VERDADERA RELACION DE UNA MÁSCARA, que los artífices del gremio de la platería de México y devotos del glorioso San Isidro el labrador de Madrid, hicieron en honra de su gloriosa beatificación. Compuesta por Juan Rodríguez Abril, platero.1
Habiendo hecho diversas fiestas a la beatificación del glorioso San Isidro, labrador de Madrid, su señoría ilustrísima del señor arzobispo de Méjico, Don Juan de la Serna, y el Señor Don Pedro Cortés, marqués del Valle, cuyas alabanzas son dignas de las veloces plumas de la fama, los artífices de la insigne platería de Méjico hicieron la más grandiosa máscara que hasta hoy se ha visto en la Nueva España, en esta forma: Domingo veinte y cuatro de Enero de mil y seiscientos y veinte y un año, salió a pasear las calles del patio de las casas del Mariscal, que están enfrente del convento de San Francisco, dando principio a ella una figura de la Fama, en un caballo blanco con vestidura de tela rosada y tocado vistoso, de donde pendía un velo de plata, cuya caída paraba sobre las ancas del caballo, con muy volantes alas de varias plumas y sonora trompa en los labios.
Seguíale un bizarro labrador (en un caballo morcilla, el más pequeño que se conoce en la Nueva España, y de los mejores brazos y traza que se puede pintar, hermosísimo de crin, con rico y vistoso jaez), con máscara de plata, calzón y camisa ricamente labrado de pita, caperuza, sayo y polainas de paño pardo con todos los vivos guarnecidos de jacintos engastados en oro, y todo el campo lleno de mucha diversidad de piedras preciosas, diamantes, rubíes, esmeraldas, girasoles, perlas y otras muchas joyas de oro, en tanta copia, que no es posible hacer suma de su riqueza. Llevaba en la mano derecha una asta de plata melcochada, y pendiente della un excelente retrato de las armas de Madrid, y delante de sí, por grandeza y ornato, todos los caballeros andantes autores de los libros de caballerías, Don Belianís de Grecia, Palmerín de Oliva, el caballero del Febo, etc., yendo el último, como más moderno, Don Quijote de la Mancha, todos de justillo colorado, con lanzas, rodelas y cascos, en caballos famosos; y en dos camellos Mélia la Encantadora y Urganda la Desconocida, y en dos avestruces los Enanos Encantados, Ardian y Bucendo, y últimamente a Sancho Panza, y doña Dulcinea del Toboso, que a rostros descubiertos, los representaban dos hombres graciosos, de los más fieros rostros y ridículos trajes que se han visto: llevaba por todos cuarenta hombres.
Seguíale otro labrador en un caballo rosillo, con sayo y caperuza de terciopelo azul, sembrado de espigas, él y la crin del caballo, con un bieldo al hombro, de cuyos ganchos pendía, escrita en letras góticas, una octava que declaraba el pensamiento de la máscara. Éste llevaba tras sí doce mancebos de traje y rostro guinea, y por armas, arcos y flechas, en doce caballos, vestidos de otras tantas pieles de toros con sus astas tan bien puestas que a la vista parecieron naturales toros, invención que pareció muy bien por ser cosa nunca vista en las Indias.
Seguíales un músico extranjero ricamente aderezado, no sólo en el traje, que era peregrino, pero en la riqueza de joyas y perlas que llevaba. Iba a caballo y delante de sí, en el mismo caballo, tañendo un órgano, cuyas diferencias de voces, eran un perro, un gato, un lechoncillo, una ardilla y un pollo, asidos con ciertas cuerdas, de suerte, que en el tirar dellas, estaba el cantar o no de los animalejos.
Siguiose la coronación del imperio romano, donde después de gran música de chirimías y trompetas, iban algunos caballeros de diferentes naciones, muy galanes, y en gallardos caballos. Luego seis reyes de armas, todos con sus casacas de tafetán carmesí, y en ellas las armas imperiales, y llevando los dos primeros mazas de plata en los hombros; les seguía el mariscal del imperio, haciendo oficio de caballerizo mayor, con muy discreto y galán vestido; luego el mayordomo mayor, con calza, capa y gorra negra, con entretelas de tela de plata, bastón delgado de vara y media de largo, con cabos de plata, y todo el campo de la capa y gorra sembrado de fina pedrería y perlas. Los electores del imperio se seguían en esta forma: el conde Palatino, con un plato cubierto con otro de plata dorados y una rica toalla doblada encima del brazo, haciendo oficio de maestresala, armado sin manoplas, y pendiente de la gola una ropa rozagante de terciopelo carmesí, con mangas largas, y una muceta de armiños que le cubría los hombros hasta la mitad de los brazos; el marqués de Brandenburg, con la copa dorada, armado y con la mesma ropa; el duque de Sajonia, haciendo oficio de camarero mayor, con una salvilla de plata dorada en las manos, y en ella unos guantes doblados, armado, y con la ropa dicha; el arzobispo de Tréveris, con su roquete debajo de la mesma ropa, y ricamente aderezado, llevaba en las manos el juramento y ceremonias del Sacro Imperio, escritas en un pergamino, y dél pendientes los siete sellos de los electores, de plata; el arzobispo de Colonia, con su roquete debajo de la propria ropa, y en otro pergamino el previlegio del imperio, de quien pendían tres sellos de oro, que significaban las tres coronaciones; el arzobispo de Maguncia en el mesmo traje, llevaba en las manos el sello del imperio.
Luego, después de mucha guardia y archeros con lucidas libreas, iba en un hermosísimo caballo el emperador de Alemania, armado de muy lucidas armas, sin manoplas, con una capa de coro de brocado sin capilla, con riquísima corona imperial de piedras preciosas, oro y perlas, y en la mano izquierda, encima de un bastón, llevaba un globo y en la derecha el cetro. Seguíale un cardenal, en extremo bien aderezado, con todo el capelo cubierto de riquísimas joyas, que hacía el Nuncio del Pontífice, y luego todos los embajadores de los reyes, cada uno con el traje que le pertenecía y extremo en la riqueza y discreción dél, yendo el último el de España con calza, capa y gorra negra, vueltas de tela blanca, sembrado de perlas, oro y piedras preciosas, y al pecho, pendiente de una cadena de diamantes, el Toisón de Oro. Iban todos los dichos con mucho adorno de galas y gran pompa de criados.
Seguíase otra música de chirimías y luego los reyes de las naciones siguientes: el rey de Inglaterra en un caballo castaño muy gallardo, que hacía un inglés tan natural de traje, rostro, cabello y melenas, que a los ojos del pueblo, después de Salomón, llevó la gala: y además de la riqueza de vestido, llevaba un sombrero alto de copa grande de falda, vuelta por el lado derecho y presa con un broche de diamantes, adornada la vuelta con la mayor riqueza de oro, perlas y pedrería, que se puede decir. Acompañábale un grande de su corte e iban los dos tan propios y con tanta gala, que no se determinó en ellos ventaja. El rey de Francia con calza, vaquero y capa de tela verde, guarnición de oro y vueltas de tela de oro, corona de rayos, cuya hermosura podía causar envidia a los del sol, lleno todo él de muy finas piedras, joyas de oro y perlas, con seis criados de lucidísimas libreas. El gran duque de Moscovia, emperador de Rusia, con cetro y corona imperial de oro, con muy vistoso y lucido traje, llevaba cuatro criados muy bien aderezados. El Gran Turco, que por particular curiosidad llevaba a su lado derecho a su sultana, hermosísima en extremo, y los dos con propio y muy costoso traje y excelentes tocados, con tanto aljófar, perlas, oro y pedrería, que causaban admiración, llevaban cuatro lacayos turcos muy bien aderezados; los dos iban delante del Gran Turco y los dos asidos al freno del caballo de la sultana.
El rey de Persia, con no menos gala, adorno y propiedad de traje, y en la riqueza de pedrería y joyas le igualaban pocos. Luego el preste Juan de las Indias, muy al natural en traje y rostro, en un hermosísimo caballo, con vestidura de tela y la ropa de encima bordada, sobre la cual llevaba un roquete blanco corto, y sobre él una cadena de oro y diamantes, con tiara de oro en la cabeza y en la mano derecha una cruz de plata. El Gran Chino por excelencia en la propiedad del traje, y la riqueza dél en tanto modo, que causaba maravilla, y sobre todo el tocado con infinitos rubíes, diamantes y otras piedras preciosas, y un penacho en él de oro y diamantes de innumerable valor. Pasando todos desta suerte, ocupaba el puesto que dejaban la entrada que hizo la reina Saba en Hierusalén a ver a Salomón, con la mayor pompa de camellos, palafrenes y bizarros caballos que se puede imaginar; donde después de la repostería iban cuatro etíopes en otros tantos camellos, con vestiduras de raso negro, tan ajustadas al cuerpo, que a los ojos de todos parecieron ir desnudos; llevaban todo el sortijado cabello casi cubierto de pedrería y perlas; luego ocho damas de la reina con muy ricos y vistosos trajes de peregrinos colores en gallardos palafrenes, llevando cada uno dellos de diestro dos criados muy bien aderezados.
Luego dos etíopes en bizarros camellos como los de adelante, excepto que el adorno de sus personas era mucho más rico, porque de la cintura arriba iban cubiertos de diamantes, jacintos, rubíes, esmeraldas, aljófar, perlas y otras muchas joyas de oro: estos dos llevaban en medio un niño de edad de nueve años, hermoso a maravilla, que representaba a la reina Saba, en un caballo de color bayo, muy bizarro, en un sillón de plata, relevado de figuras de muy gran valor y excelente hechura; iba vestido de tela blanca fina, con excelente tocado guarnecido todo de variedad de piedras preciosas y joyas de oro; cubríale un palio indiano, a modo de media naranja, de oro y seda, que llevaba un criado ricamente aderezado, y el caballo llevaban dos criados de diestro, muy bien aderezados.
Seguíase la gran corte del rey Salomón, cuya grandeza (por no dar lugar este pliego de papel) no se pondrá en particular: cada una de las figuras llevaba por pompa de su acompañamiento todos los reyes que le eran sujetos y pagaban tributo, cada uno con la propiedad del traje que le competía, y todos de varios colores en famosos caballos, con el mayor adorno de pedrería, oro y perlas que se puede imaginar, con gran autoridad de lacayos y pajes de muy lucidas libreas, y la mayor ostentación que se ha visto: iban todos estos reyes de dos en dos en la forma dicha, y en pasando les seguía un niño muy galán de doce años, con una espada desnuda en la mano derecha, que significaba la Justicia. Luego otro de la misma edad, en extremo bizarro, con la corona y cetro de Salomón en las manos: era de oro, embutidos en ella muchos y muy ricos diamantes.
A este niño seguían doce hombres de guardia con libreas de encarnado y plata muy vistosas, y en medio de ellos, muy galán y en muy galán caballo, el capitán de la guardia, armado de doradas y grabadas armas, sin celada ni manoplas, con vistoso tocado y volante plumero. Y a diez pasos de distancia iba el rey Salomón en un caballo de piel blanca, enrizado de cuello y crin, cuya hermosura causara envidia, y con justa causa, a los muy celebrados del sol; con bozal de plata dorado con sobrepuestos esmaltados, jaez de terciopelo negro bordado de oro fino, y él en sí muy gallardo; levantando los brazos y metiéndose de freno, con muy gran gala; era de manera que con gran cuidado ocupaban todos la vista en mirarle. La vestidura del rey era de tela azul y oro, a su usanza, guarnecida de diamantes, rubíes, jacintos, girasoles, esmeraldas y otras muchas piedras finas, joyas de oro y perlas con muy rico tocado, donde sobre un mazo de ricos martinetes que llevaba en él, iba una perla neta y muy blanca, de innumerable precio. Delante de sí, demás de la guardia dicha, llevaba seis lacayos vestidos de tela amarilla con bastones dorados.
Tras él iba su caballerizo mayor, a caballo, ricamente aderezado, y dos caballerizos menores a pie, que llevaban un caballo con rica cubierta. Iba el caballerizo mayor sembrando letras con declaración del pensamiento, que era la sabiduría y poder de Salomón, con todos aquellos reyes que le rendían parias, ofreciéndoselas a la mucha virtud y santa inocencia de Isidro. Al caballerizo seguía una carroza descubierta, con las cortinas de carmesí enlazadas en los balaustres del cuerpo della, donde iban ricamente aderezadas algunas de las concubinas de Salomón.
A esta pompa y grandeza seguían seis labradores vestidos de pardo, con todos los vivos llenos de alamares de espigas, y en las manos hoces por insignia; luego otros seis labradores, con sayo, calzón, caperuza y polainas verdes, cuajado todo el campo de los vestidos de láminas de plata, estampadas en ellas yuntas de bueyes, y ángeles que iban arando, y las caperuzas todas cubiertas de aljófar, oro, pedrería y perlas. Llevaban cuellos de lechuguilla con muchas trenzas a lo antiguo.
A éstos seguían otros seis con las mismas estampas y riqueza, excepto que la tela del vestido era azul; llevaban entre los dos últimos a Juan de Vargas, el amo del glorioso San Isidro, con vistoso gabán, sembrado de riquísimas joyas. Estos doce llevaban aguijadas por insignia, tras de ellos. Y por fin de toda la máscara iba un carro muy vistoso y de grandísima arquitectura, cuya grandeza requeriría nueva relación. Tirábanle cuatro caballos overos, con no menos gala y bizarría en todo que los demás —en cuya popa iba un tabernáculo de madera aforrado en tela, y en el hueco dél una imagen de Nuestra Señora de Atocha, y dos gradas más abajo una hechura de San Isidro adorándola. En la proa iba un bosque, y en él muy gran diversidad de músicas.
Desta suerte anduvo las calles más principales de la ciudad, gobernándola cuatro generales, que para ello fueron señalados, en caballos ligeros, lucidísimos de adorno y vestido; llevaron los rostros cubiertos por la variación de los colores. Y demás destos iba otro descubierto, con calza y ropilla negra, sombrero negro con bizarras plumas, y bota blanca, en cuerpo, que por lo negro del traje, y ser el caballo blanco, pareció muy galán.
Salió la máscara a las dos de la tarde, y anduvo hasta las Ave-Marías, con tanto gusto de todo el pueblo, que lo más noble dél pidió saliese segunda vez; pero como no es del discreto habiendo justado bien volver a probar su intención, no salió. Viéronla los más dos y tres veces, conociendo el amor con que en todas las ocasiones que se han ofrecido pretenden los Artífices desta Platería no hacer menos que otros.