielo que gobernador al infierno» contéstale el ladino a su buen amo, en el Capítulo XLIII, que contiene los consejos de don Quijote a Sancho. Amoscado Sancho con las dificultades del gobierno, y oyendo las mil razones de su señor, decíale:
[...] si a vuesa merced le parece que no soy de pro para este gobierno, desde aquí le suelto, que más quiero un solo negro de la uña de mi alma, que a todo mi cuerpo; y así me sustentaré Sancho a secas con pan y cebolla, como gobernador con perdices y capones... y si se imagina que por ser gobernador me ha de llevar el diablo, más me quiero ir Sancho al cielo, que gobernador al infierno;
sesuda reflexión que don Quijote, raramente por cierto, le alaba.
Sbarbi trae, sin citar la fuente, este mismo proverbio, glosando: «Más vale contentarse con una medianía, siendo feliz, que verse en alto puesto rodeado de enemigos».
Es claro, por supuesto, que el Diccionario de la Academia traerá, como ejemplos de la sabiduría popular que son los proverbios, en mil artículos distintos, muchos de los que Sancho usaba a porrillo: pero sería cuestión de buscas muy largas, y en muchos casos inútiles, el pretender averiguar si tales sentencias vienen, originalmente, del Quijote, como de seguro acaece con algunas, o, como sin duda sucede con las más, eran ya en tiempo de Cervantes frases vulgares, que corrían en la boca de todos, y que aparecen en la de Sancho, según él mismo lo afirma en muchas ocasiones, sólo en muestra de su taimado saber, y no precisamente como pequeñas filosofías propias. Estas páginas apenas pueden, así, ocuparse en revisar, y tan a medias como queda hecho, lo que, nominando a Sancho o a otros héroes del Quijote, se halla en los diccionarios académicos, ejemplificado en proverbios o frases proverbiales; pero no pueden ir en busca de otros adagios que corran en el vocabulario oficial, aun viniendo de Cervantes primitivamente. Sería, ésta, labor de enorme envergadura, propia para cervantistas de fuste, e inquiridores, además, de reconocida ejecutoria, tales como don Francisco Rodríguez Marín, espejo de pesquisidores incansables, al par que cervantófilo y cervantista ilustre...
«Aparecer, o ser, una maritornes», lo trae Sbarbi en su colección, explicándolo: «El tipo de la moza venteril, creado por Cervantes, ha dado origen a esta comparación, para expresar con él, el de toda moza fea, zafia y desaseada»; como trae la frase «ser un Quijote», y «ser otro don Quijote», con explicaciones que coinciden casi a la letra con las que se encuentran en la definición académica de la voz Quijote; lo que asimismo sucede con la frase «ser el Licenciado Vidriera», que incluye el mismo autor, en su propio diccionario, comentándola: «Aplícase a aquella persona pusilánime, asustadiza y a quien todo ofende o molesta, con referencia a aquel famoso Tomás Rodaja que inmortalizó Cervantes en una de sus mejores novelas ejemplares».
A las palabras que en el Capítulo XXV de la Parte Segunda, en la graciosísima escena del mono adivinador, cuando pasmado ante el atino de las respuestas de Maese Pedro a sus preguntas sobre lo que en tal momento estaría haciendo su mujer, dice Sancho: «...es ella una bienaventurada, y a no ser zelosa no la trocara yo por la giganta Andandona, que según mi señor fue una muger muy cabal y muy de pro; y es mi Teresa de aquellas que no se dejan mal pasar, aunque sea a costa de sus herederos», les atribuye también Sbarbi fuerza proverbial; y no sin razón, pues, como los adagios, acusan una verdad, vestida graciosamente.
«El pan comido, y la compañía deshecha». Desde la primera edición académica viene este proverbio, que, con tal autoridad de Autoridades, podemos aceptar como originariamente cervantino. En efecto, en aquel glosario estupendo se dice: «Ref. que se dice por los ingratos, que después de haber recibido el beneficio, se olvidan dél, y no hacen caso, y se apartan de aquél de quien lo recibieron», anotándose luego, como fuente precisa: «Cerv. Quix. Tom. 2, cap. 7. No se dirá por mí, Señor mío, el pan comido, y la compañía deshecha».
Creo que para las condiciones de este leve tratado, por lo que toca a refranes, basta ya. Todo lo que abunda, empalaga; y lo que a refranes atañe, si es adunia, ha de empalagar en exceso. Ya decía don Quijote a Sancho: «No te digo yo que parece mal un refrán traído a propósito; pero cargar y ensartar refranes a troche y moche, hace la plática desmayada y floja». Dejemos, pues, aquí la cosa; sólo que para cerrarla, y para finar con ello, de una buena vez, este leve estudio cervántico, acudamos a la propia obra inmarcesible, precisamente aprovechando una frase proverbial que sanciona la Academia en su Diccionario, y que, además, viene como de perilla para este remate, pues que su uso, en el Quijote, confirma la verdad, fácil por cierto, que acabo de sentar al referirme a lo enfadoso del proverbio usado a todas horas, como el buen Sancho lo empleaba, y sienta, por contra, que vale más hablar sin redundancias ni intrincamientos...
La frase, mera cervantina, es la de «valerle a uno un pan por ciento», que, diputada de figurada y familiar, dice la Academia —por cierto que como novedad en la última edición, lo que, lo advertiré de pasada, confirma mi tesis de que a medida que el cervantismo va cobrando prestancia mayor, ésta se traduce fielmente en el Diccionario, como trasunto que debe ser, y es, de la realidad e interpretación de la vida en su momento— que es «obtener, moral o materialmente, considerable ventaja de hacer alguna cosa». Esta frase, que aprovecho, digo, para cerrar mi trabajo, viene en la Parte Segunda, Capítulo LXXI, uno de los últimos de la novela, cuando ya el flaco señor y su gordo criado, de regreso, melancólicos un tanto, van rumbo a su aldea. Iba Sancho, es claro, con su retahíla de refranes. Decía «que él quisiera concluir con brevedad aquel negocio a sangre caliente y cuando estaba picado el molino, porque en la tardanza suele estar muchas veces el peligro, y a Dios rogando y con el mazo dando, y que más valía un toma que dos te daré, y el pájaro en la mano que buitre volando». Y le contestaba su Señor: «No más refranes, Sancho, por un solo Dios, que parece que te vuelve al sicut erat. Habla a lo llano, a lo liso, a lo no intrincado, como muchas veces te he dicho, y verás cómo te vale un pan por ciento»...
No os valdrá, mis lectores, un pan por ciento, ni mucho menos siquiera, el haber hecho la lectura de estas páginas. Pero el autor os la agradece, y os desea, en correspondencia a vuestra probada amistad, cabal ventura...