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El «Quijote» en América

El centenario de la muerte de Cervantes

Por Amado Nervo*

Se celebrará el tercer Centenario de la muerte de Cervantes entre el estruendo de cañones, ayes de muerte y nauseabundo olor de gases que asfixian?

El que fue «rigor de las desdichas», ¿tendrá también la de que nadie pueda solemnizar en paz sus glorias, que son las de la raza más pujante que hayan visto los siglos; las de la raza que, según Nietzsche, «quiso ser demasiado»?

Tal como van las cosas, no es de esperar que el mundo «culto» tenga la ecuanimidad suficiente para acordarse de una de las mayores golosinas espirituales que un hombre haya ofrecido a la humanidad ahora que se borran a cañonazos todas las huellas que la cultura iba dejando en el planeta.

Y en este desastrado caso, el centenario de Cervantes se celebrará en familia, lo celebrarán España y algunas de las naciones hispanoamericanas, quizás no todas, ya que la de más antiguo abolengo, la «Nueva España» de entonces, es de temer que para 1916 ande aún presa en las fatales e inextricables redes de esa guerra civil que no acaba nunca y que amenaza con hacer del país más rico del mundo el más desolado y trágico de los Saharas.

...Y a Méjico fue, por cierto, El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha en substanciosas remesas; desde el año de 1605 logró allá un favor y un aplauso considerables. En los meses de junio y de aquel año, según documentos consultados por el ilustre cervantista D. Francisco Rodríguez Marín,

...se comenzaron a cargar las naves que habían de componer la flota de la Nueva España, y en la cual iba por general Alonso de Chaves Galindo. En los registros que de esta flota se conservan figuran multitud de cajas de libros, y entre las de ellos no menos de doscientos sesenta y dos ejemplares del Quijote (registros de ida de naos, 18, 4, 68, 18 y 18, 4, 69, 19). Sólo en dos de las cajas que en 13 de julio registró Andrés de Hervás en la nao Espíritu Santo para entregar en el puerto de San Juan de Ulúa (Veracruz) a Clemente de Valdés, vecino de México (fol.144), se contenían, respectivamente, setenta y seis y ochenta y cuatro libros del Ingenioso hidalgo Don Quixote de la Mancha a doze Rs.

Pero los trescientos cuarenta y seis ejemplares del Quijote que hallé registrados en 1605, no son, ni con mucho, todos los que se llevaron allá en el dicho año, porque es de advertir que la colección de los registros de ida de naos, correspondientes a aquel tiempo, está muy incompleta, tanto, que de flotas en que fueron treinta y más naves, apenas si quedan los registros de ocho o diez. Para calcular el número de ejemplares del Quijote que se enviaron a las Indias en 1605, no me parece, pues, exagerado multiplicar por cuatro el número de los que se averigua que allá fueron, y hecho así, adquiérese el convencimiento de que antes de terminar el año en que salió a la luz la mejor y más donosa de las novelas del mundo, y muy a los comienzos del siguiente, había en las tierras americanas cerca de mil quinientos ejemplares de ella.

***

Entonces, y todavía dos siglos y medio después, se leía el Quijote. Hoy ya no lo lee nadie... ni los cervantistas; y para que no se crea que esta poco grata afirmación es mía, referiré una anécdota que me contó el mismo Rodríguez Marín, testigo de mayor excepción y cervantista eminente... que «sí lee el Quijote».

Había en Sevilla, donde él pasó buena parte de su vida, un grupo de cervantófilos que se reunía noche a noche, y al cual no se le caía de los labios el Quijote y las Novelas ejemplares.

Cierto día, sin embargo, a Rodríguez Marín, no sé por qué sospechas, se le ocurrió que ninguno de aquellos furibundos quijotistas había leído el Quijote..., y para comprobar su atrevido pensamiento escogió uno de los más desenfadados episodios del gran libro: aquel cuento que don Quijote cuenta a Sancho a propósito de los reparos que éste hace a Dulcinea, la Aldonza Lorenzo del pueblo, por ser «moza de chapa, hecha y derecha y de pelo en pecho, y que puede sacar la barba del todo a cualquier caballero andante o por andar, que la tuviere por señora».

«Has de saber» —dice Don Quijote— «que una viuda hermosa, moza, libre y rica y, sobre todo, desenfadada, se enamoró de un mozo motilón, rollizo y de buen tono: alcanzólo a saber su mayor, y un día dijo a la buena viuda, por vía de fraternal reprensión: "Maravillado estoy, señora, y no sin mucha causa, de que una mujer tan principal, tan hermosa y tan rica como vuestra merced, se haya enamorado de un hombre tan soez, tan bajo y tan idiota como Fulano, habiendo en esta casa tantos maestros, tantos presentados y tantos teólogos en quien vuestra merced pudiera escoger como entre peras, y decir: ‘Este quiero, aqueste no quiero’". Mas ella le respondió con mucho donaire y desenvoltura: "Vuestra merced, señor mío, está muy engañado, y piensa muy a lo antiguo si piensa que yo he escogido mal en Fulano, por idiota que le parece; pues para lo que yo le quiero, tanta filosofía sabe, y más, que Aristóteles"».

Naturalmente, Rodríguez Marín contó la donosura sin decir el autor, y todos los cervantistas oyeron el donaire y lo rieron a mandíbula batiente... ¡sin percatarse ninguno de que aquello estaba en el Quijote!

Por lo que yo, con el debido respeto a tantos y tantos eruditos cervantistas que andan por allí, propondría que para solemnizar mejor el Centenario de la muerte del más peregrino autor que hayan visto los siglos, todos los que sabemos leer en España y las Américas, leyésemos... o releyésemos, si a ustedes les parece mejor (pues no quiero herir susceptibilidades), la nunca bien alabada historia del ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha.

Rodríguez Marín, menos pesimista que yo en lo que toca al olvido en que se tiene tan sabroso libro, se lamenta, sin embargo, de que sean tan pocos los que lo conozcan y aplaudan, cuando dice:

[...] a pesar de su exquisitez y excelencia, el Quijote en nuestro tiempo no tiene tantos lectores como se dice, y así escribí en otro lugar: «¿Quién lee ahora la Galatea? ¿Quién el Persiles y Segismunda? Y son de Cervantes... El mismo Ingenioso hidalgo, con ser lo que es, se lee poquísimo en España. En muchas casas de hombres letrados o que por tales se estiman, no tienen esta obra admirable, y no ahí cualquiera, sino un inspector provincial de primera enseñanza (maestro de maestros, como quien dice), resistíase ahora ha dos años a que para el ejercicio de ciertas oposiciones a escuelas se dictara un párrafo del Quijote, «porque esa obra —decía— está anticuada». Y en otra ocasión, aludiendo al soneto que tenía Cervantes «por honra principal de sus escritos», estampé estas frases: «No es el Quijote a buen seguro la obra más conocida entre las que debemos al incomparable ingenio complutense. Si todos cuantos afirman haber leído el Quijote lo hubiesen leído en realidad, yo no me atrevería a asentar esta afirmación... pero es la verdad que se miente más que se lee».

Cuando un autor se vuelve clásico consagrado, cuando entra con pie firme en la inmortalidad, ya  nadie se ocupa de leerlo... Todo el mundo sabe que escribió tal o cual libro «imperecedero», y como el tal libro es imperecedero, se le deja en los estantes de las bibliotecas dormir el tedioso sueño de la eternidad...

Si acaso, en las crestomatías, se reproduce tal o cual página, o bien los eruditos lo citan a porrillo, sin leerlo, naturalmente, limitándose a hojear los capítulos con mano rápida y ojo experto.

Y, sin embargo, aseguro a mis lectores que si leyesen (releyesen) el Quijote se divertirían la mar. Yo cojo frecuentemente cualquiera de los tomos, lo abro al azar y recorro uno o dos capítulos, gozando indeciblemente con su lectura. Cada página está —ya lo sabemos— salpicada de las más sabrosas agudezas, y no es raro que sonría yo a solas largo rato de las mil truhanerías y de los desahogos y desenfados de ciertos personajes, así como de los desplantes filosóficos —tan humanos— que allí abundan.

La otra mañana, por ejemplo, cogí el tomo IV de una edición viejísima por cierto (de 1757, «Tarragona. En la imprenta de Joseph Barber»), y me releí con verdadero deleite el capítulo XXXVI, «Donde se cuenta la estrecha, y jamás imaginada aventura de la Dueña Dolorida, alias de la Condesa Trifaldi, con una Carta, que Sancho Panza escrivió a su muger Teresa Panza», carta que, como saben los que la han leído, es una maravilla, y que empieza: «Si buenos azotes me daban, bien cavallero me iba; si buen govierno me tengo, buenos azotes me cuesta». Y me leí asimismo, y con el propio encanto, los capítulos XXXVII y XXXVIII, donde se prosigue la historia de la Dueña Dolorida, y donde hay, sobre los poetas, esta intensa página, que recomiendo a mis oyentes...

En resolución, él me aduló el entendimiento, y me rindió la voluntad con no sé qué gages, y brincos que me dio; pero lo que más me hizo postrar, y dar conmigo en el suelo, fueron unas coplas que le oí cantar una noche desde una reja, que caía a una callejuela donde él estaba, que, si mal no me acuerdo, decían:

De la dulce mi enemiga
nace un mal que al alma hiere,
y por más tormento quiere
que se sienta y no se diga.

Parecióme la copla de perlas y su voz de almíbar, y después acá, digo desde entonces, viendo el mal en que caí, por estos y otros semejantes versos, he considerado que de las buenas y concertadas Repúblicas se habían de desterrar los buenos poetas, como aconsejaba Platón, a lo menos los lascivos, porque escriben más coplas, no como las del marqués de Mantua, que entretienen, y llorar a los niños y las mujeres, sino unas agudezas a modo de blandas espinas nos atraviesan el alma, y como rayos nos hieren en ella, dexando sano el vestido; y otra vez cantó: 

Ven, muerte, tan escondida,
que no te sienta venir,
porque el placer de morir
no me torne a dar la vida.

Y de este jaez otras coplitas y estrambotes, que cantados encantan y escritos suspenden; pues que cuando se humillan a componer un género de verso, que en Candaya se usaba entonces, a quien ellos llamaban seguidillas: allí era el brincar de las almas, el retozo de la risa, desasosiego de los cuerpos y, finalmente, el azogue de todos los sentidos. Y así digo, señores míos, que los tales trobadores con justo título los debían desterrar a las islas de los lagartos; pero no tienen ellos la culpa, sino los simples que los alaban, y las bobas que los creen; y si yo fuera la buena dueña que debía, no me havía  de mover sus trasnochados conceptos, ni havía de creer ser verdad aquel decir: «Vivo muriendo, ardo en hielo, tiemblo en el fuego, espero sin esperanza, pártome y quédome», con otros imposibles de esta ralea de que están sus escritos llenos. ¿Pues qué,  quando prometen el Fénix de Arabia, la Corona de Ariadna, los Cavallos del Sol, del Sur las perlas, del Tibar el oro y de Pancaya el bálsamo? Aquí es donde ellos alargan más la pluma, como les cuesta poco prometer lo que jamás piensan ni pueden cumplir.

Poco antes de leer lo anterior, hojeando el primer tomo de la edición del tantas veces citado Rodríguez Marín, releía en voz alta aquellas palabras estupendamente bellas y elegantes que Ambrosio dice ante el cadáver de Grisóstomo, muerto de amor por la pastora Marcela:

Ese cuerpo, señores, que con piadosos ojos estáis mirando, fue depositario de un alma en quien el cielo puso infinita parte de sus riquezas. Ese es el cuerpo de Crisóstomo, que fue único en el ingenio, solo en la cortesía, extremo en la gentileza, fénix en la amistad, magnífico sin tasa, grave sin presunción, alegre sin bajeza y, finalmente, primero en todo lo que es ser bueno, y sin segundo en todo lo que fue ser desdichado. Hizo bien, fue aborrecido; adoró, fue desdeñado; rogó a una fiera, importunó a un mármol, corrió tras el viento, dio voces a la soledad, sirvió a la ingratitud, de quien alcanzó por premio ser despojos de la muerte en la mitad de la carrera de su vida, a la cual dio fin una pastora a quien él procuraba eternizar para que viviera en la memoria de las gentes, cual lo pudieran mostrar bien esos papeles que estáis mirando, si él no me hubiera mandado que los entregara al fuego en habiendo entregado su cuerpo a la tierra.

(Edición de clásicos castellanos hecha por La Lectura)

***

No hay página del Quijote que no esté, como éstas, llena de sabor, de estilo, de soltura, de sabiduría, de embeleso. La edición popular que se piensa hacer del libro español por excelencia, si de veras es popular, si se logra hábilmente que circule por todo el mundo de habla castellana, derramará el oro puro de su gallardía por la vastedad del solar hereditario y purificará acaso muchos estilos ambiguos y aclarará con limpideces de agua pura de la cueva de Montesinos, mucho conceptuosismo turbio, manido, hueco y cursilón.

Leamos el Quijote, sí..., pero que empiecen por leerlo detenidamente los «cervantistas», los eruditos, los comentadores, tantos de esos caballeros que no han logrado, a pesar de tal «continua» lectura, dar agilidad a su estilo, elegancia a su sintaxis, amenidad a sus narraciones, soltura a sus diálogos.

***

¿Cómo se celebrará el centenario en España? Hay ya ultimados varios proyectos, desde luego el muy socorrido de los concursos: concurso de dibujo, concurso de pintura, concurso para un monumento, concurso para una medalla conmemorativa.

El más humano, el más bello de los propósitos es, sin embargo, a no dudarlo, el del señor López Muñoz, que insinúa la fundación de un Instituto Cervantes, destinado a amparar a los escritores desvalidos de España e Hispanoamérica. La cordialidad española extendería, por tanto, hasta nosotros los hispanoamericanos el beneficio de esta institución.

Así en España ni en las dilatadas porciones de América en que se habla el castellano, hay, que yo sepa, fundación ninguna de tal género en beneficio de los pobres escritores, cuya condición en este sentido y en otros muchos particulares, es inferior a la de cualquier obrero.

Fuera de unas cuantas repúblicas nuestras, especialmente de la República Argentina, donde una admirable Prensa, al frente de la cual figura La Nación, retribuye dignamente a los literatos y hombres de ciencia, en nuestros países la profesión de las letras reporta tan poco, que acabará por constituir un verdadero lujo de ricos, o un afán de jóvenes heroicos, resueltos a todas las abnegaciones a cambio de la voluptuosidad espiritual de concebir versos o escribir novelas. (Hay países de lengua castellana en que la literatura es casi una de las formas de la mendicidad).

Cierto que la literatura dramática es más opulenta y suele enriquecer a quienes la cultivan con éxito en España; pero justamente porque da, los que están dentro del recinto feliz han levantado muros de acero y cemento, obras de defensa tales, que todos los morteros de 42 no podrían destruirlas. Se trata de un feudo inexpugnable. Y conste que yo no he escrito ningún drama, comedia o cosa que se le parezca, ni pienso escribirlas, por lo que los conceptos deben considerarse del todo desinteresados. Son, pues, muy pocos, relativamente, los españoles que logran un padrino, el indispensable padrino que en nuestros países se requiere para tener talento y hacer que en un teatro se lea siquiera la obra de un desconocido.

No es raro, por tanto, que quien en lucha desesperada no consiguió sino vivir apenas de su pluma durante la juventud, llegada la vejez se encuentre en el mayor desamparo.

¡Y qué manera más delicada de honrar la memoria del inmenso y desvalido autor del Quijote, «regocijo de las musas»... y tristeza de sí mismo, que amparar en su nombre a tantos y tantos de estos escritores que lo han menester!

***

Tiempo es de todas suertes de activar los diversos proyectos del tercer centenario.

La fecha se acerca a grandes pasos.

El día 23 de abril de 1916 hará trescientos años justos que se extinguió aquel autor maravilloso, «más versado en desdichas que en versos» (como se dice él mismo).

Puede afirmarse que murió escribiendo y agradeciendo, él que tan poco tenía que agradecer...

Ya muy enfermo, pero antes de encarnarse, trazó con mano firme su última carta, que fue la dirigida al poderoso y espléndido arzobispo de Toledo, D. Bernardo II de Sandoval y Rojas, su protector postrero. Esta carta, que, como todos saben, preside las sesiones de la Real Academia Española de la Lengua, dice así:

Ha pocos días, muy ilustre señor, que recibí la carta de vuestra señoría ilustrísima y con ella nuevas mercedes.

Si del mal que me aqueja pudiera haber remedio, fuera lo bastante para tenerle con las repetidas muestras de favor y amparo que me dispensa vuestra ilustre persona; pero al fin tanto arrecia, que creo acabará conmigo, aun cuando no con mi agradecimiento; Dios le conserve ejecutor de tan santas obras, para que goce del fruto dellas allá en su santa gloria, como se la desea su humilde criado, que sus magníficas manos besa. En Madrid, a 26 de marzo de 1616 años. Muy ilustre señor: Miguel de Cervantes Saavedra.

«El día 2 de abril de 1616 —nos cuenta Jorge Ticknor— entró en la orden de frailes franciscanos, cuyo hábito había tomado tres años antes en Alcalá; mas no le desampararon en aquellos terribles instantes ni sus sentimientos de escritor, ni su vivacidad ni su agradecimiento hacia las personas que le habían favorecido». 

La ceremonia de la profesión se verificó en la misma vieja y obscura habitación del casi septuagenario poeta, «quien ni siquiera pudo levantarse de la cama el día 2 de abril de 1616».

En un rato de relativo alivio escribió en su lecho la dedicatoria del Persiles (otro acto de agradecimiento) al conde de Lemos; dedicatoria que empieza así:

Aquellas coplas antiguas que fueron en su tiempo celebradas, que comienzan: «Puesto ya el pie en el estribo», quisiera yo no vinieran tan a pelo en esta mi epístola, porque casi con las mismas palabras la puedo comenzar, diciendo:

Puesto ya el pie en el estribo,
con las ansias de la muerte,
gran señor, ésta te escribo.

Ayer me dieron la extremaunción y hoy escribo ésta; el tiempo es breve, las ansias crecen, las esperanzas menguan, y con todo esto llevo la vida sobre el deseo que tengo de vivir...

Y concluye de esta suerte: «Adiós gracias, adiós donaires, adiós regocijados amigos, que yo me voy muriendo y deseando veros presto contentos en la otra vida».

Los cuatro postreros días de su existencia hasta el 23 de abril en que murió debieron ser angustiosísimos —nos dice Navarro Ledesma en su Ingenioso Hidalgo D. Miguel de Cervantes Saavedra—.

La disnea y el estertor propios de los enfermos cardíacos oprimían aquel anciano pecho. La sed del agua, ¡terrible congoja!, se trocaba en sed de aire, que los pulmones anhelosos consumían, y en sed de sangre, la cual corría furiosa, desbocada por las venas, marcando ciento veinte, ciento cuarenta, ciento sesenta pulsaciones por minuto, sin que la fiebre se presentase; los nervios vasomotores se agitaban convulsos, en tensión insoportable. Tras esto vino un estado comático, algo como un sopor silencioso, cortado solamente por el trabajoso ruido pulmonar, semejante al roce de una escoba sobre los ladrillos. Miguel cerró los ojos: no veía, no entendía ya las cosas exteriores; pero aun lo suyo interior, su alma, luchaba, quería balbucir algo, esa última palabra que nos queda por decir cuando nos despedimos de alguien y que era quizá la única justa y conveniente.

El pobre moribundo estaba sentado en el lecho apoyado el busto en cuatro o cinco almohadas y cabezales. Su ancha frente, que fue siempre un espejo para la luz, se amortecía, se trocaba mate. Su aguileña nariz pálida se encorvaba prensil, buscando la boca; los marciales bigotes caían desmayados en la suprema dejación de toda lucha. Un último estremecimiento, un «pneuma» o soplo misterioso que salía por la boca y narices, una inclinación suave, lenta, de la cabeza sobre el pecho, fueron las postrimeras señales. El ingenioso hidalgo estaba muerto».

***

Le debemos a Cervantes, entre tantas cosas admirables, un concepto nuevo de la risa. Quizá le debamos la sonrisa: la sonrisa matizada, moderna, la sonrisa noble, discreta, acaso un poco melancólica; la sonrisa, supremo privilegio humano, tan propia de las almas grandes y serenas. Leyendo y releyendo el Quijote se aprende a sonreír... Y vaya si necesitamos este resplandor fugitivo del alma, que tan apaciblemente se refleja sobre la fisonomía, ahora que la borrasca nos sacude con sus alas trágicas, ahora que el timonel misterioso que guía la nave del planeta parece, con un resuelto impulso, llevarla hacia nuevos rumbos y desconocidos y formidables destinos.

  • (*) Amado Nervo, «El Centenario de la muerte de Cervantes», Ensayos, Biblioteca Nueva, Madrid, 1922, págs. 134-148. volver
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