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Clásicos hispánicos > Don Quijote > Edición. Primera parte > Capítulo I (1 de 2)
Don Quijote de la Mancha

Capítulo primero
Que trata de la condición y ejercicio del famoso y valiente hidalgoI don Quijote de la Mancha1 (1 de 2)

En un lugar de la Mancha2, de cuyo nombre no quiero acordarme3, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor4. Una olla de algo más vaca que carnero, salpicón las más noches5, duelos y quebrantos los sábados6, lantejas los viernes7, algún palomino de añadidura los domingos8, consumían las tres partes de su hacienda9. El resto della concluían sayo de velarte10, calzas de velludo para las fiestas, con sus pantuflos de lo mesmo11, y los días de entresemana se honraba con su vellorí de lo más fino12. Tenía en su casa una ama que pasaba de los cuarenta y una sobrina que no llegaba a los veinte, y un mozo de campo y plaza que así ensillaba el rocín como tomaba la podadera13. Frisaba la edad de nuestro hidalgo con los cincuenta años14. Era de complexión recia, seco de carnes, enjuto de rostro15, gran madrugador y amigo de la caza. Quieren decir que tenía el sobrenombre de «Quijada», o «Quesada», que en esto hay alguna diferencia en los autores que deste caso escriben, aunque por conjeturas verisímilesII se deja entender que se llamaba «Quijana»III, 16. Pero esto importa poco a nuestro cuento: basta que en la narración dél no se salga un punto de la verdad.

Es, pues, de saber que este sobredicho hidalgo, los ratos que estaba ocioso —que eran los más del año—, se daba a leer libros de caballerías, con tanta afición y gusto, que olvidó casi de todo punto el ejercicio de la caza y aun la administración de su hacienda; y llegó a tanto su curiosidad y desatino en esto17, que vendió muchas hanegas de tierra de sembradura para comprar libros de caballerías en queIV leer18, y, así, llevó a su casa todos cuantos pudo haber dellos; y, de todos, ningunos le parecían tan bienV como los que compuso el famoso Feliciano de Silva19, porque la claridad de su prosa y aquellas entricadas razones suyas le parecían de perlas, y más cuando llegaba a leer aquellos requiebros y cartas de desafíos20, donde en muchas partes hallaba escrito: «La razón de la sinrazón que a mi razón se hace, de tal manera mi razón enflaquece, que con razón me quejo de la vuestra fermosura»21. Y también cuando leía: «Los altos cielos que de vuestra divinidad divinamente con las estrellas os fortifican y os hacen merecedora del merecimiento que merece la vuestra grandeza...»22

Con estas razones perdía el pobre caballero el juicio, y desvelábase por entenderlas y desentrañarles el sentido, que no se lo sacara ni las entendiera el mesmo Aristóteles, si resucitara para solo ello. No estaba muy bien con las heridas que don Belianís daba y recebía, porque se imaginaba que, por grandes maestros que le hubiesen curado, no dejaría de tener el rostro y todo el cuerpo lleno de cicatrices y señales23. Pero, con todo, alababa en su autor aquel acabar su libro con la promesa de aquella inacabable aventura, y muchas veces le vino deseo de tomar la pluma y dalle fin al pie de la letra como allí se promete24; y sin duda alguna lo hiciera, y aun saliera con ello25, si otros mayores y continuos pensamientos no se lo estorbaran. Tuvo muchas veces competencia con el cura de su lugar —que era hombre docto, graduado en Cigüenza—26 sobre cuál había sido mejor caballero: Palmerín de Ingalaterra o Amadís de Gaula27; mas maese Nicolás, barbero del mesmo pueblo28, decía que ninguno llegaba al Caballero del Febo, y que si alguno se le podía comparar era don Galaor, hermano de Amadís de Gaula, porque tenía muy acomodada condición para todo, que no era caballero melindroso, ni tan llorón como su hermano, y que en lo de la valentía no le iba en zaga29.

En resolución, él se enfrascó tanto en su letura, que se le pasaban las noches leyendo de claro en claro30, y los días de turbio en turbio; y así, del poco dormir y del mucho leer, se le secó el celebro de manera que vino a perder el juicio31. Llenósele la fantasía de todo aquello que leía en los libros, así de encantamentos como de pendencias, batallas, desafíos, heridas, requiebros, amores, tormentas y disparates imposibles; y asentósele de tal modo en la imaginación que era verdad toda aquella máquina de aquellas soñadas invencionesVI que leía32, que para él no había otra historia más cierta en el mundo33. Decía él que el Cid Ruy Díaz había sido muy buen caballero, pero que no tenía que ver con el Caballero de la Ardiente Espada, que de solo un revés había partido por medio dos fieros y descomunales gigantes34. Mejor estaba con Bernardo del Carpio, porque en Roncesvalles había muerto a Roldán, el encantado35, valiéndose de la industria de Hércules, cuando ahogó a AnteoVII, el hijo de la Tierra, entre los brazos36. Decía mucho bien del gigante Morgante, porque, con ser de aquella generación gigantea, que todos son soberbios y descomedidos, él solo era afable y bien criado37. Pero, sobre todos, estaba bien con Reinaldos de Montalbán, y más cuando le veía salir de su castillo y robar cuantos topaba, y cuando en allende robó aquel ídolo de Mahoma que era todo de oro, según dice su historia38. Diera él, por dar una mano de coces al traidor de Galalón39, al ama que tenía, y aun a su sobrina de añadidura.

Notas:

  • (1) condición se refiere tanto a las circunstancias sociales como a la índole personal, y ejercicio, al modo en que ejercita o pone en práctica unas y otra el protagonista (adjetivado famoso de acuerdo con la misma ficción que I, Pról., 13). volver
  • (2) lugar: no con el valor de ‘sitio o paraje’, sino como ‘localidad’ y en especial ‘pequeña entidad de población’, en nuestro caso situada concretamente en el Campo de MontielEl Campo de Montiel, según un mapa de las «Relaciones topográficas» (I, 2, 47, y 7,93), a caballo de las actuales provincias de Ciudad Real y AlbaceteLas comarcas manchegas (Mancha, Campo de Montiel y Campo de Calatrava), según las «Relaciones topográficas». Seguramente por azar, la frase coincide con el verso de un romance nuevo. º volver
  • (3) ‘no voy, no llego a acordarme ahora’ (e incluso ‘no entro ahora en si me acuerdo o no’); quiero puede tener aquí valor de auxiliar, análogo al de voy o llego en las perífrasis equivalentes; en el desenlace, sin embargo, C. recupera el sentido propio del verbo: «cuyo lugar no quiso poner Cide Hamete puntualmente...» (II, 74, 1222). La indeterminación de ese comienzo, que tiene numerosos análogos en narraciones de corte popular, contrasta con los prolijos detalles con que se abren algunos libros de caballerías. º volver
  • (4) astilleroAstillero: ‘percha o estante para sostener las astas o lanzas’; adargaDon Quijote con el arnés en su primera salida: ‘escudo ligero, de ante o cuero’; el hidalgo que no poseyera cuando menos un caballo —aunque fuera un rocín de mala raza y mala traza—, en teoría para servir al Rey cuando se le requiriera, decaía de hecho de su condición; el galgo se menciona especialmente en cuanto perro de caza. Nótese que la adargaDon Quijote con el arnés en su primera salida, como sin duda la lanza, es antigua: son vestigios de una edad pasada, en el cuadro contemporáneo (no ha mucho tiempo) de la acción. º volver
  • (5) La olla o ‘cocido’, de carne, tocino, verduras y legumbres, era el plato principal de la alimentación diaria (a menudo, para comer y para cenar). En una buena olla, había menos vaca que carnero (la vaca era un tercio más barata que el carnero). El salpicón se preparaba como fiambre con los restos de la carne de vaca, picada con cebolla y aderezada con vinagre, pimienta y sal. º volver
  • (6) Los duelos y quebrantos eran un plato que no rompía la abstinencia de carnes selectas que en el reino de Castilla se observaba los sábados; podría tratarse de ‘huevos con tocino’. º volver
  • (7) Como los viernes eran días de ayuno y abstinencia de carne, hay que suponer que las lantejas (la forma concurría con la moderna lentejas) serían en potaje, solo con ajo, cebolla y alguna hierba... º volver
  • (8) Del palomino de añadidura (es decir, ‘más allá de lo regular’) se infiere que DQ poseía un palomar, privilegio tradicionalmente reservado a hidalgos y órdenes religiosas. º volver
  • (9) ‘las tres cuartas partes de su renta’. º volver
  • (10) sayoDon Quijote vestido de fiesta: ‘traje de hombre con falda, para vestir a cuerpo’ , ya anticuado hacia 1600; velarte: ‘paño de abrigo’, negro o azul, de buena calidad. º volver
  • (11) calzasDon Quijote vestido de fiesta: ‘prenda que cubría los muslos, compuesta por unas tiras verticales, un forro y un relleno’; velludo: ‘felpa o terciopelo’; los pantuflosDon Quijote vestido de fiesta eran un tipo de calzado que se ponía sobre otros zapatos. Nótese que mesmo (forma etimológica) alterna con mismo (por analogía con ) a lo largo de toda la novela. º volver
  • (12) vellorí: «paño entrefino de color pardo ceniciento» (Autoridades). Dentro de la obligada modestia, DQ viste con una pulcritud y un atildamiento muy estudiados, porque la conservación de su rango depende en buena parte de su apariencia. º volver
  • (13) ‘un mozo para todo’ (si, como parece, debe entenderse ‘de plaza pública’, es decir, para preparar y acompañar al caballero cuando sale de casa). º volver
  • (14) En los siglos XVI y XVII, la esperanza de vida al nacer se situaba entre los veinte y los treinta años; entre quienes superaban esa media, solo unos pocos, en torno al diez por ciento, morían después de los sesenta. En términos estadísticos, pues, DQ está en sus últimos años, y como «viejo», «enfermo» y «por la edad agobiado» lo ve su sobrina (II, 6, 674). º volver
  • (15) Era opinión común que la complexión o ‘constitución física’ estaba determinada por el equilibrio relativo de las cuatro cualidades elementales (seco, húmedo, frío y caliente), que, por otro lado, a la par que los cuatro humores constitutivos del cuerpo (sangre, flema, bilis amarilla o cólera, y bilis negra o melancolía), condicionaban el temperamento o manera de ser. La caracterización tradicional del individuo colérico coincidía fundamentalmente con los datos físicos de DQ, quien, sobre ser enjuto y seco, tiene «piernas ... muy largas y flacas» (I, 35, 416), es «amarillo» (I, 37, 436), «estirado y avellanado de miembros» (II, 14, 736), y alardea de «la anchura ... de sus venas» (I, 43, 508). A su vez, la versión de la teoría de los humores propuesta en el Examen de ingenios (1575), de Juan Huarte de San Juan, atribuía al colérico y meláncólico unos rasgos de inventiva y singularidad con paralelos en nuestro ingenioso hidalgo. º volver
  • (16) «Unos autores opinan y se resuelven a afirmar (quieren decir) que el apellido (sobrenombre, que abarcaba también los valores de ‘apodo’ y ‘apelativo para complementar el nombre de pila’) era Quijada, otros que Quesada...» C. finge que en el caso pretendidamente real de DQ se da una divergencia de fuentes, como ocurría con las varias lecturas de un término que la filología de los humanistas enseñaba a zanjar, según se hace aquí, mediante el cotejo de textos y las hipótesis bien razonadas (conjeturas  verisímiles).III, º volver
  • (17) «vana e impertinente curiosidad» (I, 33,388), con el sentido peyorativo que la palabra tenía a menudo en los moralistas. volver
  • (18) La hanega o fanega variaba entre media y una hectárea y media, según la calidad de la tierra; en la región de DQ, la extensión media de los campos de sembradura estaba en torno a las cinco fanegas. Los libros de caballerías eran regularmente gruesos infolios de alto costo (aunque se depreciaban mucho en el activo mercado de segunda mano): en 1556, en el inventario de un editor toledano, el Palmerín, el Cristalián, el Cirongilio y el Florambel, sin encuadernar, se valoraban, respectivamente, a 80, 136, 102 y 68 maravedíes cada uno (naturalmente, un comprador particular habría tenido que pagar el ejemplar a mayor precio); en ese mismo año, medio kilo de carne de vaca costaba en la región algo más de 8 maravedíes, y otro tanto de carnero, unos 15. Véase arriba, Tasa, 3, n. 4. º volver
  • (19) Autor de una Segunda Celestina (1534) y de varias populares continuaciones del Amadís (Lisuarte de Grecia, 1514; Amadís de Grecia, 1530; Florisel de Niquea, 1532), a menudo recordadas en el Q. º volver
  • (20) Las cartas de desafíos, en que los caballeros que se proponían trabar combate exponían los motivos y «las condiciones del desafío» (II, 65, 1159), constituían un género tan común en la realidad como en la literatura. º volver
  • (21) La cita no es literal, pero sí tan representativa de la escasa claridad y las intrincadas (entricadas) cláusulas de Silva, que coincide incluso con una parodia que se les había dedicado ya en el siglo XVI: «la razón de la razón que tan sin razón por razón de ser vuestro tengo para alabar vuestro libro...» º volver
  • (22) Tampoco es cita a la letra. El tratamiento de vuestra grandeza se usaba en la realidad y reaparece varias veces más adelante (abajo, 44, n. 74). º volver
  • (23) maestros: ‘cirujanos’ (equivale al más vulgar maese luego usado para el barbero; véase 39, n. 28). Solo en los dos primeros libros de la Historia de Belianís de Grecia, de Jerónimo Fernández, «se cuentan ciento y una heridas graves» (Clemencín). DQ no acaba de sentirse satisfecho (no estaba muy bien) con las explicaciones que en la obra se dan. º volver
  • (24) ‘cumpliendo al pie de la letra lo que allí se promete’. º volver
  • (25) ‘hubiera porfiado hasta lograr su propósito’, de acuerdo con el gusto literario y las dotes para la escritura que DQ seguirá testimoniando. volver
  • (26) A un graduado en la pequeña universidad de Cigüenza (‘Sigüenza’), a la que la cercana Alcalá dejaba con poquísimos estudiantes, no se le llamaba normalmente hombre docto sin un cierto retintín. º volver
  • (27) La competencia o ‘debate’ sobre cuál de dos héroes era superior al otro (Alejandro o Aníbal, César o Escipión, etc.) constituía un clásico ejercicio y motivo retórico, que aquí opone al celebérrimo Amadís y al protagonista de una novela no editada en castellano sino una sola vez (véase I, 6, 81, n. 37). º volver
  • (28) maese era tratamiento propio (pero no exclusivo) de los barberos que practicaban también pequeñas curas médicas. volver
  • (29) La propia Oriana (véase I, Prels., 27) llegaba a estar «sañuda porque viera a Amadís llorar» (I, 17). Sobre el Caballero del Febo, I, Prels., 32. º volver
  • (30) de claro en claro: ‘de una vez’, fórmula lexicalizada. º volver
  • (31) La medicina de raíz galénica consideraba el poco dormir una de las causas de que disminuyera la humedad del celebro (el cultismo cerebro, ya usado en tiempos de C., se generalizó solo más tarde) y, por ahí, se potenciara la imaginación y fuera fácil caer «en manía, que es una destemplanza caliente y seca del celebro» (Huarte de San Juan). Por eso DQ bebía «un gran jarro de agua fría y quedaba sano y sosegado» (I, 5, 74-75). º volver
  • (32) La fantasía, que ilumina las imágenes procedentes del exterior, se distinguía con frecuencia de la imaginación, encargada de reelaborarlas y crear otras sin correspondencia en la realidad, e incluso de engendrar una máquina o ‘multitud caótica’ de quimeras y soñadas invenciones, como los mismos sueños.VI, º volver
  • (33) Es ese el dato esencial en la locura de DQ: dar por historia ... cierta el contenido de los libros de caballerías y, por ahí, ver la realidad «al modo de lo que había leído» (I, 2, 49). º volver
  • (34) Téngase en cuenta que la imagen del Cid difundida en la época de C. tenía menos elementos históricos que legendarios, y aun muchos tan fantásticos como las hazañas de Amadís de Grecia, el Caballero de la Ardiente Espada (porque la llevaba estampada en el pecho); y nótese, por otra parte, que las historias del uno y del otro se narraban en libros con el título de crónica. El revés es un ‘tajo de izquierda a derecha’. º volver
  • (35) Según se contaba en múltiples textos (véase, I, 6, 81, n. 35), derivados de una fabulosa gesta medieval, inventada en España como contrapartida de la Canción de Roldán francesa. «Roldán... era encantado», porque «no le podía matar nadie» sino con un extraño recurso (I, 26,290). º volver
  • (36) La industria o ‘artimaña’ de Hércules, apretando y suspendiendo en el aire al gigante Anteo, para que no cobrara nuevas fuerzas al ser derribado y tocar a su madre la Tierra. Véase II, 32, 899.VII, º volver
  • (37) Personaje central de un célebre poema (h. 1465) de Luigi Pulci, Morgante es uno de los tres gigantes a quienes se enfrenta Roldán, que mata a los otros dos, «soberbios y follones» (Amadís de Gaula, IV, 128) como desde el Antiguo Testamento solía pintarse a los de su generación, «simiente» (I, 8, 95) o ‘estirpe’, mientras a Morgante, cortés y bien educado (criado), lo bautiza y lo convierte en compañero suyo. º volver
  • (38) Reinaldos de Montalbán: uno de los Doce Pares, que de las gestas francesas pasó al romancero español y a los poemas italianos de Boiardo y otros, adaptados en el Espejo de caballerías (I, 6, 80,  n. 24), donde aparece dedicado a «robar a los paganos de España» y se narran sus aventuras en ultramar (en allende). º volver
  • (39) mano (‘serie, tanda’) de coces conlleva un juego de palabras; en romances y otros textos castellanos, se llama Galalón a Ganelón, el traidor de la Canción de Roldán, culpable de la derrota de los francos en Roncesvalles. volver

Notas críticas:

  • (I) 35.6 famoso y valiente hidalgo A (Tabla) famoso hidalgo A (texto) edd. [Algunas malas lecturas que ocurren en el texto y no en la Tabla y ciertas discordancias entre una y otro (112.8-9, 248.9, 261.1, 290.8, 332.7, 424.2, 434.2, 500.18, 576.13) aseguran que esta se hizo —sin duda mientras se acababa la impresión— siguiendo básicamente el original usado por los tipógrafos (y no sobre los pliegos ya tirados; cf. Flores 1979a:138), y solo en el último momento se insertaron las correspondientes referencias al folio inicial de cada capítulo. La tendencia de la Tabla, por otra parte, y según es corriente, consiste en abreviar los epígrafes del texto (599, 6, 599.18, I, Tabla, 599.21, etc.), y aquí no se ve ninguna razón tipográfica para ampliar el nuestro, en tanto la omisión del segundo término de una pareja de adjetivos es comunísimo error de copia. El sintagma valiente y famoso, además, se repite y se varía en el Q. (I, 13, 141; II, 1, 634, y 72, 1206). Parece necesario, pues, aceptar la lección de la Tabla. volver
  • (II) 37.3 verisímiles C verosímiles edd. [Salvo aquí, los textos cervantinos traen siempre las formas etimológicas con veri-. volver
  • (III) 37.3 Quixana AB B+ Quexana A+ Quixada BR17 MA [Como B se compuso a la vista de A, no de AB (Flores 1975:38-40), la coincidencia de AB y B en corregir la lectura de la príncipe nos asegura que los contemporáneos la veían como una errata obvia (probablemente atraída por el dexa contiguo). Aparte la inevitable referencia a propósito de Gutierre Quijada en I, 49, 566, Quijana es la única forma que se halla fuera del primer capítulo (I, 5, 72.16 y 73.22, y II, 74, 1220), en línea con el Quijano de II, 74. Frente a la normalidad de Quijada, Quesada, Quijana y Quijano, por otra parte, Quejana es desconocido o excepcional como apellido: y se diría inadmisible que la conclusión de unas conjeturas verisímiles fuera precisamente optar por el único apellido irreal, y hacerlo, además, en desacuerdo con la solución luego predominante, Quijana, y la definitivamente adoptada, Quijano (incluso si se descarta el hecho de que Quijana y Quijano podían sentirse como un mismo sobrenombre, dada la libertad con que en la época se procedía en materia de apellidos, y según confirma el de la sobrina de don Quijote). volver
  • (IV) 37.11-1 caballerías en que edd. caballerías que C [La preposición en «denota la frecuencia de la lectura» (R. Menéndez Pidal 1899/1956:158). Cf. RM, VG. volver
  • (V) 37.13 tan bien B+ también A+. volver
  • (VI) 39.14-15 aquellas soñadas invenciones B+ aquellas sonadas soñadas invenciones A+ [Cuando A vuelve a imprimir sonadas, B y las edd. antiguas corrigen en soñadas (79.9). En ningún otro lugar de la obra cervantina reaparece nunca sonado ‘famoso, divulgado’ (cf., en cambio, I, 46, 536: «fantasmas soñadas ni imaginadas»; II, 25, 844). Los edd. modernos se atienen a A, pero es fenómeno tipográfico frecuente que una errata vaya seguida inmediatamente por la palabra que viene a corregirla; cf. FL I:XXXIV, y abajo, 295.11; II, 866.12 y 1125.10. volver
  • (VII) 40.2 Anteo  A+ Anteón B+ [En II, 32,899.12, A trae también Anteón (si no es Ánteon o Anteon), forma que en la época convivía (RM VI:52; Schevill 1913:178), seguramente por influencia de Acteón (llamado Anteón en II, 58, 1102.6), con la más correcta aquí usada. volver

Notas complementarias:

  • (1) 35.* La edición de Bruselas, 1662, llamó libros a las cuatro partes de 1605 y dividió en otros tantos el volumen de 1615, rebautizando el conjunto como Vida y hechos del ingenioso caballero don Quijote de la Mancha, título que desde entonces se generalizó por más de un siglo. La «Tabla» de Barcelona, 1704, sigue esa misma partición, pero de hecho publica todo el libro de 1615 como Quinta parte. Otras ediciones y traducciones han prescindido de la división establecida por C. en 1605. A su vez, la continuación del apócrifo Avellaneda (1614) se presentaba como Segundo tomo del ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, que contiene su tercera salida y es la quinta parte de sus aventuras. Cf. Pontón [1994], Prólogo, 8: «Historia del texto». volver
  • (2) 35.2—«Lugar vale también ciudad, villa o aldea, si bien rigurosamente se entiende por lugar la población pequeña, que es menor que villa y más que aldea» (Autoridades); cf. solo II, 54, 1068: «Él nunca se puso a averiguar si era ínsula, ciudad, villa o lugar la que gobernaba»; Persiles, III, 10, f. 155v: «Un lugar no muy pequeño ni muy grande, de cuyo nombre no me acuerdo». «Mirá lo que decís, que [Simancas] no es lugar sino villa... Peor es, que no es lugar, sino aldea... Hidalgos hay en ella que os harán conocer en campo que es villa...»  (Arce de Otálora, Coloquios, I, p. 480). No es posible aceptar ninguna de las numerosas propuestas que desde el propio Avellaneda, I, p. 5 (y hasta Astrana Marín 1948-1958:IV, 24b , Ruiz de Vargas 1983, Perona Villarreal 1988 o Ligero Móstoles 1991-1994, a menudo con materiales de interés en otro orden de cosas) se han hecho de identificar el tal lugar con Argamasilla de Alba o con otras localidades Las comarcas manchegas (Mancha, Campo de Montiel y Campo de Calatrava), según las «Relaciones topográficas»: Givanel y Mas [1942], A. Sánchez [1979:289-292]. En el Romancero general (Madrid, 1600) y en algún otro impreso de la época se halla un romance anónimo que principia así: «Un lencero portugués, / recién venido a Castilla, / más valiente que Roldán / y más galán que Macías, / en un lugar de la ManchaLa España del «Quijote», (detalle), / que no le saldrá [es decir, ‘no se le limpiará’] en su vida, /se enamoró muy de espacio / de una bella casadilla...» RM (<López Navío 1959, >Stagg 1955) insistió en que la primera frase del Q. es una reminiscencia del octosílabo en cuestión; pero, de ser así, se trataría de una reminiscencia inconsciente, no deliberada, o, en todo caso, C. no contaría con que se entendiera como cita, porque el texto no era lo suficientemente conocido para que el común de los lectores percibiera la alusión. volver
  • (3) 35.3—RM IX:79-81, Casalduero [1934], M. R. Lida de Malkiel [1939], Spitzer [1948/55:215], López Estrada [1962], Avalle-Arce [1965], Moner [1989a:58], Molho [1989c]. volver
  • (4) 35.4—La adarga Don Quijote con el arnés en su primera salida estaba formada por varios pellejos de antílope o de animales de piel semejante, adheridos o cosidos con perfil de corazón o de dos óvalos superpuestos. M. de R. — «Una lanza tras la puerta, un rocín en el establo, una adargaDon Quijote con el arnés en su primera salida en la cámara» se consideraban parte obligada del «ajuar» de «un hidalgo ... en una aldea» (Antonio de Guevara, Menosprecio de corte y alabanza de aldea, VII). CL, RM, Leguina y Vidal [1908:48-49; 1912:30-31], González de Amezúa del Pino [1982:162, 165] —Fecha de la acción: cf. abajo, I, 2, 45, n. 6; 9, 106, n. 13. volver
  • (5) 36.5—«Una olla... / ha de llevar su carnero, / su tocino, sus garbanzos, / su pimienta, su azafrán, / su vaca, su punta de ajo, / su perejil, su cebolla / y su repollo (A. de Solís)». En 1632, cuando un jornalero ganaba seis reales al día, el costo de una olla así compuesta se estimaba en «un real cabal» (Lope de Vega, La Dorotea, V, 2). Rodríguez Marín [1947:421-439], Peset y Almela Navarro [1975], Granja [1992], Santamaría Arnáiz [1994] y Simón Palmer [1997:145] volver
  • (6) 36.6—SB, RM, López Navío [1957], Wardropper [1980b], Rico [1987a:50]. volver
  • (7) 36.7—Que las «lantejas son malas e melancólicas», «hacen soñar sueños muy desvariados y espantosos» y «turba[n] mucho el ingenio» eran opiniones corrientes tanto en la medicina docta como en el saber popular de la época y que, por ahí, han querido relacionarse con la locura de DQ. RM, Percas de Ponseti [1975:I, 38-39]. volver
  • (8) 36.8—Rico [1987a:103]. volver
  • (9) 36.9—RM, MZ. volver
  • (10) 36.10—El sayo Don Quijote vestido de fiesta cambiaba de hechura a tenor de la moda. Hacia 1600, cuando los que vestían al estilo cortesano habían dejado de usarlo, era algo más largo que las ropillasCaballero más comunes, pero no llegaba a cubrir totalmente las calzasDon Quijote vestido de fiesta. Se diferenciaba de las ropillas en el corte de la falda, plegada o fruncida en la cintura. El sayo de los villanosSancho Panza tomó formas más sencillas y duró mucho más tiempo. Cf. Bernis [en prensa]. —RM, Astrana Marín [1944:112], Hoffman [1963]. volver
  • (11) 36.11—A principios del siglo XVII, las calzas cubrían los muslos. Muy voluminosas, se componían de unas tiras verticales —las fajas o cuchilladas—, de unas entretelas o forros y de un relleno para abultarlas. Tenían numerosos bolsillos interiores. Cf. II, 43, 975 n. 19, y 50, 1041, n. 39, para las calzas enteras, las atacadas y las pedorreras. Los pantuflos Don Quijote vestido de fiesta solían ser de cuero revestido de terciopelo, con una capa de corcho sobre la suela y sin talón, y se consideraban propios «de gente anciana» (Covarrubias, Tesoro); cf. Bernis [en prensa]. volver
  • (12) 36.12—Oudin, RM. —Con mínimas excepciones, ni el vellorí ni el velarte y el velludo recién mencionados se documentan en las copiosas fuentes de hacia 1600 vaciadas por C. Bernis [en prensa]; cabe deducir, pues, que eran telas ya de otros tiempos. volver
  • (13) 36.13—Es posible que aquí se adapte al contexto alguna expresión de la jerga militar formada con los elementos campo y plaza. —«Nunca vuelve a mencionarse este mozo» (CL), y se ha pensado que en el plan primitivo de la novela tal vez se le asignaba el papel que luego correspondió a Sancho; cf. VG III:26, Martín Morán [1990a:18]. Fernández de Cano [1995] propone que a quien ensillaba el mozo era al ama, y la sobrina el majuelo donde tomaba la podadera. volver
  • (14) 36.14—Bennassar [1985/89:I, 430], Minois [1987]. Urbina [1980a], sobre el anciano Branor el Brun del Tristán de Leonís, que, como DQ, afirma su intención caballeresca «en contra de su edad y apariencia». Johnson [1983], en clave psicoanalítica, interpreta la edad de DQ como si tener cincuenta años en 1600 equivaliera a tenerlos en la nuestra. volver
  • (15) 36.15Cf. arriba, n. al Título, y abajo, nn. 31-32. Iriarte [1938/48: 311-322], Green [1957a], Klibansky et al. [1964], Bigeard [1972:20], Avalle-Arce [1976: 114-126], Halka [1981], Soufas [1989], Serés [1989:46-48, 244], Combet [1996b]. —El enfoque de C. tiene un locus classicus en las Tusculanas, I, 80: «Multa enim e corpore existunt quae acuant mentem, multa quae obtundant. Aristoteles quidem ait omnis ingeniosos melancholicos esse...» —Weinrich [1956] y Canavaggio [1958] subrayan la importancia del ingenio en la poética renacentista. volver
  • (16) 37.16C. usa a menudo quieren + infinitivo para indicar que un asunto está en duda o suscita diversas opiniones; así en I, 16, 171, y II, 19, 783. —Pese a la errata (Quejana) de la princeps (37. 3III ), Quijana es la única forma que reaparece fuera del primer capítulo (aparte una esporádica mención de Quijada en I, 49, 566) y coincide sustancialmente con la que en II, 74 (la única vez que además se le da nombre de pila) queda como definitiva: Quijano. Cf. Rico [1994b]b. —Aunque tampoco ha dejado de postularse algún Alonso Quijano histórico (Sánchez Mariño 1961-1962), los pretendidos «modelos reales» de DQ se han buscado especialmente en la familia Quijada de Esquivias, emparentada con la mujer de C., Catalina de Salazar (RM X:132-149; Astrana-Marín 1948-1958: IV; Palacín Iglesias 1963). Es difícil o imposible aquilatar cómo influye la experiencia de la realidad en la gestación de un texto literario, pero, aun si aparecieran testimonios indudables de que «un Quijada, Quesada o Quijano fue verdaderamente un loco de remate conocido de C., difícilmente esos documentos podrían descubrirnos algo quijotesco de ese pobre loco» (R. Menéndez Pidal 1920/58:57). —Joly [1976] ha relacionado la figura de DQ con la de un famosísimo actor cómico de la época, Ganassa, habida cuenta, entre otros indicios, de que el nombre de este significaba ‘gran quijada’. Redondo [1980:43-48] arriesga varias especulaciones onomasiológicas sobre el apellido Quijada. —La fingida divergencia de fuentes en cuanto al apellido del hidalgo se ha entendido como «uno de los aspectos de lo que Spitzer llama “el perspectivismo lingüístico” del Q. y Américo Castro “la realidad oscilante”. El mundo del Q. es un mundo relativo, en el que todo puede ser esto o lo otro, de esta manera o de aquella, según el punto de vista» (VG). Cf. también Riley [1966:114-119], Allen [1969-1979:I, 18-19], MacCurdy y Rodríguez [1978a]. volver
  • (17) 37.18—Vassberg [1984:186] y López-Salazar Pérez [1986:464-487], ambos con amplias indicaciones sobre el proceso que a lo largo del siglo XVI llevó las propiedades rústicas de los hidalgos a manos de burgueses y villanos ricos. Fanega: Brumont [1984]. —Precio de los libros de caballerías: Eisenberg [1973, 1986], Berger [1987:373-379], Blanco Sánchez [1987], Griffin [1989;1991:175-178]. volver
  • (18) 37.19—Cravens [1978], Eisenberg [1982:75-85], Baranda [1988]. volver
  • (19) 38.20—Riquer [1963-1968], Río Nogueras [1989], Orejudo [1993]; Marín Pina [1988] nota que las cartas de desafío a veces se imprimían en los libros de caballerías realzándolas tipográficamente, para que pudieran ser usadas como modelos. volver
  • (20) 38.21—Carta del bachiller de Arcadia, p. 315 (CL). —Pasajes similares trae Feliciano de Silva en la Segunda Celestina (Baranda 1988:27-28, 113) y sobre todo en el Florisel (Cravens 1976, Eisenberg 1982:76), siempre en la tradición estilística de la poesía cancioneril (RM, Whinnom 1981, Beltrán 1990): algún lector antiguo los acotó al margen con frases como “¡Que lo entienda DQ!” (Lucía Megías 1995:18). volver
  • (21) 38.22—CT aduce un pasaje del Olivante de Laura: «¿Oh celestial imagen, cuánto agravio se hace a tu soberana hermosura, pues, mereciendo el más alto asiento de los cielos, te consienten estar entre los mortales, y a ellos en no hacer a ninguno merecedor de merecerte sino a mí, que si algún merecimiento para contigo tengo es por el amor con que te amo». —vuestra grandeza: RM, Arco y Garay [1951a:348], Ly [1981:274, etc.]. volver
  • (22) 38.23—Para el Belianís, cf. I, «Don Belianís...», p. 26; Orduna [1973], Eisenberg [1982; 1987a:5]. volver
  • (23) 38.24—Al final del Belianís, se afirma que «el sabio Fristón», supuesto autor de la obra, había perdido la continuación del original; y Jerónimo Fernández da «licencia a cualquiera a cuyo poner viniere la otra parte» para que «la ponga junto con esta» (CL), y Carlos V llegó a encargar que se escribiera esa «otra parte». Pero no queda claro cuál es la promesa del autor. volver
  • (24) 38.26—CL, Kagan [1974:242], Cabo Aseguinolaza [1993:339]. —La grafía Cigüenza era corriente, y así aparece en todas las ediciones antiguas. volver
  • (25) 39.27—Una versión clásica del motivo está, por ejemplo, en el diálogo de Luciano traducido al castellano ya en el siglo XV con el título de Contención que se finge entre Anibal e Scipión e Alixandre... Otros ejemplos, en Coroleu [1994] volver
  • (26) 39.29—Amadís de Gaula, ed. Cacho Blecua, I, p. 413; CT. volver
  • (27) 39.30—CT. Cf. Horacio, Arte poética, vv. 268-269: «Vos exemplaria Graeca / nocturna versate manu, versate diurna» (L. C. Pérez 1971). volver
  • (28) 39.31Cf. arriba, n. 15, Klibansky et al. [1964/91:29-39, 125-135] y Serés [1989: 179 y passim]. volver
  • (29) 39.32Cf. arriba, I, 36 n. 15; E. R. Harvey [1975], Serés [1994b]. volver
  • (30) 39.33—Sobre la locura de DQ, cf. en especial Avalle-Arce [1975; 1976], Allen [1969-1979], Bigeard [1972], Johnson [1983], Simó [1993]b. volver
  • (31) 39.34Cf., por ejemplo, Crónica del famoso caballero Cid Ruy Díaz Campeador y... crónica del muy valiente y esforzado príncipe y caballero de la Ardiente Espada..., ambas obras publicadas, por ejemplo, por Jacobo Cromberger, en Sevilla; y Egido [1996b]. Los grabados que adornaban estas crónicas eran en ocasiones los mismos, como se aprecia en el que ilustra la Crónica del Cid (Toledo, 1526) y el primer libro de Don Polindo (Toledo, 1526). M. C. Marín Pina —En la novela de Feliciano de Silva, no consta que Amadís de Grecia diera ningún revés como el aludido en el texto (CL), pero esos «golpes espantosos», críticados ya en el propio Amadís de Gaula (ed. Cacho Blecua, I, p. 222, y n. 21), eran comunes en los libros de caballerías (I, 32,372). volver
  • (32) 40.35—En los romances, lo habitual era llamar a Roldán «el esforzado», pero en Asentado está Gaiferos se dice: «Debe ser encantado / ese paladín Roldán» (Cancionero sin año, f. 62v). B. W. volver
  • (33) 40.36—La industria de Hércules se aplicaba a la muerte de Roldán por Bernardo del Carpio en la Segunda parte de Orlando, con el verdadero suceso de la famosa batalla de Roncesvalles (1555), poema épico de Nicolás Espinosa. CL. volver
  • (34) 40.37Cf. Amadísde Gaula, ed. Cacho Blecua, II, p. 1652, y Sabiduría, XIV, 6. Para los gigantes: CL, Márquez Villanueva [1973:299-311]; II, 1, 636, n. 90, y Apéndices, 2. 7. volver
  • (35) 40.38—BW, Chevalier [1966:172-175], Gómez-Montero [1992]. volver
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