Por Ignacio Montes de Oca y Obregón*
Nos, cum nullo horum indigeremus habentes solatio sanctos libros qui sunt in manibus nostris maluimus mittere ad vos renovare fraternitatem.
Nosotros, aunque de ninguna de estas cosas habemos menester, teniendo para nuestro consuelo los libros santos que están en nuestras manos, hemos querido invitaros a renovar con nosotros el pacto fraternal.
(I Mac., 12, 91-10)
Señor: Singular en extremo era la situación del pueblo de Israel entre las naciones del orbe. Ya vencido, ya vencedor; ya conquistando palmo a palmo la tierra prometida, ya reducido en extrañas regiones a duro cautiverio, conservaba siempre viva la conciencia de su alta misión, y jamás perdía la confianza en sus futuros destinos. Ni en la prosperidad ni en la desgracia caían de sus manos los Libros Santos, dictados por Dios y escritos por sus caudillos, sus profetas y sus monarcas. Ellos encerraban su historia, sus leyes, las promesas divinas en favor de aquella raza escogida; en ellos cifraba, por tanto, su orgullo, su consuelo y su dicha.
En graves angustias pusieron a los Macabeos las titánicas guerras que por la religión de Moisés y las patrias libertades se vieron obligados a sostener, con éxito no siempre feliz. Podían haber solicitado el auxilio de Roma o de Esparta, con quienes años atrás habían contraído especial amistad. Pero lejos de eso, después de una afortunada campaña enviaron embajadores a una y otra potencia, dirigiendo a la última este altivo mensaje: «Hace varios años que vuestro rey mandó una embajada a nuestro Sumo Sacerdote Onias; proponiéndole una alianza ofensiva y defensiva, significabatur de societate et amicitia.
Pero nosotros, no necesitando de vuestra intervención armada, cum nullo horum indigeremus, porque nos basta y nos sobra con nuestros Libros Santos que hojeamos de noche y de día, y son nuestro sostén y nuestra esperanza, habentes solatio libros sanctos, dejamos pasar algún tiempo sin contestaros; y hoy, por fin, os enviamos plenipotenciarios para reanudar con vosotros relaciones diplomáticas, renovare fraternitatem et amicitiam... multa enim tempora transierunt, ex quo misistis ad nos.
Pecaría de profano, si pretendiera establecer un paralelo entre los libros inspirados, y nuestros propios libros clásicos, aunque entre sus autores se cuenten Teresa de Jesús y los Luises de Granada y de León. Pero si en el Concilio de Trento junto a la Biblia Sacrosanta se concedió un lugar de honor a la Summa de Tomás de Aquino; si es axioma aceptado entre los eruditos que después del Volumen por excelencia, la Iliada de Homero es el libro más sublime; si del Quijote ha dicho alguno que es una obra divina, divinamente escrita ¿no me será dado apellidar santos, siquier por un momento, los libros incomparables que forman nuestro orgullo, nuestra delicia y nuestro tesoro? El epíteto santo tiene en latín un significado más lato que en castellano, y lo aplico a las lucubraciones de nuestros ingenios, en el sentido en que Cicerón llamaba santo hasta el nombre de un poeta: sanctum poetae nomen. Con esta explicación, no os escandalizaréis, si con los Macabeos de antaño, digo a nombre vuestro y de cuantos hablan como lengua materna el idioma de Castilla: por grandes que sean los infortunios que pesen sobre todo lo que es y ha sido español, no desmayarán nuestros ánimos, mientras no se nos caigan de las manos los libros venerados, los libros santos que nos suministran eterno consuelo y nos infunden halagüeñas esperanzas.
Ellos encierran nuestra historia, ante la cual palidecen la del pueblo de que fue caudillo Moisés y las de los griegos y romanos. Ellos contienen las leyes que durante tantos siglos rigieron sabiamente dos mundos e hicieron felices a millares de pueblos. Ellos ensalzan las glorias del Señor, que se sirvió de España para las más altas proezas que puedan consumarse por la mano del hombre. Ellos, en fin, dejan vislumbrar nuestras esperanzas, mostrándonos lo pasado como augurio de lo por venir.
Tal vez os figuráis que voy a hablaros con preferencia de nuestros legisladores, historiógrafos, filósofos y autores místicos. Así debiera ser, puesto que esta fúnebre solemnidad es para honrar a cuantos han cultivado las letras españolas y orar por sus almas benditas. Pero en este año en que todas las miradas se reconcentran en Miguel de Cervantes y en su obra inmortal, de Cervantes tan sólo y del Quijote es mi deber hablaros aún en este sagrado recinto. Voy, pues, a mostrároslo como el tipo perfecto del caballero cristiano y español, en su vida pública y privada. Procuraré enseguida haceros ver, aunque con pocos imperfectos rasgos, que se retrató a sí mismo en el venerando libro, de cuya aparición celebramos hoy el tercer aniversario secular.
Señores Académicos: aunque tan rico, no tiene el idioma castellano palabras con que expresaros mi inmensa gratitud, por haberme designado para elogiar a Cervantes a nombre vuestro en esta solemnísima festividad. El gozo que hoy experimento, puede apenas compararse con el que embargó mi alma agradecida, la vez primera que, todavía en la flor de la edad, me fue dado sentarme en vuestro gremio, y llamar colegas a insignes varones que desde niño había admirado en sus escritos, y aprendido a venerar casi como divinidades. ¡Ojalá que entonces, cuando aún no me desdeñaban las musas y me alentaba la juventud, me hubierais dirigido la invitación con que ahora me honráis! Quizás habría correspondido mejor a vuestra confianza, y desempeñado menos imperfectamente mi ardua misión. Hoy no puedo ofreceros sino las últimas llamas de un fuego que se extingue. Pero aun así, me considero dichoso con poder consagrar lo que me resta de mis antiguos bríos a las alabanzas de un ingenio, gloria, no sólo de las letras españolas, sino también de la Iglesia católica, a quien honró con sus altas virtudes y defendió con su valiente brazo. Quiera el divino Espíritu darme fuerzas para no desmayar en mi difícil empeño. Dignaos vosotros escucharme con vuestra acostumbrada benevolencia.
Señor:
Mi corazón palpita de entusiasmo al veros presidir en persona esta ceremonia tan cristiana como española. No me arredra el tener que saludaros a orillas de una tumba, porque para el cristiano el sepulcro es la puerta de la inmortalidad y el símbolo de la resurrección. Vuestra augusta presencia me infunde alientos para hablar de glorias pasadas que a Vos, más que a ninguno pertenecen y para señalaros en lontananza coronas y laureles que tenéis tiempo de ver revivir y reflorecer en el largo reinado que os espera.
La historia de Miguel de Cervantes Saavedra es tan conocida, que aun en una asamblea menos docta estaría demás mencionar ciertas fechas y ciertos acontecimientos. Su solo nombre nos trae a la memoria la época gloriosa de Felipe II, las proezas de D. Juan de Austria y la inolvidable victoria de Lepanto. ¡Quién hubiera vivido en aquel siglo de fe y de valor! ¡Quién hubiera tenido la dicha inefable de verse alumbrado por esos fanales que contemplamos hoy sin aceite y sin fuego en la Real Armería, y que en la madrugada del 7 de Octubre de 1571, sirvieron de blanco y de guía a la galera que llevaba entre varios centenares de valientes a Miguel de Cervantes! ¡Quién pudiera, como él, preciarse de haber perdido una mano en aquella sangrienta refriega, y ostentar las heridas que él apellidaba luceros que debían guiar a los demás al cielo del pundonor!
Si nos es familiar su gigantesca figura combatiendo en Lepanto y en Túnez, no menos conocida es la historia de su cautiverio en Argel. Esas frecuentes tentativas de fuga, repelidas sin desmayar durante cinco años; esos castigos, esos tormentos, esos oprobios, cada vez mayores y soportados cada vez con mayor constancia, si son rasgos de la vida de un héroe, bastarían también para llenar la vida de un santo. «En aquella lid reñida (dice uno de sus biógrafos) contra sus padecimientos incesantes de día y de noche, descolló Cervantes con un heroísmo más raro y más esclarecido por cierto que el del mero denuedo, el heroísmo del aguante... No me satisface este elogio, señores Académicos, por lisonjero que parezca. Se me ha figurado siempre que, al encarecer las virtudes de los cautivos de aquella época y la abnegación de los que por voto o por afecto se consagraban a su redención, muy pocos se fijan en un heroísmo superior al del denuedo y que deja muy atrás al del aguante. No sé cómo llamarlo. Permitidme que declare mi pensamiento con circunloquios y observaciones.
Si el ilustre Académico que hizo tan gran servicio a la Iglesia y al mundo literario con su Historia de los Heterodoxos españoles, quisiera escribir la de los renegados de España y de Italia, de Grecia y de Francia, haría con las sombras del interesante cuadro resaltar el heroísmo de nuestro Cervantes y de otros muchos que supieron resistir a la seducción. El mostrarse insensibles a los tormentos y al tedio de una larga prisión, era poco para aquellos hombres de hierro que, fuesen hijodalgos sin tacha o viles delincuentes, se juzgaban deshonrados para siempre, si cedían siquiera un momento al dolor físico.
Pero se necesitaba un alma de acero para negarse a trocar las cadenas y la miseria por los placeres, el poder y la fortuna, con que se brindaba al que consintiera en cambiar la cruz por el turbante. Renegados eran los mejores capitanes de Selim, los más altos funcionarios en Constantinopla, los más ricos mercaderes de Egipto y Argel, como lo era también el amo que tocó a Cervantes en su cautiverio. ¿No podía éste, con su gallarda figura, su robusta complexión, su bien probado valor y su preclaro ingenio llegar a ser por lo menos otro Luchalí? Aun hoy día, en que el Oriente ha perdido su prestigio y sus misteriosos encantos, fácil es encontrar en los ejércitos del Sultán jefes que han abandonado el cristianismo por obtener apenas un grado más elevado en la milicia. Qué tentación tan fuerte no debió ser entonces para el joven guerrero, que a pesar de sus altas prendas y honrosas cicatrices no había llegado siquiera a alférez en los tercios españoles, el salir de la mazmorra para tener riquezas y honores, libertad y placeres y alcanzar tal vez en breve tiempo, como uno de sus vencedores, el título de capitán de los mares.
Bien comprendían estos peligros los abnegados religiosos que se dedicaban a la redención de cautivos. A uno de ellos debió su libertad Miguel de Cervantes, quien regresó por fin a su hogar. Regresó, sí, ¿pero fue por ventura para pasar su vida en ocio, para recibir la recompensa de sus inestimables servicios y de su fidelidad a la religión y a la patria? No, señores: fue para seguir sirviendo en la campaña de las Azores en la misma humilde condición de soldado raso.
Quien no conozca los milagros que obra la Fe, no podrá comprender tamaño valor y tanta abnegación. No bastan a explicarlos el pundonor y el patriotismo. Se necesita la fe, esa fe que trasporta montañas; esa fe que como nos dice la Escritura dio aliento a los santos del antiguo Testamento para conquistar reinos enteros, apoderarse de la tierra prometida, domar leones, embotar espadas, apagar incendios, arrasar fortalezas enemigas. Perfidem vicerunt regna, adepti sunt repromissiones, obturaverunt ora leonum. extinxerunt ímpetum ignis, castra verterunt exterorum. La fe, dice San Pablo, movió a Moisés, al llegar a la juventud, a que renunciara a seguir pasando por hijo de la princesa, cuyo padre era nada menos que Faraón, prefiriendo sufrir con sus hermanos, a gozar con los bienes de los pecadores; y estimando en más que todos los tesoros de los egipcios la ignominia de Cristo (Heb. XI, 25, 26, 33, 34).
He aquí la causa del arrojo de Cervantes y de su resistencia a los sufrimientos al par que a los halagos. He aquí pintada con vivos colores esa abnegación con que, olvidando su alto linaje y sin tener en cuenta sus preclaros méritos, se contentó toda la vida con la plaza de soldado raso o algún empleo de ínfima categoría. Y si además de las causas sobrenaturales, buscamos otras razones de orden inferior, no nos será difícil encontrarlas.
Vosotros mejor que nadie, señores Académicos, sabéis que la ambición no es la pasión favorita de los amantes de las letras. Se les echa en cara la envidia, la vanidad, quizás otros defectos, pero jamás la codicia ni la sed de honores. Con tal que puedan consagrarse a sus estudios predilectos, poco les importa un grado más o menos en la escala social; y antes que elevados puestos que los distraerían de sus tareas literarias imponiéndoles deberes incompatibles, prefieren la dorada medianía, auream mediocritatem, tan ponderada por Horacio. A esto, más bien que a la ingratitud o al olvido de los poderosos, creo deberse atribuir la modesta posición que conservó Cervantes hasta su muerte. Se ha observado además que el soldado raso de entonces, no equivalía a los gregarios de nuestros días. En aquellos tiempos en que lo que hoy se llama intendencia o administración era desconocido en los ejércitos, y en que la imperfección de los recién inventados mosquetes exigía en el tirador grande iniciativa personal, para obrar los prodigios que acostumbraba la infantería española, se requerían en todos y cada uno conocimientos especiales; y si de los romanos se dijo que eran un pueblo de reyes ¿no podemos decir que los tercios de Castilla eran una legión de capitanes?
Esto no basta, sin embargo, a excusar el abandono en que se dejó a Cervantes en sus últimos años, y las inicuas persecuciones que más de una vez lo arrojaron a la cárcel. Pero de esta cárcel salió el Quijote, y bien podemos a este propósito entonar una vez más el felix culpa de la Iglesia.
No fue, por cierto, obra de la casualidad esa cadena de circunstancias y de acontecimientos al parecer triviales, que hicieron concebir a Cervantes y dar a luz su obra maestra. Sus perseguidores por una parte; por otra la funesta circulación de aquellos libros cuya destrucción meditó y empezó en su calabozo; por último, la envidia de sus émulos que le sirvió de estímulo a poner el coronamiento a su empresa grandiosa, no pueden considerarse como sucesos meramente fortuitos, y haríamos mal en ensañarnos contra los hombres o las cosas que, sin saberlo ni quererlo, sirvieron de pedestal al más feliz de los ingenios.
Si no se mueve ni una hoja del árbol sin la voluntad de Dios, tampoco cruje una hoja de papel bajo la pluma del escritor, sin la intervención más o menos directa de la Providencia. Lo que dice San Agustín de los malvados en general, puede aplicarse en particular a los autores de libros perversos. Permite el Señor que publiquen sus inicuas lucubraciones, ya sea para probar a sus escogidos, ya sea para dar ocasión de que salgan a luz obras insignes por ciencia y estilo, que hagan resaltar más y más la munificiencia divina. Onmis malus aut ideo vivit, ut corrigatur aut ideo vivit ut per illum bonus exerceatur (Aug. in Psalm. LIV).
Ahora bien: cuando el Señor suscita hombres eminentes que con largos y bien meditadas obras destruyan el error, ya sea combatiéndolo de frente, ya sea previniéndolo por medio de lucubraciones que fijen de antemano las ideas estéticas y morales, además de darle el talento y los medios indispensables, los coloca en un ambiente a propósito para sus arduas labores. Este ambiente, alguna que otra vez ha sido un palacio; pero generalmente les ha señalado la soledad del claustro como a Tomás de Aquino; el forzado aislamiento de la ceguera, como a Hornero y a Milton; los tristes ocios del destierro o la cárcel, como a Dante Alighieri, a Camoens y a Miguel de Cervantes. La superioridad del Quijote sobre sus otras obras, muestra que la Providencia, siempre sabia, escogió bien el lugar en que había de concebirse un libro destinado a fines muy altos. Veamos ahora si Cervantes y su obra maestra han llenado de veras su misión providencial.
¿Que mágico influjo ejercen los libros de caballerías que desde que nacieron fascinaron a todos, y después de muertos todavía nos encantan? Nada tiene de elegante su estilo y, sin embargo, nos atrae; inverosímiles y absurdas son sus historias, y con todo embargan nuestra atención y se fijan en nuestra mente; equívoca, por no decir otra cosa, es su moral, y a pesar de todo, no nos causa espanto. Aun en este siglo tan positivista y prosaico, yo desafío al personaje más serio a entregarse, siquiera por unos meses, a su lectura, sin que se exalte su imaginación y le vengan ímpetus de embrazar la rodela, enristrar la lanza y acometer a Imaginarios gigantes.
Si esto nos pasa aún a los hijos de esta generación desengañada y sin bríos ¿qué impresiones no recibirían los de aquella época gloriosa, en que aún no se olvidaban las Cruzadas, estaban frescas las románticas lides en derredor de Granada, y caballeros andantes de otro género luchaban todavía en el Nuevo Mundo? Bien nos lo describe Santa Teresa en su gráfico estilo; y su propia escapada juvenil en busca del martirio, ¿qué otra cosa fue sino un conato de andante caballería? Víctima ella misma de la seducción de libros tan perniciosos como fascinadores, arremetió contra ellos con vigor. La siguió con no menos denuedo Miguel de Cervantes Saavedra; y a dos lanzas manejadas por tales brazos, era imposible que pudieran resistir Amadís de Gaula ni Palmerín de Inglaterra.
¿A cuál de los dos campeones se debe principalmente la victoria? Si la mística escritora hubiera salido sola a la palestra, sin más pertrechos que la verdad desnuda y su pulcro lenguaje, es más que probable que no habría alcanzado mejor éxito que Melchor Cano, Malón de Chaide y otros insignes teólogos y predicadores. Como poéticamente lo dice Torcuato Tasso en el principio de su epopeya inmortal, el mundo entero corre adonde vierte más dulzuras el lisonjero Parnaso. Para hacer beber al niño enfermo amargos medicamentos, es indispensable untar con grato almíbar las orillas de la copa dorada. De igual suerte, para atraer a los esquivos, es fuerza revestir a la verdad con el ropaje de la ficción y las galas de la poesía. Así lo puso en práctica el mismo Tasso. Así lo hizo Miguel de Cervantes, y a esto debió el señalado triunfo cuyos frutos no han podido borrar las vicisitudes de tres siglos.
Pero ¿será verdad, como le echan en cara ciertos críticos, que al dar la muerte a los libros de caballerías mató también el pundonor español? Protestemos muy alto contra esta censura, señores Académicos. «No he podido yo contravenir, nos dice Cervantes en su prólogo, la orden de naturaleza, que en ella cada cosa engendra su semejante». Fijémonos en esta preciosa confesión, aunque la interpretemos en sentido más lato del que se propuso darle el esclarecido padre del Quijote. Quiera o no quiera, todo autor se retrata en sus propias obras; pero no en todas es igual la semejanza, ni en todas se reconoce en idéntica forma. Ahora bien; aunque una cosa es el retrato y otra la caricatura, cuando es hábil el pincel, bajo la caricatura se descubre el perfecto retrato. Despojemos a don Quijote del yelmo de Mambrino y la celada de cartón, quitémosle la mirada vaga, y los temas del desequilibrado (como hoy caritativamente se dice) y bajo el jubón y las calzas del hidalgo de la Mancha hallaremos a Cervantes, tipo perfecto del caballero español y de España misma, en sus mejores días. «¿Has visto (decía don Quijote después del afortunado combate con el vizcaíno) has visto más valeroso caballero que yo en todo lo descubierto de la tierra? ¿Has leído en historias otro que tenga ni haya tenido más brío en el acometer, más aliento en el perseverar, más destreza en el herir, ni más maña en el derribar?» He aquí compendiada en breves frases la historia de Miguel de Cervantes y la historia de España.
¿Quién tuvo, en verdad, más aliento en el perseverar que don Quijote y su cronista? Apaleado en su primera salida, no desmaya el Manchego. Apenas inaugura la segunda serie de sus hazañas, se ve derribado por los molinos de viento, apedreado por los ganaderos y los galeotes, colgado en la venta y enjaulado, por último, por los que él se figuraba encantadores. Si Kempis, en la Imitación de Cristo, nos consuela en los infortunios diciéndonos que tras de la noche viene el día y tras del invierno el verano y después de la tempestad viene gran serenidad, el magullado caballero conforta a Sancho en la común desventura diciéndole: «Todas estas borrascas que nos suceden son señales de que presto ha de serenar el tiempo. Siempre deja la ventura una puerta abierta en las desdichas para dar remedio a ellas», le decía en otra ocasión, y todos sus razonamientos están impregnados de máximas cristianas, dignas de un Padre de la Iglesia.
¿Se sirvió Cervantes de estas mismas gráficas expresiones, cuando fracasó en su primera tentativa para escaparse por tierra de Argel, o en sus posteriores esfuerzos para huir por mar, o cuando fue descubierto en el subterráneo que servía de guarida a él y a sus compañeros de fuga? Sea como fuere, nos consta que puso en práctica tan sabios principios, y así no es maravilla que pintara a su héroe siempre impertérrito, siempre confiado en la Providencia divina, siempre indómito en los reveses de la fortuna.
Igualmente el arrojo que lo había distinguido en Lepanto y en Túnez dio matices a su paleta para pintar al caballero Manchego con brío sin igual en el acometer. No cuenta jamás el número de sus enemigos, ni mide la fuerza de sus contrarios, ni se para ante las probabilidades del vencimiento. Con igual denuedo provoca a los leones o desafía a los molinos de viento; ni sondea la profundidad de la cueva de Montesinos, ni la del torrente adonde se lanza en el barco encantado; y con la misma sangre fría parte con su espada la almohada del vizcaíno, o abolla con su lanza la coraza del caballero de los espejos. Este valor indomable y temerario es el que caracteriza a don Quijote y a su autor; y ¿podré añadirlo? a la patria de entrambos. En su fiel pintura, más todavía que en las otras brillantes cualidades que distinguen al precioso libro, se me figura ver el secreto de su fama inmortal.
Dejemos la ficción y abramos las páginas de la historia. Siempre que España ha mostrado ese valor, que a falta de otro epíteto deberemos llamar quijotesco, ha llevado a cabo las empresas mas gloriosas: cuando dejando el quijotismo se ha entregado a cálculos matemáticos y especulaciones prosaicas, la fortuna la ha abandonado. ¿Contó, por ventura, en las Navas y en Clavijo el número de los alfanjes enemigos, sus máquinas de guerra, sus irresistibles caballos? ¿Sondeó la profundidad del Océano o mesuró la fuerza de los vientos, cuando con tres barquillas mandó a Colón a descubrir un mundo? ¿No fue Quijote Hernán Cortés, al lanzarse a conquistar un reino, y un reino que se figuraban en un extremo del Asia, con un puñado de aventureros? ¿No lo fueron igualmente Pizarro y Almagro al engolfarse en el Pacífico, con idéntica temeridad y fortuna? ¿Y Orellana, recorriendo el desconocido Amazonas en mal construida canoa, no repitió heroicamente la aventura del barco encantado? ¿Y después de dos siglos, Liniers defendiendo a Buenos Aires sin más elementos que su indomable valor; no dejó atrás a Suero de Quiñones y se mostró más invicto que cuantos héroes pudo inmortalizar la historia o crear la fantasía de Miguel de Cervantes?
Y si de las armas pasamos al sayal y a la toga, ¿no fue quijotismo dar leyes que rigieran a esa multitud de reinos heterogéneos formados en el Nuevo Mundo? ¿No fue Quijote el Licenciado Gasca yendo a sujetar a los rebeldes conquistadores del Perú, sin más armas que la vara del magistrado? ¿No participaron de ese espíritu y de ese heroísmo los Venerables Jiménez de Cisneros y Juan de Palafox, acometiendo, cada cual en diferente hemisferio, la empresa de extirpar los abusos introducidos aun en el claustro? ¿No habría declarado Quijotes en el peor sentido, esta edad escéptica, a los doce primeros franciscanos que fueron a plantar con la Cruz en la Nueva España la civilización española? Quijotes o no, lograron en aquel mundo un éxito tan rápido y completo como los primeros apóstoles de Jesús en el antiguo Continente.
Por el contrario, las empresas en que ha faltado el quijotismo bien entendido, es decir, la fe ciega y el valor temerario, en que han predominado los cálculos y se ha marchado contra un enemigo débil e inferior en número, la Providencia ha abandonado a España. Dígalo, si no, la armada invencible de Felipe II, que más que en el poder de Dios, se fiaba en sus incontables bajeles. Díganlo otras empresas desgraciadas, más allá de los Pirineos hace varios siglos, en las islas del Mar Océano hace pocos años.
Esa fe y ese valor están guardados, como las tablas de la Ley en el Arca de la Alianza, en el libro inmortal de Cervantes. En él se condensa la historia de lo que fue, y el presagio de lo que será. Precioso en el fondo, es todavía superior en la forma; y no en vano constituye el consuelo de cuantos hemos heredado con la fe de Cristo el habla castellana; no en vano podemos decir con los Macabeos, y poniendo la mano sobre el Quijote: ¿para qué necesitamos de auxilios humanos, mientras conservemos nuestros libros santos? Nullo horum indigemus habentes solatio sanctos libros.
Cuando leemos, en cualquier idioma, el cántico de Moisés, el libro de Job, el cantar de los cantares de Salomón, aunque ni podamos gozar del ritmo del original, ni se halle la versión revestida con las galas de la métrica moderna con que la adornaron Fr. Luis de León, D. Fermín de la Puente, Evasio Leone y otros ingenios de España y de Italia, aun el profano se estremece con las vibraciones de la más sublime poesía. Otro tanto sucede con el Quijote, y no sin intención he comparado hace un momento el lenguaje de la Jerusalén Libertada con el del poema, como no vacilo en llamarlo, de Miguel de Cervantes. Hay en su prosa más poesía que en ninguno de nuestros vates. El divino Herrera, el maestro León, Rioja, Rodrigo Caro, Ercilla, Balbuena, Lope y Calderón, Tirso de Molina y Ruiz de Alarcón tienen versos altísimos, conceptos sobrehumanos, rasgos inimitables, que nos cautivan, nos arrebatan y embelesan. ¿Pero esta admiración llega, por ventura, hasta los que poco o nada cultivan las letras? ¿Se recitan acaso, las odas, los sonetos, las octavas, las redondillas de aquellos ingenios con la fidelidad, la perseverancia, el gusto, el deleite con que se repiten los chistes, los adagios, los aforismos de Cervantes? Subid a los palacios de la corte, bajad a las chozas del pescador, cruzad el Océano en cualquiera dirección y llegad a las remotas antípodas, y veréis que donde se ha echado quizás al olvido El alcalde de Zalamea y El infanzón de Illescas, donde ya no se acuerdan del nombre de Heliodora ni de las proezas de Bernardo, aún resuenan las del Manchego, y se invoca a Dulcinea, y se describe la batalla con los cueros de vino, y está fresca la memoria de los salomónicos juicios de Sancho en su ínsula característica.
Hay tal cadencia en los períodos de Cervantes, tal pulcritud en sus expresiones, tal armonía en sus frases, tal magia en su estilo, que sus palabras se nos graban sin dificultad y con ellas las escenas que describen, y con estas lo que las mismas escenas significan. Si en su sangrienta sátira se hubiera servido del mismo lenguaje llano y cansado que caracteriza a los libros de caballerías, ni estos habrían muerto ni don Quijote viviría. Ahí tenemos la prueba en el Quijote de Avellaneda. Estoy seguro, Señores Académicos, que más de una vez lo habéis leído. ¿Qué huellas ha dejado su lectura en vuestro ánimo tan culto como elevado? No vacilo en afirmar que hasta los nombres de D. Álvaro Tarfe y otros que allí se mencionan se habrían borrado de vuestra imaginación, si no se encontraran en la segunda parte del verdadero Quijote. En el del envidioso Aragonés ni la fe cristiana, ni el pundonor español se traslucen a través de los vulgares episodios y disonante estilo. Es que para Cervantes estaba guardada por la Providencia la empresa, no sólo de escribir la gran epopeya española, sino de dar su propio nombre al idioma castellano, y de vincularlo a las glorias más puras del cristianismo. He aquí por qué han hallado eco en todos nuestros corazones los célebres versos del Duque de Frías:
Ahora y siempre el argonauta osado
Que del mar arrostrare los furores,
Al arrojar el áncora pesada
En las playas antípodas distantes,
Verá la Cruz del Gólgota plantada
y escuchar la lengua de Cervantes.
Señor:
¿Me permitís en esta ocasión solemnísima una reminiscencia personal? Al empezar este siglo se hizo universal la feliz idea de plantar la cruz, a guisa de monumento a Cristo Redentor, en las alturas culminantes de uno y otro hemisferio. No podía yo dejar de seguir este movimiento, y enarbolé la mía sobre un peñasco (porque en los Andes, donde hasta las llanuras están a millares de pies sobre el nivel del mar, aun los montes se llaman peñascos) sobre un peñasco propiedad nada menos que de unos vástagos de aquellos Cervantes conquistadores de Sevilla que emigraron al Nuevo Mundo, y de cuyo tronco germinó el autor del Quijote. Desde aquella eminencia, encomendé la guarda de la Cruz a la religiosa familia, y le auguré que los albores del siglo xxi la encuentren allí arraigada, y escucho en derredor himnos de triunfo, en el idioma que el gran Emperador llamó lengua de Dios y el pueblo apellida lengua de Cervantes.
¿Se verificarán mis augurios? ¿O seguirá la tendencia a la desunión que hace tiempo se manifiesta en la raza española? Buen agüero, por cierto, es la presteza con que todas las ciudades de la Península y todas las naciones de Europa han escuchado vuestro llamamiento a estas fiestas seculares. ¡Qué satisfacción tan profunda debe experimentar Vuestro corazón generoso, al ver al pie del trono y en derredor de esta tumba a sus doctos representantes! ¡Cuán dulce para todos el poder mezclar vuestras lágrimas con las que han venido a verter sobre el sepulcro de Cervantes, como sobre los restos venerados de un padre común, los hijos de las remotas antípodas, que al terminar un siglo, más que de libertad de desengaños, más que de triunfos de reveses, más que de ventura de sueños no realizados, reconocen en el Quijote el vínculo de unión de cuantos hablan el idioma español, y en la Cruz de Jesucristo la única salvación de la raza latina.
A mí sólo toca dirigir al Eterno Padre, sobre esta venerada tumba, la misma plegaria que su Hijo Divino pronunció en medio de sus discípulos al terminar la última Cena. Señor y Dios mío, yo te ruego, no sólo por los presentes sino por todos aquellos que con la lengua española han recibido o recibirán en lo futuro el don de la Fe. Non pro eis rogo tantum, sed et pro eis qui credituri sunt per verbum eorum in me. Que unidos todos por el vínculo del Catolicismo, de la raza, de los intereses comunes, formen una sola entidad que infunda temor y respeto a las potestades de la tierra y del infierno: ut omnes in nobis unum sint. ¡Oh Dios! Tus enemigos al ver el imperio español desmoronado, se burlan de nosotros y de tu fe. Vociferan que la Iglesia Católica y la raza latina, tienen que ceder el lugar a los conventículos de Satanás y a las naciones que te desconocen. Únenos de nuevo ¡oh Señor! y muestra al mundo que, no por ambición ni por capricho, sino porque tú los enviaste, vencieron nuestros antepasados al islamismo en Granada y en Lepanto; al paganismo en Otumba y en el Cuzco: ut cognoscat mundus quia tu me misisti.
¡Almas benditas de los cultores de las letras españolas! Unid vuestras plegarias a las nuestras en favor de la unión tan apetecida. Teresa de Jesús, Juan de la Cruz, Luis de Granada: vosotros de seguro gozáis de gran valimiento en el cielo, y es imposible que vuestras súplicas queden desoídas. Únanse a ellas las de los otros ingenios; que si no brillaron por la santidad tanto como por la ciencia, si poseyeron y propagaron la Fe. Nosotros en tanto no cesaremos de ofrecer el divino sacrificio, por las ánimas aún detenidas en el purgatorio, y muy particularmente por las de nuestros conmilitones fallecidos en el actual quinquenio; por las de nuestros dos compañeros arrebatados en estos últimos días.
Dales, oh Señor, el eterno descanso, y haz que resplandezca sobre ellos la luz indeficiente de tu gloria.
Requiem aeternam dona eis Domine, et lux perpetua luceat eis.