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El TrujamánRevista diaria de traducción

ISSN: 1885-5806

El Trujamán es una revista diaria del Centro Virtual Cervantes dedicada en exclusiva a la traducción en todos sus aspectos que intenta, de modo sistemático, exponer las reflexiones de los traductores vinculados con la cultura hispánica. Este espacio se abre a todas las especialidades de la traducción: literaria, científica, técnica, administrativa, sin olvidar dos importantes aspectos de la misma: la enseñanza y la historia; asimismo, encontrarán anécdotas y citas. Los autores de los textos son especialistas en cada una de las materias; a pesar de ello, no pretende llegar sólo a los profesionales, sino a cualquier lector curioso e interesado por su lengua y su literatura.

Profesión

¡Por fin!

Por Josefina Cornejo

Necesito compartir esto con alguien. Necesito saber si a otros les pasa lo mismo, o si solo me ocurre a mí. Quizá sea algo propio de mi familia, la sangre que corre por mis venas, que nos enfrentamos a los imprevistos, a los envites de la vida, a las alegrías y tristezas con tal intensidad que, en ocasiones, nos desborda y hasta nos frustra. Hablan del miedo escénico de los actores y las actrices. ¿Existirá el miedo traductológico? Porque a mí me pasa. ¿Por qué vivo mi profesión como si cada traducción fuera una prueba, un examen que he de aprobar? Y tiene que ser con nota, claro está.

Miedo. Siento miedo ante cada proyecto. He de añadir un matiz: no cualquier proyecto, sino ese que llevas aguardando tiempo, el que ansías, el que te alejará al menos durante unas semanas, o meses, de los manuales de no sé qué aparato, del último iPhone, de las páginas web, de los recetarios. Estás deseando que el editor llame a tu puerta. Cierras los ojos y te parece oír el timbre. El tiempo transcurre y el timbre no suena. Y cuando ya no lo esperas, cuando cada día que pasa te sientes más una «todoterreno» de la traducción (Pregunta: ¿Qué traduces? Respuesta: ¿Yo? De todo. Lo que llega), de pronto, alguien recuerda tu nombre, habla de ti y ¡pulsa el timbre! Te pones contenta, no faltaría más, pero una parte muy dentro de ti (no sabrías ubicarla, mas la sientes) te dice que te inventes una excusa y digas que no. Pero sacas pecho, te olvidas del temblor y del sudor frío, piensas que tu padre se subió a un tren camino de Alemania desconociéndolo todo y te dices, vamos, a por todas.

¡Por fin! Parece que hoy, un miércoles cualquiera, va a ser el día en que se haga realidad el tan anhelado proyecto. Ese que te transmitirá seguridad y confianza, el que te reportará una gran satisfacción, el que disipará todos los miedos y borrará de un plumazo tus complejos, que son muchos. El proyecto con el que podrás demostrarte a ti misma (¿no estarás pensando en alguien más, en algún profesor, algún estudiante, algún compañero de profesión, hasta en tu ex?) que vales para esto, que las horas —infinitas— que pasas sola delante de la pantalla del ordenador, hilando palabra tras palabra, tienen recompensa. Y llega justo a tiempo, ahora que el trabajo se estaba convirtiendo en una mera forma de subsistencia, ahora cuando comenzabas a olvidar el placer de la escritura, ahora que te veías presa de la apatía y el desencanto. Ahora que sabes que los ojos duelen de tanto usarlos.

Hoy, un miércoles cualquiera, te escribe una editora. Le han pasado tu nombre. Te ofrece un proyecto goloso. Las cartas de amor de un nazi a su mujer mientras se gestaba y perpetraba una de las mayores locuras engendradas por el ser humano. No está nada mal. Siguiente paso: respondes al correo electrónico. Te presentas. Aún no tienes el texto en las manos, pero dices que sí a todo (a la fecha de entrega, a la tarifa) y le envías las cinco hojas que conforman tu trayectoria académica y profesional. ¡Madre mía! Ahí empieza otro calvario. ¿Qué pensará? ¿Qué le parecerán la sucesión de proyectos, muchos de ellos irrelevantes, esos que no llaman la atención, que el mundo en general da por hecho que se traducen solos? ¿Me verá capaz?

Toca esperar. A que la editora eche un vistazo a tu currículo, a que reciba el original, a que decida, por fin, encargártelo a ti. ¿Cuántas veces habré comprobado la bandeja de entrada? Al final, ya verás, no meto cabeza en una editorial.

En unos días le hablaré a un grupo de alumnos universitarios sobre qué es esto de ser freelance de la traducción. ¿Les hablo de mis temblores? Creo que no debería, no vaya a ser que yo sea la única a la que le pasan estas cosas.

Ah, casi lo olvidaba, ya estoy traduciendo la primera carta…

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