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María Zambrano

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En el prólogo a la edición de 1987, su autora aclara la génesis de este libro que escribió «en aquel otoño mexicano como homenaje a la Universidad San Nicolás de Hidalgo, descendiente directa de los estudios de Humanidades, fundada por don Vasco de Quiroga no lejos de las orillas del río Patzcuaro, que fue allí desde España, a la región de los indios Tarascos, para fundar la Utopía de la República Cristiana de Tomás Moro». Siguiendo con esta misma línea de pensamiento, Zambrano confiesa con pasión que con este libro se realizó la utopía de que ella, una mujer, pudiera, por un lado, enseñar filosofía en una universidad y, al mismo tiempo, escribir sobre asuntos filosóficos. La segunda parte del prólogo se apunta a manera de justificación y para ello busca apoyos firmes que avalen su quehacer: por un lado menciona a Octavio Paz, el gran poeta y ensayista mexicano que la ayudó a su publicación en la revista Taller; más adelante, invoca a la Virgen María como mediadora entre ella misma y los lectores, a los que implora su benevolencia. Dice así: «Júzgueme, pues, el amor, y si de tanto no soy todavía digna, júzgueme, pues, la compasión. Y no digo más, creo que sea bastante, para el inverosímil, pero no imposible, lector».

Los ensayos que componen el volumen plantean reflexiones sobre las relaciones entre pensamiento y poesía y para ello se remonta a la época clásica, a la escuela de Sócrates y sus discípulos, a los escritos de Platón en El banquete y La República para encontrar qué verdades se revelan mediante el conocimiento filosófico y qué verdades se revelan mediante el homónimo poético. El enfrentamiento entre filosofía y poesía para los pensadores griegos se explica, según Zambrano, porque mientras el filósofo quiere la unidad, el poeta quiere cada una de las cosas y sus matices, sin restricción ni renuncia alguna. Sigue diciendo Zambrano, que todavía en el presente de la poesía, se puede ver que es una especie de desterrada, de extranjera, que busca un lugar en donde plasmar su fecundidad. Para explicar la necesidad existencial de la poesía, Zambrano la aúna con otras disciplinas como la ética, la mística, la metafísica. En el primer supuesto, defiende la inmoralidad de la poesía, pero, por eso mismo, la considera necesaria y elemental para la existencia humana, porque la poesía acude a entregarse incluso a los que nunca la desearon, y ella los transforma y engrandece; en cuanto a las relaciones entre la mística y la poesía, Zambrano acude a San Juan de la Cruz y a la tradición mística española para defender la mística del amor platónico y confirmar que en la poesía se perpetúa la religión del amor, la antigua religión de la belleza, transformada, ahora en la religión de la poesía.

Respecto a las relaciones entre poesía y metafísica, Zambrano aboga, otra vez, por  la reconciliación entre poesía y filosofía: recupera distintas obras poéticas de la Edad Media, el Renacimiento, el Romanticismo o el Simbolismo, hasta concluir en la época conocida existencialista, con las que Zambrano pretende demostrar que la poesía se apunta como elemento y medio de purificación. Asegura que la metafísica más actual, tan lejana ya de la metafísica griega, se halla impregnada de un sentimiento de angustia, sin duda, la raíz originaria de la metafísica en sí misma. Así, la poesía vendría a purificar, a liberar la angustia, porque la poesía es reintegración, reconciliación, abrazo que cierra en unidad al ser humano; en suma, la poesía busca realizar la inocencia, transformarla en vida y conciencia, en palabra y en eternidad.

 

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