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  Por Guzmán Urrero Peña

Ilustración de José Luis CanoDesde el punto de vista de la historia, se han señalado los hechos primordiales que convirtieron
a Lope de Aguirre (1518-1561) en uno de los personajes más sugestivos de la Conquista.

La épica fatal de su trayectoria contribuye a engrandecer a este hidalgo guipuzcoano, aventurero al servicio de Vaca de Castro, comprometido en las luchas civiles del Perú, condenado a muerte e indultado por Pedro
de Alvarado, y participante en el viaje de los Marañones, a las órdenes de Pedro de Ursúa.

Un viaje que es difícil imaginar sin recurrir a etiquetas como la alucinación y la locura, dirigidas a una formulación extrema de lo humano.

Sin duda, en el caso de Aguirre, muchos de sus comportamientos son dignos de figurar en una novela como la de Sender (1964), donde el personaje acaba desgajándose de la historia y se vierte en la literatura, descrito sin la afectación académica ni la cautela moralista de ciertos biógrafos, quizá más alejados del espíritu de la vida que sabe aproximar el aragonés.

La trama principal de la novela problematiza la caleidoscópica dimensión de Aguirre, el traidor, el loco, el enigma, el guerrero desesperado cuyo sentido moral adquiere dimensiones amenazantes a medida que rechaza obediencias y desvía sus ardores. Ese guerrero que ya no es vasallo de Felipe II cuando se proclama «Príncipe de la libertad de los reinos de Tierra Firme y provincias de Chile», al fin muerto por disparos de arcabuz e inmortalizado con brazos rojos de sangre.

Arrojo y pavor se entrelazan a lo largo de esta novela donde el paisaje y la mirada caracterizan a los personajes casi tanto como el diálogo. Lo que, de hecho, resulta admirable en esta narración es que ha sido hilvanada con un profundo sentido psicológico, realista si se quiere, cuya verosimilitud no evita guiños legendarios. Al fin y al cabo, en el equinoccio día y noche tienen la misma duración, y el propio autor hace ingresar a su criatura en la leyenda: «Ahora, cuatro siglos después, cuando en las noches oscuras se levantan de las llanuras y pantanos de Barquisimeto, Valencia y lugares de la costa de Burburata, fuegos de luz fosfórica que vagan y se agitan a los caprichos del viento, los campesinos cuentan a sus hijos que allí está el alma errante de Lope de Aguirre, el Peregrino, que no encuentra dicha ni reposo en el mundo».

Combinando habilidad especulativa y rigor histórico, en la versión senderiana de la aventura de Aguirre priman el expresionismo y los cambios de énfasis. No en vano, la descripción es un resorte esencial para reflejar todo ese delirio donde los más desenfrenados apetitos pueden desahogarse. De hecho, el sentido metafísico que Sender halla en el estado primordial de la naturaleza presenta analogías con el panorama de estragos que van perfilando los Marañones. En este punto, convendrá recordar que Sender descubre en la relación entre Aguirre y su hija un conflicto angustioso, como si en él se cumpliese el máximo dolor de esta ordalía.

En torno al personaje principal, el escritor va esbozando las tensiones de un microcosmos que no puede canalizar su violencia, desbordada por la magnitud de la empresa y por el crimen que es su elemento fundacional. Casi por desafío, no hay redención consumada ni revelaciones mágicas, en beneficio de una poética profundamente humana, sensitiva y poderosa. A partir de esta nota, es lícita una comparación: el devenir de la hazaña y la condena final adscriben el texto a las coordenadas más trágicas de la antigüedad pagana, entrevista en ese cortejo guerrero que parece fulminado por la ira celeste.

 
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