ARTE / Claroscuro
Por Susana Calvo Capilla
Hacia 1638 llegaron a Madrid los cuadros de Rubens destinados a decorar la Torre de la Parada, el pabellón de caza de Felipe IV. Rubens repite en estos dos lienzos un tema que ya había tratado en 1603, cuando visita España por primera vez. Probablemente el éxito obtenido entonces con el Heráclito y Demócrito que pintó para el conde de Lerma, le animó a incluirlos de nuevo aquí, en un contexto de escenas de caza y de mitologías.
Esta pareja de filósofos presocráticos era una representación frecuente en el siglo xvii. Se contraponían dos posturas ante la vida, el optimismo de uno frente al pesimismo de otro. Pero, ¿de qué ríe Demócrito?, ¿de qué se lamenta Heráclito? Para Demócrito este mundo era una casa de locos cuya vida era una comedia graciosa. Todo lo contrario pensaba el «obscuro» Heráclito, para quién más bien era un trágico teatro de desgracias.
Algunos escritores del siglo de oro español, como Baltasar Gracián, se hicieron eco de sus opuestos raciocinios y llegaron a la conclusión de que la vida no es más que una representación trágica y cómica donde se igualan, en el fondo, dichas y desdichas. Lo resume este verso: «De estos dos extremos es / el mundo paso y comedia; / para el que llora, tragedia, / para el que ríe, entremés» (Francisco de la Torre y Sevil).
Quizá Rubens quiso expresar esta misma idea exagerando de forma casi grotesca los gestos de desesperación en Heráclito y de regocijo en Demócrito. Aun así, el pintor flamenco los muestra todavía con una apariencia casi clásica, en tanto que Velázquez, en su Esopo y en su Menipo, ha sustituido ya las túnicas por harapos y los nobles rostros clásicos por otros vulgares y corrientes. En realidad, todos estos filósofos de la Torre de la Parada, personajes ridículos y casi bufonescos, se convertían en una sátira de la cultura antigua, dentro de una reacción propia de la poesía y el arte del siglo de oro. Como hace pocos días se resaltaba en un concurso de Rinconete, un gran autor español, el llamado «Fénix de los ingenios», dedicó a Rubens estos versos en un soneto de las Rimas Humanas y Divinas (Madrid, 1634):
Dos cosas despertaron mis antojos
estrangeras, no al alma, a los sentidos:
Marino gran pintor de los oydos
y Rubens, gran poeta de los ojos...