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El «Quijote» en América

El desencanto de Dulcinea

Por Efrén Rebolledo*

All art is quite useless.

Oscar Wilde

Don Quijote de la Mancha, el Caballero de la Triste Figura, émulo de los Rolandos y de los Amadises, flor y espejo de la Caballería Andante, se moría sin remedio causando la desesperación de su ama y de su sobrina.

Ni los discursos del cura; ni los dichos de maese Nicolás, el barbero; ni los donaires del bachiller Sansón Carrasco; ni las mismísimas gracias de Sancho Panza que no se apartaba de su cabecera lo movían a despegar los labios. El caso era muy extraño, porque como decía atinadamente el médico del pueblo, don Quijote no padecía ninguna enfermedad, sino aspiraba consumido por la melancolía y los desabrimientos.

Mudo, escuálido, enmagrecido, cubierto con una montera verde, incorporado sobre las albeantes almohadas del exiguo lecho, estrujando a porfía el grueso cobertor con las acartonadas manos como si quisiera aferrarse a la muerte, don Quijote no era ni el remedo del bizarro paladín que después de encomendarse a Dulcinea, con la lanza en ristre y dando de espuelas a Rocinante, embestía ejércitos, provocaba leones y batallaba con vestiglos.

No lo abatía la derrota que recibió en la plaza de Barcelona donde contendió en singular combate con el garrido caballero de la Blanca Luna, pues la guisa en que se comportó cuando ocurrió ese nefasto suceso lo acreditaba como el más valeroso de los adalides. Ni lo despechaba la condición que le impuso su vencedor de no acometer ninguna aventura antes de transcurrido el plazo de un año, porque aunque sus armas eran sus arreos y el pelear su descanso, había dado su consentimiento con entera libertad y debía sostener su palabra empeñada conforme al Código de Caballería. Ni lo atormentaba el haber sido hollado por una piara de cerdos, calamidad que con justicia sólo provocaba su desprecio.

La razón debía ser muy distinta, y sabiendo la devoción que don Quijote profesaba a Dulcinea, está averiguada la causa de su dolencia.

—No sabes —le dijo un día a Sancho con cavernosa voz— cuánto me extraña que Dulcinea no haya vuelto a su prístino estado, no obstante la profecía que oímos de los labios de la Cabeza Encantada en casa de don Antonio Moreno, y de haberte dado tú los tres mil y trescientos azotes necesarios para su desencanto según el sabio Merlín. Más feliz fue la desenvuelta Altisidora, pues resucitó después de que hubiste recibido las mamonas y pellizcos que te propinó la gente del Duque.

—No me recuerde vuesa merced esa aventura —por decir algo repuso Sancho, que acusado por su delito no acertaba dónde poner los ojos, sabiendo que a pesar de haber regateado con sórdida avaricia los azotes de que dependía el desencanto de Dulcinea y por consiguiente la ventura de su señor don Quijote, no había vapulado su carne plebeya sino la dura corteza de las hayas insensibles.

—Mísero de mí —continuó don Quijote—, he amparado a huérfanos, asistido a viudas y libertado a galeotes, con quien no me ligaba otra obligación que la de ser ellos afligidos y yo caballero andante y no puedo auxiliar a Dulcinea, que siendo princesa se encuentra convertida en zafia campesina por las artes de mis enemigos los encantadores. Si mi mala suerte no me quitara el privilegio de acudir en su auxilio, yo te juro, Sancho, que habría sobrepujado las hazañas de Lanzarote y obscurecido las proezas de Tristán. La habría arrancado de los propios brazos de la muerte como Hércules a la desventurada Alcestes, y habría ido al Orco mismo, como descendió a buscar a Eurídice el enamorado Orfeo.

Después de haber proferido así sus cuitas, don Quijote tornó a encastillarse en su silencio, acabando por perder el juicio, de tal manera lo preocupó el encanto de Dulcinea.

Comenzó por trocar su patricio nombre de don Quijote de la Mancha por el plebeyo de Alonso Quijada, y dio en el tema de que estaba cuerdo. Después del desastre de Barcelona había sido su propósito dedicarse a la vida pastoril, ya que el pacto celebrado con su vencedor lo apartaba durante un año del ejercicio de las armas. Seducido por el proyecto, el entusiasta Bachiller ya había comprado dos mastines para la guarda de los rebaños. En su desvarío, don Quijote calificaba de devaneos no solamente los sencillos pasatiempos campestres sino todas las proezas de su gloriosa vida de aventuras. Así lo declaró a su ama y a su sobrina, al licenciado y al barbero, abjurando en presencia de todos su profesión de caballero andante y abominando de los libros de caballerías. Confesose con el Cura, y llamando al escribano hizo testamento en favor de su sobrina, desheredándola si casaba con caballero andante. No se oldivó [sic] de su ama ni de Sancho, a quien diputó el más bueno de los hombres y el más fiel de los servidores.

El Cura y el Barbero, compadecidos de su estado, lo dejaron cometer todas estas sandeces.

Cuando Sancho oyó de boca de Sansón Carrasco acerca de la manda con que lo había favorecido don Quijote y de las inmerecidas alabanzas que le había prodigado, se avergonzó de su proceder, y acosado por el remordimiento fue a confesarle a su amo el embuste de los azotes y pedirle perdón de su bellaquería.

—Perdóneme vuesa merced mi ruindad —prorrumpió arrodillándose a la vera del lecho—, no me he dado un solo azote de los tres mil y doscientos noventa y cinco por los que me cobré ochocientos veinticinco reales; pero juro por la salud de mi hija Sanchica que ahora mismo voy a saldar esta deuda que le debo a vuesa merced.

Afortunadamente para no aumentar la amargura de su trance con la prueba de la traición de su escudero don Quijote no oyó a Sancho. Cadavérico, estertoroso, con la frente bañada de sudor y arrojando espuma por la boca, se moría encomendándose a su señora Dulcinea.

En cuanto Sancho se percató del estado de su señor, no perdió el tiempo en verter lágrimas estériles. Animado de súbita resolución tomó el camino de su casa y requiriendo el zurriago con que avivaba al Rucio, flageló sus desnudeces, contando los azotes con el mismo cuidado que si hubieran sido relucientes escudos.

No bien había caído en la cama postrado por la fiebre que le produjo el vapuleo, cuando, ¡oh milagro del sacrificio y portento de la misericordia!, su hija le anunció la llegada de una señora muy principal que no podía ser sino duquesa.

Dulcinea —pues era ella—, brillando como una ascua de oro, y adornada con sartas de perlas, con diamantes y con rubíes, ayudada por uno de los pajes de su séquito se apeó de su hacanea blanca como la nieve, y avanzó a dar las gracias al generoso escudero.

—Déjese mi señora de ceremonias —atajó Sancho— y vamos a ver a mi señor que ya no querrá morirse en cuanto columbre al sol de la hermosura y fuerza de su brazo.

Cuando apareció Dulcinea en presencia de su caballero, la muerte pugnaba por estrangularlo con férreas falanges; pero así como los ojos ya opacos de don Quijote vislumbraron a su señora, cobró su acostumbrado denuedo, y desprendiéndose de los brazos de su feroz adversario, gritó con furibundo acento:

—Detente follón y mal nacido caballero, que ya pagarás con la vida la felonía de acechar en la sombra y atacar a mansalva a tus enemigos. Ea, Sancho, acércame mis armas, tráeme mi lanza, pásame el yelmo de Mambrino y enjaeza a Rocinante.

Como si hubiera oído las voces de su amo, el noble animal respondió desde la cuadra con animoso relincho.

La Muerte, que no estaba acostumbrada acometer a sus víctimas en singular combate, se levantó mohína y crujiéndole los huesos de espanto.

Ya están enfrente los dos campeones: don Quijote con la lanza en ristre, encomendándose a Dulcinea y rigiendo a Rocinante; la Muerte en alto la guadaña terrible y teniendo las bridas de su caballo pálido. Ya hacen caracolear sus corceles y se salen al encuentro en desaforada carrera. Dulcinea tiembla por la suerte de su caballero, grita la gente de su séquito, el ama y la sobrina se desmayan y Sancho Panza trasuda de terror. En la embestida, la Muerte da consigo en el suelo, y obligada por don Quijote que descabalga apresuradamente se rinde, jura no sacrificar de allí en adelante más víctimas indefensas y promete rendir parias a Dulcinea. En balde le grita Sancho a su señor que remate al vencido y que no crea en sus promesas que serán tan vanas como las del vizcaíno y las del villano. Don Quijote, magnánimo como siempre, no aprieta la hoja de su estoque, y nada más obliga a la Muerte que le dé su palabra de cumplir con lo estipulado conforme a las leyes de la Caballería Andante.

Así como Dulcinea recibió los homenajes de la Muerte que se alejó con gran alivio de Sancho, don Quijote, quitándose el yelmo de Mambrino, le habló en la siguiente guisa a la castellana del Toboso:

—Gracias te doy, soberana Señora, por haber mostrado ante mis ojos que iban a cerrarse para siempre, en todo el esplendor de tu hermosura, y por haberme dado fuerzas para consumar esta sin igual hazaña. Déjame que te diga que tú has sido siempre el norte de mis pensamientos, el pábulo de mis esperanzas y el sostén de mi vida. Hazme saber cuál es tu voluntad para servirte y no me crees indigno de postrarme a tus plantas.

La incomparable Dulcinea, en respuesta, lo levantó del suelo y puso en los labios marchitos del caballero de la Mancha los rojos suyos, perfumados como el ámbar.

—Vamos, Sancho —exclamó don Quijote—, llama al Licenciado, al Bachiller y a Maese Nicolás para contarles que he recobrado el juicio, que no soy más Alonso Quijada, sino don Quijote de la Mancha, el Caballero de la Muerte, y que se apresten a emprender nuestra vida pastoril que he de llevar mientras se vence el plazo de un año que le prometí al Caballero de la Blanca Luna.

Don Quijote, Dulcinea, Sancho Panza, el Cura, el Barbero y el Bachiller, vueltos pastores, pasaron días muy dichosos cuidando sus rebaños y traduciendo en églogas sus amores; pero fenecido un año, no obstante los ruegos de Dulcinea, don Quijote volvió a montar en Rocinante, y en compañía de su fiel escudero Sancho Panza, prosiguió su vida de aventuras desfaciendo agravios, enderezando entuertos, defendiendo a doncellas, auxiliando pueblos y socorriendo naciones.

En una ocasión, comandando la vanguardia de Washington, con el título de Marqués de Lafayette combatió por la independencia de los Estados Unidos; otra vez, asumiendo el aspecto de Bolívar, quebrantó las cadenas de cinco naciones; bajo el bello continente de Lord Byron, dejó en su palacio de Venecia su lira de oro y su corona de laurel por ir a pelear en pro de la emancipación de los descendientes de Homero y de Leónidas; disfrazado de Luis Napoleón quebró lanzas con Austria-Hungría en defensa de Italia; encarnó a Zola que proclamó la inocencia de Dreyfus desafiando la furia de un pueblo ofuscado por la pasión, y fue Nicolás II que pidió el desarme universal y colocó la primera piedra del Templo de la Paz en La Haya.

Dulcinea, vestida con telas de oro y sirgo tejidas por las ninfas del Tajo, se pasea en las lonjas de su castillo tapizado con alfombras de Persia, o en sus aposentos rodeada de sus damas de honor, ora ensarta perlas orientales; ora borda alguna curiosa divisa para el hazañoso Manchego; ya inspira a los artistas con su belleza; ya prodiga a los desventurados la dulzura de su corazón de oro y de piedras preciosas.

  • (*) Efrén Rebolledo, «El desencanto de Dulcinea», J. Ballescá, México, 1916. Reprod. en José Rojas Garcidueñas, Cervantes y don Quijote. Estudios mexicanos, Secretaría de Educación Pública, México, 1972. volver
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