Centro Virtual Cervantes

El Rinconete

ISSN: 1885-5008

Literatura

Dos veces bueno… Teatro cómico breve (5). Un grande baja a la arena: entremeses y bailes de don Francisco de Quevedo

Por Esther Borrego

Si fue cierto el apogeo de la exitosa comedia nueva de fórmula lopesca no lo fue menos el de las piezas intercaladas entre sus jornadas y al principio y al final de estas. Como ya apunté en el artículo anterior, dedicado al padre del entremés, Quiñones de Benavente, «la comedia no nació aislada, no se concibió como mera función dramática concentrada en tres jornadas, sino que desde sus orígenes se vio acompañada de piezas intermedias que mantenían el interés y el suspense del público al terminar las jornadas y esparcían sus sales cómicas ante el regocijo de los asistentes». Aunque los que figuran en la nómina de autores de estas piezas son en su mayoría escritores segundones e incluso ingeniosos criados de palacio que las escribían por encargo, no se resistieron a ellas figuras tan señeras como don Francisco de Quevedo y el prolífico dramaturgo Pedro Calderón de la Barca, del que trataré en el siguiente artículo.

Efectivamente, el genial autor de Los sueños exploró su vena satírica y hasta sarcástica en el diseño de figuras «cortesanas», que desfilaron por las páginas de sus entremeses en un alarde de exhibir lo que no tenían: el lindo, el fanfarrón, el charlatán, las damas de la corte, las mozas tomajonas y pedigüeñas, etc.: todos ellos dilapidan su tiempo y su bolsa en cuidar las apariencias, mostrando una falsa fortuna, o una belleza o una juventud ya marchitas, negando así la naturaleza. No pueden ser más certeras las palabras de uno de sus grandes estudiosos, Eugenio Asensio:

[…] en la medida en que cabían en el cerco frívolo del entremés, transportó a él sus chistes y alucinaciones, sus hallazgos lingüísticos y su perspectiva de la vida. Del previo arsenal de motivos, dos son los que traslada preferentemente a sus piezas: el del amor y el de la antinatura. El amor de la mujer es mercaduría. El vampiro sexual femenino esclaviza al hombre, le convierte en galeote de la familia que persigue el éxito familiar y sus símbolos: el coche, las joyas, los vestidos. El esfuerzo social se malgasta en apariencias, en negar la naturaleza simulando belleza y juventud que de hecho se compran en la tienda; nobleza y encumbramiento que se fingen remedando usos y costumbres de los favorecidos. Estas obsesiones, más complejamente expuestas en las obras mayores, encarnan, al modo frívolo del entremés, en una galería de figurillas cómicas.

El corpus de piezas dramáticas breves de Quevedo ha sufrido numerosos avatares en cuanto a atribuciones falsas, fluctuaciones de títulos y manipulaciones textuales... (Leer más)

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Ilustración de Helena Martínez

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