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El TrujamánRevista diaria de traducción

ISSN: 1885-5806

El Trujamán es una revista diaria del Centro Virtual Cervantes dedicada en exclusiva a la traducción en todos sus aspectos que intenta, de modo sistemático, exponer las reflexiones de los traductores vinculados con la cultura hispánica. Este espacio se abre a todas las especialidades de la traducción: literaria, científica, técnica, administrativa, sin olvidar dos importantes aspectos de la misma: la enseñanza y la historia; asimismo, encontrarán anécdotas y citas. Los autores de los textos son especialistas en cada una de las materias; a pesar de ello, no pretende llegar sólo a los profesionales, sino a cualquier lector curioso e interesado por su lengua y su literatura.

Traductología

Traducción versus Identidad

Por J. Á. González Sainz

Pero para que la traducción pueda pasar a ocupar, como realidad y como concepto, el lugar central que tengo la convicción de que le corresponde en el trasiego de las cosas humanas, le hace falta todavía un empujón. Lo más refitolero de nuestra época, remando en dirección contraria a ella misma, ha entronizado, idolatrándola hasta la ridiculez, algo que está en las antípodas de la traducción, esto es, la Identidad. Buscar una identidad individual y colectiva, mantener la propia identidad, defender la identidad de personas y grupos y pueblos, identificar la identidad de uno o de su pueblo para identificarse con ella, se ha convertido en una especie de tótem o comodín intelectual que no parece pararse en barras ante nada, por cursi o nocivo que sea.

Frente a la igualdad en sí de una persona o una entidad consigo misma, está la conducta, el traslado, el paso; frente a su permanencia en sí, discurre la vida en sus variables y alteridades. Somos nuestro trasiego, nuestros pasos, nuestros continuos trasvases; somos nuestras variables y alteridades tanto o más que nuestras repeticiones, y en todo ello cabe reconocerse más y mejor que en una presunta permanencia del arraigo. Frente a identidad, pues, traducción. Frente a las desproporcionadas secuelas del culto y la centralidad de la identidad en los individuos y en los pueblos, la movilidad y el acarreo. Sin hacer tampoco de ello nada absoluto, desde luego. Nada hay de absoluto en la traducción, nada sin vuelta de hoja, nada sin reparos.

El tiempo acaba poniéndole reparos a todo y muchas veces también el espacio, y no hay solución —pero tampoco reparo— que eternamente dure. La identidad que lo más mostrenco de nuestra época idolatra como panacea tiene su justa contraposición en la búsqueda de soluciones en que consiste la tarea y el tesón del traductor. Y de nuevo aquí traducción y vida —conductas— vuelven a equivalerse. Nuestras vidas son búsquedas continuas de soluciones, de remedios y arreglos que puedan disolver, que eso quiere decir solucionar, los problemas con que nos encontramos día a día, de la misma manera que el cometido del traductor es encontrar las soluciones y arreglos más adecuados que disuelvan los problemas de acarreo que le van planteando los textos. Traducir es ir solucionando, ir buscando y encontrando soluciones, igual que vivir, ir viendo las dificultades, los intríngulis de las palabras y de las cosas, averiguar lo que hay detrás y al lado, lo que resuena, lo que elabora sentido. Porque en una y otra, traducción y vida, además del texto está siempre el contexto y el metatexto, lo que hay al lado y más allá.

No en balde, habida cuenta de esta estrecha semejanza entre vida y traducción, Ortega y Gasset inicia su célebre artículo sobre la traducción, «Miseria y esplendor de la traducción», haciendo palanca en esa comparación entre la labor utópica del traductor y el afán utópico del hombre, entre la tensión y pretensión del traductor y la tensión y los anhelos de los quehaceres humanos en general, irrealizables del todo o a la perfección como toda traducción. Por eso también tengo la impresión de que puede hablarse de una cierta melancolía del traductor, el hombre de la tarea siempre incompleta, de la tarea siempre en marcha. No será «la melancolía del orangután» de la que habla también Ortega, desde luego, pero sí tal vez una pequeña e irremediable melancolía, incluso ante las mejores soluciones, que no nos la quita en el fondo nunca nadie: melancolía de cosa no del todo terminada, no del todo conseguida, no del todo remediada ni acarreada, melancolía del pequeño orangután que somos los traductores, de los pequeños forzudos que somos ante la tarea inmensa e infinita del continuo trasvase.

Informamos a todos nuestros lectores de que durante este mes de agosto de 2014 no se publicará El Trujamán. En septiembre estaremos de nuevo con ustedes.

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