Capítulo
primero
De lo que el cura y el barbero
pasaron con don Quijote cerca de su enfermedad1 (1 de 4)
Cuenta CideI
Hamete Benengeli en la segunda parte desta historia y
tercera salida de don Quijote que el cura y el
barbero se estuvieron casi un mes sin verle2, por no
renovarle y traerle a la memoria las cosas pasadas,
pero no por esto dejaron de visitar a su sobrina y a
su ama, encargándolas tuviesen cuenta con
regalarle3,
dándole a comer cosas confortativas y apropiadas
para el corazón y el celebro4, de donde
procedía, según buen discurso5, toda su
mala ventura. Las cuales dijeron que así lo
hacían y lo harían con la voluntad y
cuidado posible, porque echaban de ver que su
señor por momentos iba dando muestras de estar
en su entero juicio6. De lo
cual recibieron los dos gran contento, por parecerles
que habían acertado en haberle traído
encantado en el carro de los bueyes, como se
contó en la primera parte desta tan grande como
puntual historia7, en su
último capítulo8; y,
así, determinaron de visitarle y hacer
esperiencia de su mejoría, aunque tenían
casi por imposible que la tuviese, y acordaron de no
tocarle en ningún punto de la andante
caballería, por no ponerse a peligro de descoser
los de la herida9, que tan
tiernos estaban.
Visitáronle, en fin, y
halláronle sentado en la cama, vestida una
almilla de bayeta verde10, con un
bonete colorado toledano11; y
estaba tan seco y amojamado12, que no
parecía sino hecho de carne momia. Fueron
dél muy bien recebidos, preguntáronle por
su salud y él dio cuenta de sí y de ella
con mucho juicio y con muy elegantes palabras. Y en
el discurso de su plática vinieron a tratar en
esto que llaman «razón de estado» y
modos de gobierno, enmendando este abuso y condenando
aquel, reformando una costumbre y desterrando otra13,
haciéndose cada uno de los tres un nuevo
legislador, un Licurgo moderno o un Solón
flamante14, y de
tal manera renovaron la república, que no
pareció sino que la habían puesto en una
fragua y sacado otra de la que pusieron; y habló
don Quijote con tanta discreción en todas las
materias que se tocaron, que los dos esaminadores
creyeron indubitadamente15 que
estaba del todo bueno y en su entero juicio.
Halláronse presentes a la plática la
sobrina y ama, y no se hartaban de dar gracias a Dios
de ver a su señor con tan buen entendimiento;
pero el cura, mudando el propósito primero, que
era de no tocarle en cosa de caballerías, quiso
hacer de todo en todo16
esperiencia si la sanidad de don Quijote era falsa o
verdadera, y así, de lance en lance17, vino a
contar algunas nuevas que habían venido de la
corte, y, entre otras, dijo que se tenía por
cierto que el Turco bajaba con una poderosa armada18, y que
no se sabía su designio ni adónde
había de descargar tan gran nublado, y con este
temor, con que casi cada año nos toca arma19, estaba
puesta en ella toda la cristiandad y Su Majestad
había hecho proveer las costas de Nápoles y
Sicilia y la isla de Malta20. A esto
respondió don Quijote:
—Su Majestad ha hecho como
prudentísimo guerrero en proveer sus estados con
tiempo, porque no le halle desapercebido el enemigo;
pero si se tomara mi consejo, aconsejárale yo
que usara de una prevención de la cual Su
Majestad, la hora de agora21, debe
estar muy ajeno de pensar en ella.
Apenas oyó esto el cura, cuando
dijo entre sí: «¡Dios te tenga de suII
mano, pobre don Quijote, que me parece que teIII
despeñas de la alta cumbre de tu locura hasta el
profundo abismo de tu simplicidad!».
Mas el barbero, que ya había dado
en el mesmo pensamiento que el cura, preguntó a
don Quijote cuál era la advertencia de la
prevención que decía era bien se hiciese:
quizá podría ser tal, que se pusiese en la
lista de los muchos advertimientos impertinentes que
se suelen dar a los príncipes.
—El mío, señor rapador
—dijo don Quijote—, no será
impertinente, sino perteneciente22.
—No lo digo por tanto
—replicó el barbero—, sino porque
tiene mostrado la esperiencia que todos o los
más arbitrios que se dan a Su Majestad o son
imposibles o disparatados o en daño del rey o
del reino23.
—Pues el mío
—respondió don Quijote— ni es
imposible ni disparatado, sino el más
fácil, el más justo y el más
mañero y breve24 que
puede caber en pensamiento de arbitrante alguno.
—Ya tarda en decirle vuestra
mercedIV,
señor don Quijote25
—dijo el cura.
—No querría —dijo don
Quijote— que le dijese yo aquí agora y
amaneciese mañana en los oídos de los
señores consejeros, y se llevase otro las
gracias y el premio de mi trabajo.
—Por mí —dijo el barbero—, doy
la palabra, para aquí y para delante de Dios26, de no
decir lo que vuestra merced dijere a rey ni a roque27, ni a
hombre terrenal, juramento que aprendí del
romance del cura que en el prefacio avisó al rey
del ladrón que le había robado las cien
doblas y la su mula la andariega28.
—No sé historias —dijo
don Quijote—, pero sé que es bueno ese
juramento, en fee de que sé que es hombre de
bien el señor barbero.
—Cuando no lo fuera —dijo
el cura—, yo le abono y salgo por él29, que en
este caso no hablará más que un mudo, so
pena de pagar lo juzgado y sentenciado30.
—Y a vuestra merced,
¿quién le fía, señor cura?
—dijo don Quijote.
—Mi profesión
—respondió el cura—, que es de
guardar secreto31.
Notas:
- (1) ‘trataron con
DQ acerca de su enfermedad’. volver
- (2) La referencia a Cide
Hamete y su relato sirve para enlazar este segundo tomo
con el final del primero, publicado diez años
antes, cumpliendo la promesa de «sacar y
buscar» otros papeles que completaran la
historia. Por primera vez se habla de segunda
parte, anulando las cuatro en que se dividía
el primer tomo y variando la distribución y
estructura de la obra (véanse I, 1, 35, n. *
Véase la nota complementaria 35.* ubicada en el capítulo 01).
Se indica aquí, en sumario, el tiempo
transcurrido entre la historia relatada y la que ahora
se reanuda; sin embargo, la tercera salida
anunciada no se hará efectiva hasta II, 8. La
nueva peripecia parece iniciarse a principios de
primavera (véase I, 2, 45, n. 6). º volver
- (3) ‘se
preocupasen de tratarlo con el máximo cuidado y
mimo’. º volver
- (4)
‘cerebro’. Se recomendaba una dieta
apropiada para corregir el exceso o mala
proporción de algún humor que pudiera
afectar al temperamento o complexión y,
consiguientemente, al cerebro. C. menciona
también el corazón porque,
según la medicina de la época,
había una comunicación estrecha entre
ambos órganos: el corazón era la sede de
la ira, la concupiscencia y otras potencias naturales
que podían perturbar el cerebro, por lo que era
necesario confortarlo. º volver
- (5) ‘en buena
lógica’. volver
- (6) por momentos:
‘progresivamente y con rapidez’. º volver
- (7) puntual:
‘ajustada, cierta’. volver
- (8) ‘en su parte
final, en su último episodio’.
Aquí, capítulo vale simplemente
por ‘división de un libro’; en este
caso, se refiere al último episodio de la
Primera parte: el viaje en el carro de bueyes, que se
extiende entre I, 47 y 52; es decir, desde la salida de
la venta a la llegada a su lugar. º volver
- (9) El los se
refiere a puntos: ‘temas, asuntos’ y
también, metafóricamente, ‘los que
suturaban la herida de su juicio’, que
todavía no había cicatrizado; es una
dilogía en zeugma. º volver
- (10) almilla:
‘prenda interior de abrigo’; era una
especie de camiseta de manga corta que los viejos
usaban para dormir. La bayeta es una tela de
lanilla floja, a veces afelpada (II, 69, 1186).
º volver
- (11) toledano,
referido a bonete, indica que estaba calcetado,
o sea, que no era de paño ni de fieltro. Se ha
conjeturado que la combinación de verde y
colorado corresponde a la figura del
loco. º volver
- (12) ‘seco como el
pescado curado en sal’; primordialmente se
refería al atún. º volver
- (13) ‘hablaron de
política, arreglando el mundo’. º volver
- (14) Uno espartano y
otro ateniense, son figuras emblemáticas
–y opuestas– del buen legislador y
gobernante (II, Prels., 610, n. 1). º volver
- (15) ‘sin ninguna
duda’. volver
- (16)
‘completamente’, ‘hasta el
fondo’. volver
- (17) ‘de una
razón en otra’. º volver
- (18) ‘había
salido la armada turca de su base en
Constantinopla’. Por el constante miedo a que se
hiciese fuerte en África, el posible desembarco
del Turco se hizo tema de conversación
habitual en la corte, y aun después pasó
a ser sinónimo de ‘plática
ociosa’: «Adiós de San Felipe el
gran paseo, / donde si baja o sube el turco galgo /
como en gaceta de Venecia leo» (Viaje del
Parnaso, I, vv. 127-129). º volver
- (19) ‘nos previene
a la defensa por la proximidad de los enemigos’.
º volver
- (20) Último y
significativo enclave de los caballeros de la Orden de
San Juan de Jerusalén; su sitio (1565)
simbolizó, casi como Lepanto, la defensa de la
cristiandad frente al Turco, como muestran
muchos romances o La Maltea (Valencia, 1582) de
Hipólito Sans. El cura, por lo tanto, cita
Malta intencionadamente, para comprobar el
estado de DQ. º volver
- (21) ‘ahora
mismo’. º volver
- (22)
‘pertinente’, ‘muy a
propósito’; pero, a la vez,
perteneciente al estado de caballero andante
elegido por DQ. volver
- (23) Los
arbitrios (‘soluciones a los problemas
políticos o económicos del reino’,
normalmente descabelladas) fueron plaga en la
época; la literatura caricaturizó a los
arbitristas como locos e hizo de los arbitrios
un género burlesco. º volver
- (24) ‘sagaz y
expedito’. volver
- (25) Se ha subrayado el
desliz cometido por el cura al nombrar al caballero en
esta ocasión por su nombre ficticio. º volver
- (26) ‘ahora y en
el día de mi muerte, ante Dios’; era
fórmula de juramento solemne. volver
- (27)
‘absolutamente a nadie’ (II, 25, 839); en
el ajedrez, entre el rey y el roque
–la torre– se encuentran todas las piezas
importantes. º volver
- (28) Se alude a un
romance tradicional, hoy perdido en su estado
originario, aunque conservado en cuentos populares y en
su versión valenciana; en él se contaba
la historia del cura que denuncia en el introito de la
misa al ladrón que le ha robado y a quien ve
entre los fieles. º volver
- (29) ‘Aunque no lo
fuera..., yo respondo de su credibilidad y salgo fiador
de él’. º volver
- (30) Es fórmula
de escribano, que vale por ‘reparar los gastos y
pagar la multa impuesta, además de las costas
del juicio’. º volver
- (31) El cura bromea con
la obligación sacramental del secreto de
confesión; DQ responde con el eufemismo cuasi
blasfemo de la fórmula con la que se da y recibe
la comunión. º volver
Notas críticas:
- (I) 625.4 Cide
edd. [Mientras en
la Primera parte se escribe siempre con C-, en la
Segunda se usa uniformemente la Z- (una
excepción, en el f. 180v). volver
- (II) 627.13 de su edd. [Es errata
el en su de SB. volver
- (III) 627.13 que
te edd. te V volver
- (IV) 628.4 vuestra merced
] [En
la Segunda parte, A trae V. M(erced) o
Vs. Ms. unas trescientas veces; Vuessa(s)
Merced(es), algo más de doscientas, y
Vuestra(s) Merced(es), tres (según R.M.
Flores 1981:9, pero añádase la errata
vuesta en II, 52, 1055.13). En la princeps
de la Primera, el tratamiento en cuestión, en
cambio, aparece únicamente como Vuestra(s)
Merced(es) o bien abreviado (cf. I, 29, 341.15),
mientras las formas con -ss- se dan sólo en
tanto arcaísmo en el soneto «De
Solisdán...» (I, Prels., 33). En los
autógrafos cervantinos, por otra parte, se hallan
V. y Vra por ‘vuestra’,
nro por ‘nuestro’ (cf. I, 29, 335.15
Véase la nota crítica XI ubicada en el capítulo 29),
y también V. Ms. por ‘vuestras
mercedes’ (Simancas, CMC, 1ª época,
leg. 1784). En fin, la pronunciación de la tal
fórmula oscilaba en la época entre
vuestra merced, vuesa merced, vuesarced, voacé,
vusted, usted y otras variantes (cf. R. Lapesa
1980:392). Pese, pues, a los esfuerzos de R.M. Flores
(1982) (artículo, por lo demás, inadmisible
de todo punto), no parece posible determinar qué
uso o usos prefería C. en 1605 y en 1615 (en las
Novelas ejemplares, de 1614, se imprime siempre
vuessa y nunca vuestra merced; cf. R.M.
Flores 1984:284-285) ni en qué medida concordaban
con las costumbres de los impresores: tendemos a pensar
que, salvo cuando buscara un efecto estilístico
(como con el repetido voacé de I, 22, 242),
emplearía regularmente la abreviatura y se
desentendería de las distintas soluciones que le
dieran los cajistas, consciente de que cualquier
grafía podía pronunciarse de diversas
maneras. En esta Segunda parte, nosotros desarrollamos
V(s). M(s). como vuestra(s)
merced(es), pero respetamos las formas que
aparecen íntegras (otro tanto hacen o dicen hacer
también SB y RQ, mientras RM prefiere
vuesa; vid además VG I:XVIII); sabido que
vuestra(s) merced(es) sólo se
escribe así en II, 17, 764; 32, 903, y 40, 955,
tal proceder, aunque confesadamente arbitrario, tiene por
lo menos la ventaja de permitir inferir en cada caso
cuál es la lectura de la príncipe. volver
Notas complementarias:
- (1) 625.2—Sobre la función de Cide Hamete
en la Segunda parte, Mancing [1981b:67-81], Flores
[1982a], Martín Morán
[1990a:145-197]b, Moner [1990], López
Navia [1990:215-217]. ¶ MU señala la
oposición cronológica con II, 4 (donde se
dice que dentro de poco serán las justas de San
Jorge, que se celebraban en abril) y II, 11, en que se
presume la cercanía del Corpus Christi.
De la situación temporal y su valoración
también se ocupan Marasso [1947/54:35-36] y
Murillo [1972/80:100-102]; Ly [1989:68] analiza las
consecuencias de la elasticidad temporal entre el mes
cronológico interno y los diez años
transcurridos entre la edición de las dos
partes.
volver
- (2) 625.3—Cuervo, Apuntaciones, §
410.
volver
- (3) 625.4—BW. «Del poco dormir y del mucho
leer, se le secó el celebro» (I, 1, 39);
cf. Huarte de San Juan, Examen, pp. 277-292.
volver
- (4) 625.6—Sobre este supuesto cambio en la salud
mental de DQ, que anuncia el que se produce en su
actitud durante la Segunda parte respecto de la
Primera, cf. Williamson [1984/91:157-173], Riley
[1986/90:130-134] y Chiappini [1996:69-74]; cf. Lerner
[1990a].
volver
- (5) 625.8—CL cree que es un error de C., que
escribe capítulo por
capítulos; RM supone un olvido de C., por
no disponer de ningún ejemplar de la Primera
parte.
volver
- (6) 626.9—CT.
volver
- (7) 626.10—Bernis [en prensa].
volver
- (8) 626.11—Márquez Villanueva
[1980/95:35-36]. Cf. Covarrubias, Tesoro.
volver
- (9) 626.12—amojamado: según DCECH
la voz se registra por primera vez en este pasaje; a
partir de este término, Percas de Ponseti
[1975:II, 424-425] y Ly [1989:75] relacionan el
episodio con el de la
cueva de MontesinosLa Cueva de Montesinos: vista del exterior (II, 23). ¶ Con esta
descripción, Urbina [1989b:675] corrobora que
ciertos aspectos de lo grotesco siguen teniendo
vigencia en la Segunda parte.
volver
- (10) 626.13—Disalvo [1989:51] cree que el asunto
de la conversación es serio, sin advertir lo
tópico del tema. ¶ Para la razón
de estado y el tacitismo, Maravall [1984:II,
73-98], Fernández Santamaría [1986]; cf.
I, «Del donoso...» , p. 29, vv. 5-8 y n.
3.
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- (11) 626.14—Maquiavelo, Discursos sobre la
Primera Década de Tito Livio, I, 2.
volver
- (12) 626.17—Herrero García [1983:916-917]
cree que esta frase adverbial era rara en la
época.
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- (13) 627.18—CL, CT, Albert Mas [1967:I, 301],
Herrero García [1983:385-386], Hegry [1992:40-41
y passim]b; Cabo Aseguinolaza
[1993:290, n. 106.10]b. Cf. especialmente
García Cárcel [1994].
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- (14) 627.19—RM.
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- (15) 627.20—Albert Mas [1967:I, 226-238].
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- (16) 627.21—MZ y Rosenblat [1971:300] apuntan que
hay un nexo de subordinación incorrecto (de
la cual en lugar de que) y una
reiteración pleonástica: en ella,
como ya habían dicho CL y RM.
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- (17) 627.23—PE, CL, RM, Arco y Garay [1951a:300].
«Yo, señores, soy arbitrista, y he dado a
Su Majestad, en diferentes tiempos, muchos y diferentes
arbitrios... y ahora tengo hecho un
memorial...» (Coloquio de los perros, f.
272v); los arbitristas eran generalmente escritores sin
experiencia que proponían soluciones
impracticables. Cf. Roca Mussons [1995]. J. Vilar
[1973:264]b indica que González de
Amezúa y Mayo [1912:147-151, 349-351] cree que
el arbitrio de DQ es consecuencia de las Cortes de
Valladolid de 1604; cf. Cabo Aseguinolaza [1993:291, n.
106.12]. Colmeiro [1863/1988:II, 397-403] aduce
excelentes ejemplos reales y literarios de
arbitrios y arbitristas y subraya que aquellos
fueron denunciados como perjudiciales en las Cortes de
Madrid de 1588; cf. Correa Calderón [1981],
Kamen [1986:13-16], y Redondo [1997:59-60].
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- (18) 628.25—AA, RQ.
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- (19) 628.27—CL, RM. «No conoce ni respeta
rey ni roque, ni se le da un maravedí de
cuantos monarcas hay sobre la tierra» (C.
García, La desordenada codicia de los bienes
ajenos, p. 96); cf. Estebanillo, ed.
Carreira y Cid2, I, p. 115.
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- (20) 628.28—RM IX:281-295; Chevalier [1975:56;
1981:888; 1983a:392], Lida de Malkiel [1976:47],
Barrick [1976:107-108], A. Sánchez
[1991:251-254]. El romance debió de ser bastante
conocido, pues, por ejemplo, en 1914, Carrasquilla
[1958:I, 588-592] lo reelabora en el cuento El
prefacio de Francisco Vera para incluir en
él un corrido recogido en Antioquia. Es posible
que en las palabras del barbero se trasluzcan algunos
versos del romance primitivo: «[No] dijere a
rey ni roque / ni a hombre terrenal» ,
«la su mula la andariega».
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- (21) 628.29—«Dígame, gentilhombre,
¿y quién le ha de fiar a él? Que
en verdad que me parece que más necesidad tiene
de ser fiado que de ser fiador» (La ilustre
fregona, f. 167). Sobre el chiste del fiador que
necesita fianza, Lida de Malkiel [1976:47-48].
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- (22) 628.30—RM.
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- (23) 628.31—Para un chiste muy semejante, cf. la
anécdota atribuida a Góngora en Arguijo,
Cuentos, p. 48.
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