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Rafael Alberti

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[Esta entrevista con María Asunción Mateo, segunda esposa de Rafael Alberti,
se realizó poco después del fallecimiento del poeta]

 

María Asunción Mateo«Tengo 55 años. Nací en Valencia. Estudié Filosofía y Letras. Fui profesora de instituto hasta que me casé con Alberti. De mi primer matrimonio tengo dos hijos: David, de 27 años y Marta, de 26. Soy de izquierdas y agnóstica. Dirijo la Fundación Rafael Alberti El Puerto de Santa María».

—¿Qué frase recuerda de Alberti?
—«Ayúdame a no morir». Él amaba la vida más que yo.

—¿Cómo lo conoció?
—En un homenaje a Machado. ¡No podía ser un encuentro más literario! Fíjese lo que surgió...

—¿A qué se refiere?
—A que una profesora de instituto se encontró nada menos que con Alberti. Fue muy espontáneo: me acerqué a él a pedirle un autógrafo y se interesó por mí. Fue tanta la ilusión que se lo conté a mis alumnos.

—Y él le dedicó un libro...
—Me puso lo que les ponía a todas las chicas: «A la bella...». Yo no tenía 40 y él ya había cumplido los 80. Nos casamos ocho años después, pero durante el noviazgo nos vimos a escondidas.



—¿Y eso?
—¡Imagínese lo que es subir en el ascensor con Alberti al lado! Los vecinos se quedaban asustados. Yo vivía de mi trabajo, no quería tener un fotógrafo a la puerta. Cuando se descubrió todo, fue imposible seguir trabajando, los niños se reían de mí, es normal.

—¿Estaba enamorada?
—No enamorarse de Rafael era muy difícil y más para una persona con mi formación. Además, tenía una presencia física...

—¿?
—No nos equivoquemos, no es el mismo Rafael el de los 97 años que el de los 80. Sólo hay que recordarlo en aquella foto fantástica cuando volvió a España, y bajando del avión dijo: «Me fui con el puño cerrado y vuelvo con la mano abierta en señal de concordia».


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—Gran día ese...
—Sí, era un tipo increíble. Físicamente era impresionante, no tenía edad, nos agotaba a todos. Sé que desde fuera no es creíble, pero no tengo por qué convencer a nadie. La ofensa más grande que le podías hacer era decirle: «¿Está usted cansado?». Siempre respondía: «¡Cansado lo estará su padre!». Cuando me preguntan: «¿Cómo te enamoraste de un hombre de esa edad...?»

—¿Qué?
—Yo pienso: «¡Y tú, cómo te enamoraste de ese muermo que tienes al lado, sin ningún interés ni encanto!». Rafael era como un imán: lo único que querías era volver a verlo.

—Dicen que tenía un carácter endiablado.
—Se fue dulcificando con los años. Cuando volvió a España, tuvo unos años muy difíciles. María Teresa tenía Alzheimer y él tenía que hacer bolos para pagar el hospital, nunca tuvo dinero.

—¿Usted conoció a María Teresa?
—Fue la persona más importante en la vida de Rafael. En él estaba el genio, en ella la realidad de la vida. Le pedí ir a verla un año antes de que muriera. Fue duro ver como una mujer espléndida se había convertido en un gorrión indefenso. Yo había leído sus memorias varias veces y sabía que yo ocupaba en el corazón de Rafael un espacio en el que ella había sido la reina. Rafael me contaba que los hombres se giraban a mirarla.

—Vaya, qué simpático...
—Nunca tuve celos, Rafael siempre necesitó una mujer al lado. María Teresa estuvo cincuenta años; yo, veinte.

—¿Y cómo fueron esos años?
—Vivir con Rafael era muy fácil, el problema era vivir con Alberti.

—¿Cómo era Rafael?
—Había que organizarle el día a día. Él, con tener un rotulador, un cuaderno y una camisa loca, sentadito en el jardín haciendo dibujos y poemas, era feliz, no quería más y esa era su grandeza.

—¿Fue duro el final?
—Murió casi sin darse cuenta, como se merecía: en su casa, muy cerca del mar, en nuestra cama, junto a mí y a los 97 años. Por muy doloroso que sea para mí, creo que no se le puede pedir más a la vida.

 

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