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  Por Guzmán Urrero Peña

En todas las fábulas y narraciones con animales antropomórficos —al menos, en las intentadas hasta ahora—, hay algo que atañe a la condición humana, y que puede entreverse en muy variados géneros, desde la parodia prosaica hasta la farsa teatral más aguda. Convendría examinar (para enriquecimiento del registro) dos invenciones senderianas con protagonismo fáunico: Por qué se suicidan las ballenas. Bajo el signo de Sagitario (Barcelona: Destino, 1979) y muy en particular, Orestíada de los pingüinos. Bajo el signo de Piscis (Barcelona: Destino, 1981). Uno de los méritos del escritor y una de las mayores originalidades de ambas creaciones consiste en su moderna simbología.

En el primero de los casos, los cetáceos parecen dictar un memorial de agravios que de buena gana firmaría cualquier ecologista sensato. En el segundo, la mezcla sistemática de lo épico y lo fabuloso actualiza, enaltece y transfigura el clásico de Esquilo —y el mito en que se inspira— a través de una comunidad animal enteramente inventada por Sender.

Recuérdese cómo en la Orestíada original, Orestes, hijo de Agamenón, venga el asesinato de su padre con el auxilio de su hermana Electra, siendo el resultado de ese desquite las muertes de Clitemnestra, su madre, y Egisto, amante de esta última. No es superfluo repetir que los detalles de este parricidio se han perpetuado a través de nuevas creaciones: son los casos de la obra teatral A Electra le sienta bien el luto (1931), de Eugene O’Neill, y de la trilogía operística Orestíada (1887), de Taneiev.

Ramón J. Sender posee una facultad especial para asimilar la esencia de la tragedia, trasladándola a un mundo fantástico. Es así como convoca a la muchedumbre de pingüinos que pueblan los hielos antárticos y les proporciona un orden social, vivos afectos, una tradición por cuya boca habla el espíritu humano (metonimia y metáfora) y, ciertamente, crédito literario. En este cuadro la vida es civilizada y, por brava que parezca, se guía por un patrón religioso inesperado: el actor Charles Chaplin, dios de los pingüinos y modelo de su contoneo.

A través del diálogo que establecen Paladini, teniente de la Armada Argentina, y el piloto Yonorino, muy experto en la cultura de las aves, conocemos el acta de acusación del Orestes polar: «En el Antártico, el pingüino en quien se había encarnado Orestes tuvo que asesinar también a su propia madre. Con aquella repetición se castigaba a sí mismo en la atmósfera más oscura y fría del mundo. Desde que mató Orestes a su madre, en Atenas, había vivido en un estado de frialdad y oscuridad semejante, y sólo podía encontrar de nuevo su propia presencia arrepentida y el vigor natural de sus sentidos criminales repitiendo el hecho en las condiciones físicas congeladas que correspondían a las de su conciencia».

La fuerza satírica de Sender no es menor que su inclinación por una criptozoología llena de misterios, en la que no faltan el monstruo del lago Ness y los inteligentes delfines. Y si bien la novela no raya a tanta altura como otras, también aquí el escritor, entre burlas y veras, refuerza el mito en lo que tiene de convencional, y lo adorna con detalles de fantasía hermosamente poéticos, variados e ingeniosos, relatados con todos los valores de su excelencia narrativa. Su mérito, una vez más, es grande.

 
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