Por Pablo Moreno*
Es sin disputa Don Quijote la primera de las novelas modernas, y aun después de Gil Blas y de Tom Jones no ha tenido émulo ni siquiera imitador en ningún idioma. Aun cuando fuera exacta la exagerada expresión de Montesquieu, que no hay en España más obra acreedora a ser leída que ésta, en ella tenemos una que vale por una biblioteca entera. Sea, si se empeñan en ello, el pueblo de nuestros autores un pueblo de pigmeos; las agigantadas dimensiones de este inmenso coloso, siempre infundirán admiración y respeto, y nunca podrá menos de ser mirada con aprecio la nación que le dio el ser.
Cervantes es parecido a Homero, no sólo por haber vivido pobre, y que después de su muerte varias ciudades han alegado la gloria de haber sido su cuna, más también porque sus comentadores han hallado en su Don Quijote todas las perfecciones, dotes y prendas, menos aquellas que en él hay. ¿Quién hubiera creído que un tal don Vicente de los Ríos ha compuesto una luenga, pesada y fastidiosa disertación, que él titula análisis, esforzándose en probar que Don Quijote es un poema épico, ni más, ni menos que la Ilíada de Hornero, o la Eneida de Virgilio? ¿Quién se figuraría que la Academia Española toda entera hubiese adoptado tan solemne adefesio, y puesto al frente de la magnífica edición de esta obra, esta bellísima producción? Cierto que ni a Cervantes, ni a ninguno de sus coetáneos pasó nunca por la cabeza tan desatinada idea; y su pretensa epopeya le vino, como los consonantes a los copleros de repente, sin que él pensara que tal cosa hacía. Ni se presuma por eso que ignoraba este ilustre autor su propio mérito, ni el de su obra; bien sabía que había levantado un edificio que había de durar hasta los más remotos siglos, y bien claro, lo dice en el prólogo a su segunda parte, y en otros mil pasajes; mas nunca se figuró que había hecho una epopeya. Sin duda que siendo el héroe de la Argamasilla el Aquiles o el Eneas de este poema, Sancho Panza es o el Patroclo o el fiel Acates: ¿Risum teneatis, amici?
Es la admirable novela del caballero manchego una serie de aventuras, fundadas todas en la manía del héroe de resucitar la antigua andante caballería, para deshacer entuertos y enmendar agravios. Como a fuerza de cavilar en la ejecución de su plan ha perdido la cabeza, todo cuanto ve, todo cuanto oye, lo amalgama con las ideas de caballería de que la tiene atestada, y de aquí procede una vena perenne de chistes que pueden llamarse de situación, y es la oposición entre lo que realmente son en sí los objetos que se le presentan, y el modo como él los considera. Esta es la razón porque una no corta parte de las gracias de Don Quijote se traslada a todas las lenguas, y porque todas las versiones mueven a risa, puesto que la inimitable gracia de su estilo, la chistosa naturalidad de sus expresiones, y otras mil gracias que le adornan, ninguna versión las pueda transplantar del patrio suelo: semejantes a aquellas plantas frondosas y lozanas en el sitio donde han venido, pero que se marchitan y mueren así que las mudan de la tierra donde nacieron.
Estaba por decir que es preciso ser tan loco como el héroe de Cervantes para figurarse que pueda ser un insensato el protagonista de una epopeya; mas considerándole como héroe de novela, nunca se ha presentado en la escena otro más interesante que don Quijote. Parece tuvo su historiador presente la máxima de Homero, «que el justo se convierte en injusto, y el sabio en loco, cuando se apasiona sobradamente hasta de la propia virtud»; y no es la novela entera otra cosa que la irrefragable prueba de esta importante verdad moral. El manchego es en todos los sucesos de ella un hombre enojado hasta la más violenta irritación con la humana perversidad, prendado hasta los más estáticos raptos de la virtud y la ideal belleza, y a quien su admirable y generoso entusiasmo persuade que le ha dotado el destino de una fuerza y un poder casi sobrenatural para socorrer menesterosos, amparar doncellas, enmendar sinrazones, y restituir a la tierra el siglo de oro y el reino de Astrea. ¡Qué desinterés, o más bien qué amable abandono en su conducta toda! En su primera salida, ni dinero, ni ropa, ni siquiera bastimentos de boca lleva consigo; consagrado al servicio del linaje humano, ni sospecha que puedan los hombres negarle su sustento, y si estos le faltan, los encantadores, las hadas y otros seres superiores a la humanidad vendrán en su amparo. Es menester que le advierta el castellano que le arma caballero, que se ha de pertrechar de las cosas más indispensables para vivir, para que cuide de que lleve su escudero consigo en sus otras dos salidas. Enamorado de su dama, no anhela a disfrutar con ella los contentos del amor; todo se depura, todo se acendra en su generoso ánimo; ni siquiera ha visto a su Aldonza Lorenzo, mas idolatra en ella el prototipo de la beldad, de la honestidad y de todas las virtudes... En vano le requiere de amores la desenvuelta mantodonosa Altisidora; en vano pierde por él la vida, que no le restituyen los jueces del infierno sino a costa de las mamonas, pelliscos y alfilerazos de Sancho; en vano las lindas bailarinas de Barcelona se afanan para sacarle de quicio; imperturbable y firme resiste a todas las tentaciones, arrostra todos los embates, y guarda inviolable fe a su dama aunque transformada de apuesta señora en zafia y rústica aldeana por la implacable ojeriza de malos encantadores.
El desprendimiento de todo interés personal jamás en ningún actor de novela ha llegado hasta el punto que en Don Quijote, y para gloria eterna de su historiador jamás ha sido verosímil. Una vez determinado el carácter del andante manchego, era absolutamente imposible que procediera de otro modo en cuantos lances se presentan, que fuera menos saliente, menos comedido, menos enamorado de su dama, menos liberal de su caudal, menos abstinente del ajeno. La bella infanta Micomicona le brinda con su mano y cetro que ha de deber ella a su esforzado brazo: don Quijote desecha sus ofertas por no faltar a la fe de su Dulcinea, y parte sin tardanza en seguimiento de la menesterosa infanta, sin esperar ni querer premio de su esfuerzo. Ni pueden menos con ellas desventuras de las dueñas viejas que las reinas mozas y hermosas: por acabar con las cuitas de la condesa Trifaldi y su escuadrón dueñesco, sube con impávido pecho en Clavileño, y se dispone a hender los aires, por venir a singular batalla con el encantador Malambruno.
No era posible que se desenvolviese todo entero el admirable carácter de don Quijote, si no le hubiera representado su historiador en situaciones totalmente diversas, y para esto era indispensable que fueran sus aventuras tan varias como inconexas. Así que la unidad de acción, una de las primeras leyes de la epopeya, se opone diametralmente al plan que en su obra se propuso Cervantes. Ridícula cosa parecerá a los críticos inteligentes nuestro empeño en refutar el disparatado aserto de Ríos; mas como le dio implícitamente su ascenso la Academia Española, y puede tanto con los más de los lectores la autoridad, se hace forzoso rebatir una idea que una vez admitida estorba que sean apreciadas en lo que realmente valen las inestimables dotes de esta obra inmortal.
Una sola vez huye el cuerpo al peligro don Quijote, que es en la aventura del rebuzno, donde salió Sancho tan mal parado. Esta aparente contradicción es en Cervantes efecto del arte más fino. Sabía este juicioso autor, que ninguno en todos los lances de su vida es constante con su propio carácter; que los más sabios y los más esforzados adolecen en ciertos instantes de las flaquezas de la humanidad; y quiso que el héroe manchego pagase el tributo de que nunca queda enteramente inmune un mísero mortal. Pincelada atrevida cuanto feliz en una novela, y que sería un defecto inaguantable en una epopeya. Bien sé que ni aun en este lance es don Quijote cobarde, que la necia sandez de Sancho no podía menos de disgustar a su amo, que no le obligaban las leyes de la andante caballería a tomar en este caso a pechos la defensa de su mal aconsejado escudero; más siempre es cierto que pecó entonces más de sobra de prudencia que de arrojo. Nunca en Aquiles falta el valor, en Ulises la prudencia, ni la piedad en Eneas; y si Cervantes hubiera contemplado a don Quijote como héroe de epopeya, no hubiera cometido tan solemne yerro.
Digo más: cuando compuso Cervantes la primera parte de su novela, ninguna idea se había formado del plan que en la segunda seguiría; y acaso sin la malhadada producción de Avellaneda, la postrera y mejor parte de los hechos de don Quijote, no hubiera salido a la luz pública.
Esta falta de plan que en un poema épico fuera intolerable, deja de serlo en una novela de tal naturaleza, que su principal valor, como ya hemos notado, se cifra en la variedad y aun incoherencia de acontecimientos y lances; se ha de notar que la locura de don Quijote, rematada cuando su primera salida, va disminuyendo por grados, hasta que con la pérdida de su salud recobra al fin el juicio. En la primera parte, los molinos de viento se le antojan gigantes, y las manadas de ovejas ejércitos de combatientes, una vacía de barbero el yelmo de Mambrino, las ventas castillos, las sucias mozas de mesón bellas y enamoradas princesas, y hasta los clérigos, encantadores, y las imágenes de la virgen en sus andas, reinas encantadas. Su lenguaje es el de los caballeros andantes, y usa hasta los arcaísmos de los libros de Amadís y Esplandián. En la segunda no siempre es loco, aunque siempre maniático: de mil tretas se vale el Caballero de los Espejos para que venga con él a singular batalla, reconoce las ventas por tales, el encantamiento de Dulcinea le pareció increíble, y no queda enteramente persuadido de la verdad de él, hasta que en el castillo de los duques se lo confirma el sabio Merlín. Si el cautiverio de Melisendra y el hallazgo del barco encantado le vuelven a sus antiguas locuras, no se obstina en ellas, como en los primeros tiempos, y los «duques tienen que recurrir a mil ardides, y tramar con sumo arte la urdimbre de sus engaños para que él dé crédito a sus fingimientos». Lo que nunca padece la menor alteración en don Quijote, es la invariable excelencia de su alma, su imperturbable amor de la justicia, su generoso ánimo, sagrario de todas las virtudes sin flaqueza, la actividad de una beneficencia sin tasa, procedente no de una blandura de corazón que con facilidad se mueva a compasión, sino de una fuentemás abundosa y pura, de la obligación en que con verdad se cree constituido de consagrar todas sus facultades y su vida en beneficio del linaje humano y del reino de la justicia y la virtud en la tierra.
El más notable carácter después del de don Quijote es evidentemente el de su escudero Sancho Panza. Con todos los hábitos de la educación de un zafio aldeano, tiene cierta sagacidad natural que le advierte de las celadas de los embusteros, y que es más común en los críticos de España que en los de ningún otro país. Sancho es interesado, malicioso, nada escrupuloso en mentir ni ser cobarde, huye los peligros, y con todo eso, el lector se prenda de él por el sincero cariño que tiene a su amo, y que más que el poco crédito que da a las promesas del gobierno de su ínsula, le empeñaba en seguirle por barrancos y encrucijadas, sin escuchar las promesas de Tomé Cecial, ni rendirse a cuantas tentaciones de abandonarle le ocasionan las locuras de don Quijote.
Repetir que la boca de Sancho es perenne manantial de donaires, fuera decir lo que todo el mundo sabe; mas no puedo menos de notar, que nunca este escudero es juglar, y por eso sus chistes no le hacen despreciable. Panza no se propone decir gracias por divertir a las personas con quienes está; aun cuando se lo lleva la duquesa consigo con ánimo de entretenerse con sus dichos, todas sus respuestas y razones las dice él muy de veras, y no es culpa suya si excitan la risa de la duquesa y sus doncellas. Provienen las gracias de Sancho, de que habiendo siempre vivido en compañía de rústicos patanes, su repentino roce con sujetos principales y su manía de hablar perpetuamente y meterse en todas las conversaciones, son causa de que diga mil sandeces, y cometa otros tantos graciosos desatinos. Ya hemos dicho que no siempre son sus chistes exentos de chocarrería, que a veces rayan en sucios y asquerosos; no obstante este vicio, es menos frecuente en Don Quijote que en ninguna otra composición jocosa española.