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Martes, 14 de marzo de 2000

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ARTE / Claroscuro

Rinconete y Cortadillo

Por Marta Poza Yagüe

Toda la literatura del siglo de oro, y en especial la obra cervantina, será tema habitual de la pintura costumbrista española de mediados del siglo xix. Muestra de ello puede ser esta representación pictórica de uno de los pasajes más conocidos de la famosa Novela ejemplar del mismo título, presentada a concurso en la Exposición Nacional de Bellas Artes de 1858, certamen en el que fue premiada con una Mención Honorífica.

El cuadro narra el episodio del festejo celebrado en casa de Monipodio tras la comida que siguió a la admisión de Rinconete y Cortadillo como cofrades de su Hermandad, todo recreado siguiendo fielmente el texto original. Así vemos a los dos ladronzuelos, junto con otros personajes, que asisten divertidos al baile de Escalanta acompañada por el son de su propio chapín, de la escoba que a modo de guitarra improvisada tañe la Gananciosa y del propio Monipodio, ataviado con «capa de bayeta casi hasta los pies, en los cuales traía unos zapatos casi enchancletados; zaragüeyes de lienzos anchos, y largos hasta los tobillos y sombrero... de los de la hampa, campanudo de copa y tendido de faldas», quien hace sonar unas tejoletas, o castañuelas, que se ha fabricado con los restos de un plato que ha roto para la ocasión.

No menos minuciosa es la representación del ámbito en el que se desarrolla la escena, el patio. Así, y tras la grotesca figura de Monipodio, descubrimos «un cántaro desbocado, con un jarrillo encima, no menos falto que el cántaro», y al fondo, una pequeña estancia en cuya «pared frontera estaba pegada a la pared una imagen de Nuestra Señora, destas de mala estampa, y más abajo pendía una esportilla de palma, y, encajada en la pared, una almofía blanca, por do coligió, Rincón, que la esportilla servía de cepo para la limosna, y la almofía de tener agua bendita; y así era la verdad».

Realmente, el pasaje de la novela no es sino la excusa que sirve al pintor para demostrar su habilidad como creador de tipos y ambientes populares: pillos de ropas raídas y descuidadas, hombres y mujeres de la calle, la arquitectura popular o el magnífico bodegón que forman en el primer plano los restos de las viandas del almuerzo, todo realizado con una pincelada ágil que realza aún más el dinamismo de la obra.

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