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A efectos escolares, suele destacarse Imán como la
primera novela publicada por Sender (Madrid, Cenit, 1930) y como una eficaz introducción
a la narrativa del escritor. Sin duda, no es un mal camino para adentrarse en el universo
senderiano y en las principales inflexiones de su pensamiento. Desde una perspectiva
escalofriante, la obra examina la guerra de Marruecos, extrayendo de la tragedia sus
propias conclusiones acerca de la condición humana (conclusiones devastadoras, manejadas
con profundidad). Para facilitar el ingreso del lector en este infierno, surge la figura
arquetípica de Viance, el joven aragonés que asiste al desastre de Annual y encara la
definición última de la barbarie en una sucesión dinámica de sucesos, acumulados de
acuerdo a un protocolo que cabría llamar posmoderno. De hecho, esta es una creación que no encaja en moldes
precisos y que aferra lo fugitivo asociando códigos, jugando a la ambigüedad mediante
cambios de tiempo y enfoque. Decisión idónea, si se quiere, para captar el caos iniciado
en la guerra. Aplicado al libro de Sender, este enfoque estructural revela una audacia
literaria que sobresale aún más si se sitúa en el contexto de su época.
El joven escritor rehuye todo preciosismo y
consigue un tono sobrio, sostenido. Por esta línea de tersura, el texto se escora hacia a
un ritmo que crece en dinamismo y acentúa las sensaciones de un ambiente hostil, siempre
por inventarse, descrito con el impresionismo que éste exige, tanto en la anécdota como
en su clave moral (altruismo frente a egoísmo) y metafísica.
La constante producción de imágenes se vuelve
fragmentaria. Hay que observar, no obstante, el admirable orden literario con que se
interpolan y yuxtaponen los cuadros. A ello se refiere Marcelino C. Peñuelas cuando
destaca que «los cuadros o estampas en que la novela está dividida muestran un logrado
sentido de síntesis. El autor incluye en cada estampa sólo lo significativo, lo
sugeridor, orientado siempre hacia la unidad de estructura y de sentido. Los diálogos
intercalados entre las sobrias descripciones, son asimismo insinuantemente sugerentes. En
ocasiones surge un humor acre que con tintes de inocencia acentúa la tragedia. Muchas
estampas terminan con una breve frase de algún personaje que resume de forma
indirecta, a veces elípticamente el ambiente físico del lugar y el estado de
ánimo del momento» (Prólogo a Imán, Destino, 1988, pp. 21-13).
Situada del lado del verismo, la expresión
estética que contiene la novela de Sender delata una posición testimonial, donde lo
novelesco se pone en boca de personas que sufrieron aquellos episodios y conocieron su
magnitud. Ya desde un aspecto crítico se han advertido notas de reportaje en el texto
ordenado por el aragonés. En todo momento, el autor parece dosificar ese torrentoso
material que ha recogido como testigo del desastre, eco de una desventura colectiva,
múltiple, que halla su fórmula ideal en la ya citada ambigüedad del enfoque.
Así lo revelan las líneas que Sender escribió
para presentar la primera edición del año 1930: «La imaginación ha tenido bien poco
nada, en verdad que hacer. Cualquiera de los doscientos mil soldados que desde
1920 a 1925 desfilaron por allá podía firmarlas [estas notas]. Y desde luego su
protagonista se puede comprobar en la mayor parte de los obreros y campesinos
que fueron allá sin ideas propias, obedeciendo un impulso ajeno y admirando a los héroes
que salen retratados en los periódicos». |