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Martes, 5 de agosto de 2008

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Arte / Claroscuro

Filósofos y bufones

Por Susana Calvo Capilla

Las galerías de retratos de hombres ilustres eran una costumbre de origen antiguo, griegos y romanos las tuvieron en lugares públicos relacionados con el saber o con la enseñanza.

Ilustración. José de Ribera (1591-1652): «Demócrito» (detalle)

José de Ribera (1591-1652): Demócrito (detalle)
Lienzo, 125 x 81 cm Núm. de inventario: 1121

El humanismo renacentista recuperó las galerías, presentando a los filósofos y sabios en general como dignos hombres de la Antigüedad. En el Barroco la práctica persiste aunque va transformándose la imagen que de ellos se ofrece. Si observamos el Demócrito y Heráclito pintado por Rubens en 1603 (en el Museo Nacional de Escultura de Valladolid) o los Demócrito y Heráclito de 1638 (en el Museo del Prado), vemos a los protagonistas vestidos a la antigua pero ya con un gesto exagerado y teatral. El Barroco español dio un paso más y les convirtió en personajes pobres y harapientos. Se atribuye a José de Ribera el inicio en España de la moda de representar a los filósofos antiguos como desharrapados que muestran así su decepción y su desapego por el mundo, algo que se adaptaba muy bien a su estilo naturalista. A juzgar por las múltiples series de filósofos que realizó Ribera, la idea tuvo enorme éxito en toda Europa; una de las series, que incluía a Diógenes, Anaxágoras y Platón, la realizó en 1636 para el Príncipe de Liechtenstein y de alguna otra debió de formar parte el cuadro aquí presentado, fechado en 1630. No obstante, ese convencionalismo visual tenía un relevante trasfondo literario e intelectual. El pensamiento neoestoicista, el senequismo y el lucianismo, que estaban muy difundidos en los círculos eruditos del Siglo de Oro, recogían esa misma concepción de los sabios antiguos como escépticos o desengañados de la vida, que rechazaban las cosas mundanas, cínicos a quienes nada importaban las apariencias. Decía Séneca de Demócrito: «Pobreza con sabiduría es un divino compuesto, que todo lo tiene y de todo carece». Los más conocidos y citados eran Demócrito y Heráclito, representantes de dos visiones opuestas de la vida: el primero consideraba las acciones humanas locuras dignas de risa, mientras que para el segundo eran miserias que provocaban el llanto.

La oposición de los contrarios fascinaba en la época. Había nobles caballeros que alardeaban de filósofos «a la antigua» y reclamaban para sí ese «disfraz» de mendigo. Esta pose traspasó la esfera de la erudición y llegó al mundo bufonesco y al teatro. Ya sabemos que los bufones de la Corte se burlaban de todo con el consentimiento regio, siempre y cuando hicieran reír. De las chanzas no se libraban ni los pensadores más excelsos ni los nobles, y gustaban de mofarse de la falsa erudición mediante disfraces, farsas o letrillas satíricas. Esta grotesca asociación de bufones y filósofos antiguos ha dejado rastro visual en un cuadro de Velázquez: el Demócrito, conservado hoy en el Museo de Bellas Artes de Rouen. Velázquez lo concibió en torno a 1625-1627 como retrato de un bufón (se parece mucho a Pablillo de Valladolid) y algo antes de 1640 lo transformó, no sabemos con qué fin, en filósofo. Sólo hubo de cambiar la copa que llevaba en la mano por un globo terráqueo al que ahora señala con el dedo. Por lo demás, se trata de un tipo vulgar con sonrisa bobalicona, exactamente igual que este Demócrito de Ribera (también conocido como Arquímedes).

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