Centro Virtual Cervantes
Literatura

El «Quijote» en América > México > F. Monterde
El «Quijote» en América

La dignidad en Don Quijote

Por Francisco Monterde*

En sumaria clasificación, cualquier estudio cervántico podría incluirse en alguno de estos dos grupos: el de los que contribuyen a esclarecer la obra cervantina y el de los que, si no la oscurecen —porque tiene la claridad del diamante que no opaca un brumoso aliento—, sí impiden verla fácilmente, ya que aumentan, con una ficha bibliográfica por lo menos, el sólido muro de los comentarios.

A quienes, en vez de contribuir a allanar la tarea del lector, se interponen entre él y las páginas originales, se debe, en cierto modo, que se aleje del clásico el público, porque estorban para lograr su conocimiento, que sólo proporciona la lectura cabal, y sin que lo desearan, contribuyen a que se le conozca por referencias antes que directamente.

Por comodidad suele adoptarse el parecer del crítico a quien se supone más autorizado para juzgar la obra. Este parecer, moneda que anda en manos de todos, sustituye el juicio personal que puede formarse cada lector y mantiene retraídos a aquellos que ignoran lo escrito antes muchas veces: que el clásico posee vida perdurable.

Aun a quienes, vencido ese obstáculo, llegan a leer el Quijote, el temor de discrepar de autorizadas opiniones, cuando se trata de un autor consagrado; el temor de parecer incultos, les impide exponer libremente su punto de vista individual, que puede o no coincidir con otros.

Consideraciones semejantes a éstas asaltarán sin duda a quien se proponga, después de haber leído El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, escribir sobre una obra maestra comentada por tantos.

Para vencer su resistencia, explicable porque preferiría no aumentar, con una insignificante aportación, la bibliografía crítica ya imponente, se hallaron razones más o menos válidas; entre otras, la de que, por estorbosos que sean en su mayor parte los comentaristas, no puede el lector contemporáneo prescindir absolutamente de ellos. Eso equivaldría a ignorar todo lo que han puesto en notas y estudios —a veces, abrumadores—; los antecedentes indispensables: aquello que conocían, a principios del siglo xvii, los lectores de la edición príncipe del Quijote, los coetáneos de Cervantes que respiraban el mismo ambiente en que sus personajes se movían.

Como era necesario acudir a las obras de algunos comentaristas —al menos, a las de quienes contribuyen a aclarar aspectos de la obra, más bien que el sentido de palabras caídas después en desuso—, ya que se imponía la selección por la abundancia de quijotistas, se escogió solamente a los aludidos aquí, para acabar sin hastío una excursión que permitiera conocer mejor a don Quijote, y, a través de él, acercarse a su autor y a la época en que ese libro se formaba.

Puesto que la inmersión en la marea de la Contrarreforma era inevitable, se intentó salir de ella libre de prejuicios: cualquier extremo deformador limitaría la amplitud del horizonte humano que se extendió ante la comprensiva mirada de Cervantes, a quien nadie puede suponer ahora un escritor apenas enterado, que acierta de pronto, de manera inexplicable. Tampoco es posible ver en él, solamente, a un curioso entregado a la pasiva tarea de acarreo y traslado del material que venía de Italia.

Meditativo, en el reposo muscular, después de la acción vital intensa, tenía preocupaciones comunes a los espíritus alertas de aquel tiempo, en el cual se vivía —en España, en Europa— como en lo alto de una gallarda torre, dominadora de la cultura occidental: una torre erguida entre vientos contrarios, que vibraba como fina antena, y que a ratos crujía en sus cimientos, amenazada por el inminente desplome.

Ascendamos un momento al mirador de Cervantes, para asomarnos juntos —placer de la relectura, que aviva recuerdos y está rebosante de sorpresas— al espectáculo que brinda: la planicie por donde avanza un hidalgo en débil cabalgadura, seguido de cerca por un hombre del pueblo, que va sobre un asno... Procuremos seguir con sencillez las huellas —imborrables— que dejaron sobre esa llanura, al salir de «un lugar de la Mancha».

¿Quién no se ha detenido, una vez siquiera, en la vida —más bien que en la agitación de la ciudad, en la calma de un pueblo—, a oír las palabras de un hombre que creía en la realidad de lo imaginado por él? Al escucharle, el psiquiatra hablaría actualmente de un caso de onirismo; el profano, ayer —y siempre—, de locura.

Ese fantaseador para quien cristalizan en realidad sus imaginaciones, inspira simpatía cuando habla con aparente cordura, que parece mayor en él que en otros hombres; mas provoca irreprimidas burlas, cuando pretende que a la caravana de sus sueños se unan los demás, para moverse entre fantasmas, o cuando identifica a quienes le rodean, con algunos personajes de la ficción por él imaginada.

Ese alucinado, con quien se tropieza en cualquier parte, frecuentemente pasa inadvertido, por ser un tipo vulgar. Para convertirse en héroe de un relato, necesitaría poseer cualidades extraordinarias.

El escritor de genio que había tropezado con más de uno de esos fantaseadores, encontró allí elementos para forjar un prototipo. Al crearlo, exaltó por generalización la valentía —rasgo común a su raza—, e hizo de él un héroe de singular valor; pero lo heroico —lejanos los días de la épica— iba a equilibrarse con toques grotescos, en su obra.

Cervantes quiso vivir, extemporáneamente, la gran aventura del soldado español. Fue militar, cuando se habían cerrado los horizontes a toda conquista —limitado lo nuevo, para las vastas ambiciones, a unas islas y parte de un continente. Aun alcanzó la plenitud de una victoria: la de don Juan de Austria, en Lepanto, donde recibió tan honrosas heridas. Sufrió cautiverio y miseria; torturas materiales y espirituales. Experiencias, más crueles en la paz que en la guerra, forjaron el temple de su espíritu: pasó —lo mismo que el acero— por las pruebas sucesivas del fuego y del agua.

Como escritor, ignorado por muchos, blanco de las burlas de otros, podía justificar a quien se refugia en sus propios sueños para huir de la agresividad circundante. Su héroe lo iguala en sobria existencia y lee ávidamente libros, como él leyó cuanto caía en sus manos, después de observar, atento, lo que le rodeaba.

La sabiduría popular destila gota a gota, para el escritor, las sentencias. Él las acogerá en su libro, en el que depura la expresión, y con firme agudeza crítica elige personajes, hechos, costumbres, para hacerlos más expresivos.

Ante el autor de La Galatea y de las Novelas ejemplares, se abre poco a poco, tentadora, la perspectiva del gran libro, de la amplia novela; pero titubea entre las fábulas pastoriles y las aventuras de caballeros andantes, a la italiana, que el público entonces prefiere. Su realismo rehúsa, como la picaresca, lo convencional de esos géneros; comprende que podrá superarlos, si pone de relieve la inconsistencia de los libros de caballerías: él denunciará lo que en aquéllos hay de absurdo.

Hallado el camino, va por él más lejos, hasta los confines del ideal: su héroe —menos absurdo, a pesar de la supuesta locura— será un paladín de la justicia, no sólo de la abstracta, y un enamorado platónico: el más casto de los enamorados, puesto que su amada permanecerá invisible. Será, en fin, el más digno de los caballeros andantes, reflejo de la tardía aspiración de quienes pretenden aún vivir en el pasado, aferrándose a las ideas de aquel tiempo en que hubieran querido venir al mundo. En eso consistirá la locura del hidalgo ingenioso, convertido en caballero andante.

Allá va el personaje, con sus anacrónicos arreos, por los caminos de España. Como es un hidalgo pobre, que para vivir tiene que apoyarse en el pueblo, no estará solo: tendrá un criado que únicamente vaya con él; que lo acompañe, departa con su amo, procure orientarlo y cuide siempre de hallar comida para los dos, atento a la realidad de todos los días. Será éste un hombre llano que tenga el buen sentido propio de quien vive en contacto con la naturaleza. Si el idealista sólo es un esqueleto y piel amarillenta, su egoísta criado abunda en grasa y carne sensible a los azotes.

La silueta del escudero se va dibujando lentamente; lo revela su alias, incierto al principio: ¿llamará Zancas a Sancho Panza? Pero la forma humana se precisa antes que el estilo personal del rústico, pues los refranes brotan primeramente de labios de don Quijote, a pesar de que él diga, cuando aún alaba lo que más tarde reprobará en Sancho, que para él es difícil aprovechar debidamente la sabiduría empírica del refranero. La sal y la discreción del escudero vendrán mucho después, como un reflejo del espíritu de su amo.

Para dar perspectiva a las figuras, para dejar entre ellas y el lector un espacio que les permita moverse con libertad, el escritor adopta, apenas iniciado el libro, la posición del cronista que interpreta el texto de otro. Supuesta fuente en idioma extraño será Cide Hamete Benengeli, a quien por su origen arábigo pueden atribuírsele exageraciones, embustes y deformaciones. El aparato novelesco así montado se pone en marcha sin peligro de que un escollo lo desvíe de la ruta.

Su propósito inicial —que Cervantes señala desde el prólogo, entre ironías contra la afectada erudición— es la sátira contra lo falso: contra el nauseabundo bálsamo de Fierabrás, el curativo romero; mas no será esa la mira única: hay otras, como la deficiente justicia que se enfoca desde diversos puntos: desde tierras de infieles, desde el pasado mítico, la Edad de Oro.

Del Renacimiento proceden —rica herencia— varias sugestiones, como esa oposición entre lo vulgar y lo culto, guía de las rectificaciones hechas a los «voquibles» del escudero, la cual no está en pugna con las preferencias por lo popular que representa este último personaje.

El poeta lírico intercala poesías, como lo había hecho en la novela pastoril: canciones, sonetos, ovillejos; el dramático echa mano de recursos teatrales —disfraz femenino, en hombres, y masculino, en mujeres—; el autor de novelas cortas desliza cuentos en los cuales hay amores que a veces tienen desenlace dramático y no siempre se relacionan con las aventuras del protagonista.

Todos esos elementos —heterogéneos, dispares— dan mayor variedad a la obra, y al suprimir la monotonía del tema único hacen de ella un mundo cambiante. Por eso se introduce, entre otros, el relato de El curioso impertinente, leído en tanto que don Quijote reposa.

En las aventuras de éste se percibe una constante disparidad entre la magnitud de los propósitos, desmesurados siempre, y los resultados obtenidos con yangüeses, galeotes, incomprensivos cabreros. El estilo va, equilibradamente, de lo sencillo a lo artificioso: el mayor placer está en la narración, el coloquio, la plática. Más bien que la aventura —llega a pensarse—, lo que importa es el preludio, la preparación de aquélla, y después, el comentario: los razonamientos, a veces con generalización ejemplar, que siguen a cada episodio. Todo breve, medido: «Ninguno es gustoso si es largo» —se advierte, como norma.

El interés de lo que Cervantes refiere, describe o comenta, acapara la atención de tal modo, que a veces la carencia de llamadas y notas, indispensables en determinadas páginas, en un minucioso erudito como Rodríguez Marín, sugiere que él mismo quedó, al leerlas y releerlas, suspenso del relato.

La facundia de don Quijote, su pródiga imaginación, contagian finalmente al escudero, que cae en la trampa de ensueños de su amo. Uno y otro son como niños que juegan y creen lo inventado por ellos; así, en la olvidada misiva a Dulcinea; en la batalla en que el vino corre como sangre; en las finales aventuras.

El proceso de la evolución psicológica de ambos personajes revela el vigor y la verdad que Cervantes puso en su creación: don Quijote, puramente idealista —desligado de la realidad; tan leve, por sus vigilias, sus sueños y su régimen frugal, que parece que la levitación lo alzaría, como a un santo, sin Rocinante, y podría flotar en el aire, lejos de la tierra, si no lo impidiese el hierro que le da gravedad corpórea—, acaba por entrar en razón, toma contacto con el suelo, porque tira de él un lastre: Sancho. Si aquél es el ala que se eleva, éste es la zarpa que se afirma; pero el vuelo continúa, porque el escudero, al adquirir discreción y soltura expresiva, ascenderá paulatinamente: fenómeno de ósmosis espiritual, e intercambio entre caracteres opuestos, que tiene, como se verá después, raíces muy hondas.

De los múltiples caminos que cruzan ese panorama ilimitado que es la obra maestra de Cervantes, uno solo pretende aquí seguirse, por la necesidad de ceñir las presentes líneas al tema elegido.

Mas el tema que se escogió: «La dignidad en Don Quijote», no es propiamente un camino; es más bien una encrucijada, ya que no se ha de referir sólo a la dignidad del personaje, sino también a la dignidad de su creador, en su persona y los procedimientos que empleó al darle vida, al animarlo y meterlo en trabajos y aventuras. Quienes las presencian, indecisos, no saben de cuál lado inclinarse, para decidir si es don Quijote más loco que valiente, o más valiente que loco, al acometer empresas descabelladas. Ya Vossler señaló el singular acierto de esa combinación de valor y locura —tranquila y constante, no furiosa y repentina como en Orlando—, que hace del caballero un personaje sin precedente en la literatura universal y da al libro su originalidad indiscutible.

El valor, sin locura, llena de lances heroicos la poesía española épica y dramática: ya los contaban en versos de juglar, y los cuentan aún, las sonoras octavas reales de Ercilla. Corre el valor, caudaloso, por la epopeya y desemboca en el drama: sería difícil decidir cuál es menos valiente, entre los héroes hispanos. Cervantes mismo se supera, al exaltar el valor con que salta a la muerte, en vez de rendirse, el último de los defensores de Numancia.

Otras virtudes, sumadas al valor, hacen olvidar la «nunca vista» locura de don Quijote, y definen al personaje: rectitud moral, que raya en intransigencia; caballerosidad, en el sentido más amplio y moderno del vocablo; cortesía y comedimiento, que justifican la expresión puesta en boca de Dorotea, quien le llama «comedido y cortés caballero».

Sólo esa ofuscación que le hace respetar lo que pudiera llamarse protocolo de la caballería andante, neutraliza a veces el valor y otras cualidades.

Don Quijote, siempre digno, procede con lógica de caballero. Su credulidad, que nos parece excesiva —sobre todo, cuando se trata de encantamientos—, es consecuencia de su confianza en la rectitud de los demás: hombre de bien, incapaz de algún proceder tortuoso, con engaño, de faltar conscientemente a la verdad, no supone que con él se obre de otra manera. Confía, ciego, en todos, porque los cree dotados de una hombría de bien equivalente a la suya.

Hacia el final de la primera parte —cuando el protagonista ya está en pie, después de la salida inicial, consumada entonces—, quedan bien definidas las cualidades que lo distinguen:

De mí sé decir —advierte— que después que soy caballero andante soy valiente, comedido, liberal, biencriado, generoso, cortés, atrevido, blando, paciente, sufridor de trabajos, de prisiones, de encantos; y aunque ha tan poco que me vi encerrado en una jaula de loco, pienso, por el valor de mi brazo, favoreciéndome el cielo, y no me siendo contraria la fortuna, en pocos días verme rey de algún reino, adonde pueda mostrar el agradecimiento y liberalidad que mi pecho encierra: que mía fe, señor, el pobre está inhabilitado de poder mostrar la virtud de liberalidad con ninguno, aunque en sumo grado la posea; y el agradecimiento que sólo consiste en el deseo es cosa muerta, como es muerta la fe sin obras.

¡Oh honra de tu linaje —le dice después Sancho—, honor y gloria de toda la Mancha, y aun de todo el mundo, el cual, faltando tú en él, quedará lleno de malhechores, sin temor de ser castigados de sus malas fechorías! ¡Oh liberal sobre todos los Alejandros, pues por solos ocho meses de servicio me tenía dada la mejor ínsula que el mar ciñe y rodea!

Y le llama, además: «acometedor de peligros, sufridor de afrentas, enamorado sin causa, imitador de los buenos, azote de los malos, enemigo de los ruines».

En la segunda parte del Quijote, es donde la creación se perfecciona, después de una pausa de diez años, por el estímulo de aquella apócrifa prolongación, debida al supuesto aragonés: Avellaneda, a quien habrá que agradecer los resultados que involuntariamente produjo.

Al iniciar esta segunda parte, el escritor ya tiene la visión completa del libro. La dedicatoria —donde Cervantes habla, entre veras y bromas, de que aquél servirá para que estudien el idioma español, esto es, será clásico— revela una clara consciencia de su calidad: del dominio del lenguaje en que expresa sus pensamientos.

Allí, después de que deslinda los campos del poeta y del historiador, emite juicios muy sagaces acerca de los autores de libros, en general —aparte la burla sobre los de caballerías, que retoña de cuando en cuando— y da oportuno ejemplo de contención, con aquellas palabras de Sancho que encierran una advertencia del peligro que amenaza:

Tiempos hay de acometer, y tiempos de retirar, y no ha de ser todo «¡Santiago, y cierra, España!» y más, que yo he oído decir, y creo que a mi señor mismo, si mal no me acuerdo, que entre los extremos de cobarde y de temerario está el medio de la valentía: y si esto es así, no quiero que huya sin tener para qué, ni que acometa cuando la demasía pide otra cosa.

Después de todo eso; de su parecer acerca de los caballeros en general, y en particular del caballero pobre, aparecen, escritas en serio, con gravedad sincera, unas palabras que son, quizás, si no la clave única del Quijote, sí una de las afirmaciones que orientan sobre el vasto propósito de Cervantes, al trazar su obra.

Él mismo —no uno de sus personajes—, al acentuar el carácter del héroe, lo llama, recordémoslo aquí, «honor y espejo de la nación española». Honor y espejo; nada más. «Y nada menos» —agregaría Unamuno.

Se ha querido recordar esas palabras, no sólo porque sintetizan el pensamiento dominante y revelan el móvil —o uno de los móviles— del escritor, que hacía, de su don Quijote, «honor y espejo» de España entera.

Por eso, quien tiene sangre hispana y posee, acerca del honor, un concepto más amplio que el calderoniano —y no era ese el concepto cervantino del honor, ciertamente—, aspira a ser un Quijote. (Y cuando se dice España, en Hispanoamérica, los límites no son los de la geografía: no se detienen dentro de la Península Ibérica). El mundo hispánico es y será siempre un Quijote. ¿Es preciso repetir lo que dijo desencantado Bolívar, cercana su muerte, al pensar en el personaje como en un ser humano?

Si la dignidad, en Don Quijote, se desprende espontánea de cualidades positivas, como suma de todas ellas —don Quijote es el héroe digno por excelencia: hay dignidad hasta en la locura, a pesar de que ésta confina con lo grotesco—, no es menor la dignidad de Cervantes, cuando traza su obra. Esta, en cuanto a las aventuras lamentables, los fracasos repetidos, sugiere más allá de la creación literaria la proyección dramática de una vida, que pudiera ser la del propio escritor, implacablemente golpeado por el destino.

Por esto, ni cuando leímos por primera vez el Quijote, en la adolescencia, nos parecieron cómicos esos lances, a pesar de que el hombre es un «animal risible». Sin duda, la sensibilidad se transformó a lo largo del siglo xix; puesto que, a principios de aquel siglo, aún había lectores que podían reír a costa del dolor de don Quijote.

Para nosotros, en esas páginas sólo hay ocasión de sonreír, no de reír, cuando se bromea a costa de algunas cosas graves —tan graves como la muerte—, de las que el pueblo se burla con sus historias.

Cierto es que en el libro aparecen personajes dislocados en burlescos desplantes, con algo de ese vigoroso realismo que también sería después grato a Goya; pero nosotros los vemos como concesiones hechas al vulgo, que Cervantes no excluía de su banquete literario. Para solaz de esa clase de lectores, están descritas escenas de golpes recíprocos: la inolvidable nocturna, de la venta, en la cual aplica el escritor un eficaz procedimiento —simétrica simultaneidad de acción— que después traslada a otras escenas colectivas, al animar conjuntos humanos. Así, al mecanismo de relojería que mueve las figuras cómicas, sucede una maquinaria más vasta y perfecta, al dar una imagen del mundo, con dignidad de escritor que conoce su oficio.

Va entreverando Cervantes fantasías y recuerdos; vida y lecturas, reminiscencias; cuentos recogidos al pasar, en sus viajes; evocaciones de cautiverio y de aventuras por mar y tierra: no sólo son la llanura, el bosque, la sierra y el océano, por el que navegó antes de vivir en Argel, cautivo. Es toda la Península Ibérica —y un reflejo de la italiana—, desde Andalucía hasta Cataluña: la gracia y la fuerza españolas; alterna, con la sabiduría de Luis Vives y la mesura de Hernán Pérez de Oliva, el gracejo popular de vena inagotable.

Sancho, deseoso de gobernar una ínsula, es el campesino que espera esa merced de su señor, en España o en América. El hidalgo va seguido por aquél: ambos tienen que soportar burlas de aristócratas —las bromas de los duques— dispensadores de gracias, y conllevar la vida, en situación desigual —injusta—, como Cervantes mismo: con dignidad humana.

Debe señalarse aquí, finalmente, un aspecto de la dignidad del novelista: en su tarea de narrador, Cervantes, andariego como su héroe, no tiene tiempo de detenerse para hacer enmiendas y retoques, en su obra; dentro del oficio de escritor, él rendía también culto a la sincera, honrada verdad. Cualquier lector atento del Quijote comprueba que la obra se va perfeccionando, a medida que el relato avanza, sin necesidad de que el escritor la pula y modifique volviendo sobre sus pasos. Así se complementan el hidalgo y su escudero, por el intercambio de cualidades: discreción, buen sentido.

El escritor, conscientemente, afronta las dificultades del género; sabe cuán limitadas son las aspiraciones del público, en general, que se satisface con bien poco. Lo sabe, y por esto lo toma de la mano y lo conduce adonde él, Cervantes, quiere ir. A cambio de satisfacer ese desordenado apetito de aventuras que es tan español, le da gradualmente doctrina y consejos. Siente disgusto por lo absurdo, que es discordancia; mas le ofrece absurdos, a cambio de lógica —aunque ésta sea la de quien se somete al ritual del caballero andante.

Cervantes, que opondría de buena gana la verdad de la historia a la ficción, señala el norte posible: las nobles normas que con su vida y su muerte dieron algunos varones ejemplares de España. Podría hacer el relato veraz de una de esas vidas; mas opta por crear un varón que sea síntesis y paradigma de su raza: «honor y espejo de la nación española». Narra variadamente contrastando la «rodeada manera» de hablar de Sancho, con el «elegante modo» de contar de don Quijote. Armonizar el estilo directo, llano, con parodias de escritores amanerados, en lo descriptivo. Ama el campo abierto, y al pensar en él —enfermo, inmóvil—, no sólo como en una fingida Arcadia, pone la auténtica emoción de un hombre madrugador, activo, en la pintura de las alboradas, aunque la disfrace barrocamente con alusiones a la clásica mitología.

Tenemos que descender del mirador de Cervantes, sin que hayamos terminado de explorar el panorama: vasta visión circular, inabarcable en una sola visita.

Al llegar a este punto en que es preciso despedirnos, por ahora, de don Quijote, digno héroe cuya luz de inmortalidad alumbra al escritor que lo creó dignamente, debemos anotar unas cuantas observaciones finales, que la relectura ha sugerido.

Desde el punto de vista literario, hay que elogiar al novelista, insuperable en profundidad y amplitud: Cervantes, que se asomó a otros géneros, encuentra el cauce, amplio y hondo, adecuado para sus propósitos, en la novela de aventuras: novela de acción y comentario, a la vez. Su obra maestra culmina en la segunda parte —aquella que suele interesar, de preferencia, a lectores más exigentes—, en la cual don Quijote es un personaje que vive y se siente vivir, como un hombre, por ese desdoblamiento que le permite hacer la crítica de su falsa historia.

Desde otro punto de vista se pudieran señalar en Don Quijote sus conexiones con la filosofía no sólo neoplatónica, y las frecuentes reminiscencias de los estoicos: Cervantes vivió estoicamente, bajo el influjo moral de Séneca.

El artificio por medio del cual el pensador expresa su angustia, en un momento en que, como ahora, parecían cerrarse a la esperanza las puertas del futuro, consistió en pasear una silueta arrancada del medievo, su anacrónico caballero andante, por un mundo posrenaciente: la España de su tiempo. De ese modo, el dolor se resolvería en burla.

La lección que su héroe parece darnos es ésta: las virtudes que producen, reunidas, la dignidad, en Don Quijote —valor, lealtad, amor a la justicia—, eran ya inútiles, carecían de aplicación, en aquellos principios del siglo xvii, y quien las poseía, solamente podía malgastarlas derrochándolas en episodios absurdos, como un loco.

En otras palabras: Cervantes, militar digno, comprendió que la carrera de las armas, seguida por vocación, había quedado cerrada, para él, con las cicatrices de las heridas que recibió al combatir: España ha terminado, en el siglo anterior, la conquista de tierras lejanas; pero existe, para él y para los locos soñadores, un campo más extenso que la llanura manchega: es el momento —ya no la Edad de Oro sino el Siglo de Oro— de conquistar el mundo del espíritu por medio de las letras. Y esa conquista la hará Don Quijote.

  • (*) Francisco Monterde, «La dignidad en Don Quijote», en La dignidad en Don Quijote (Estudios), Imprenta Universitaria, México, 1959. volver
Flecha hacia la izquierda (anterior) Flecha hacia arriba (subir) Flecha hacia la derecha (siguiente)
Centro Virtual Cervantes © Instituto Cervantes, . Reservados todos los derechos. cvc@cervantes.es