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Buñuel, 100 años Entrevistas


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Cuando Buñuel obtuvo con Viridiana la Palma de Oro en el Festival de Cannes, usted conoció de cerca los problemas que suscitó ese premio. Fui al Festival como enviado de la revista Triunfo, que yo mismo dirigía. Por entonces se hablaba del premio para Buñuel, se empezó a especular con la posibilidad de que tuviese consecuencias políticas. Estando en el vestíbulo del hotel Martínez, tradicional sede de la delegación española, me encontré con el director general de Cine y Teatro, José Muñoz Fontán, con quien yo tenía una ligerísima relación personal. Me propuso cenar con él y, ya en la cena, quise preguntarle si había venido a Cannes a recoger el premio. Recuerdo que me contestó que ésa era su obligación, que lo hacía «con mucho gusto porque es una película española, yo me siento muy español y en este festival se está premiando al cine español». No le dije nada más. Cierto es que el hombre no estaba especialmente versado en la materia cinematográfica. No sé, debimos de hablar de muchas cosas en esa cena, pero en seguida, mirando el reloj, dijo: «Si usted me permite, me tengo que ir porque para los premios del jurado hay que recibir no sé qué instrucciones en cuanto al orden de recogida». Le di la enhorabuena y, ante su pregunta sobre mi opinión al respecto, contesté que me parecía muy bien la concesión, pues Buñuel era uno de los grandes nombres de la cultura española de este siglo xx.



CARLOS SAURA: LUIS BUÑUEL, TOLEDO, 1962.

¿Qué consecuencias tuvo la actuación de aquel director general? En el avión de regreso coincidí con el grupo de la productora UNINCI; alguien llevaba la Palma de Oro en un estuche. En el número de nuestra revista se había reservado lógicamente una serie de páginas para informar del acontecimiento. Cuando llegué allí me dijeron que había dificultades. Los periódicos de la tarde de ese mismo día referían que la película española premiada se iba a retirar de la circulación. Entregué la fotografía en que aparece el Director General de Cine recibiendo la Palma de Oro y el diploma que acreditaba el premio. Se publicó con un pie que coincidía con un titular: «La más larga ovación para el gran premio otorgado a España». No se hablaba ni de Viridiana ni de la Palma de Oro, pero era obvio que la foto, además de ocupar media página, reflejaba fielmente el acontecimiento. En mi crónica no tenía más remedio que anunciar la Palma

 

de Oro para Viridiana, galardonada ex aequo con una película francesa, y me referí al parte oficial —de urgencia, diría yo—, que firmé con mis iniciales. Quise eludir de una forma positiva la prohibición de hablar del premio a una película española que ya no era considerada como tal, que era apátrida. Entonces utilicé los eufemismos precisos, el circunloquio de la época, la perífrasis: «El palmarés que estaba ya ultimado 48 horas antes de su proclamación y que sufrió una notable revisión después de la proyección del film español...». Se trataba, por supuesto, de Viridiana.

Hoy, desde la distancia que señala el tiempo transcurrido, ¿cuál es su sentimiento sobre la prohibición gubernativa que sufrió Viridiana? Antes de nada debo decir que profesionalmente quedé satisfecho cuando conseguí sortear la censura publicando en Triunfo la fotografía referida y una crónica que contenía suficientes alusiones para alertar la complicidad del lector avisado. Se había producido una de las máximas contradicciones que la época brindó al cine español: Buñuel rueda de nuevo en nuestro país tras la guerra civil y su obra Viridiana logra por vez primera para el cine español uno de los galardones del Festival de Cannes. La España oficial de entonces vuelve la cabeza y olímpicamente desprecia el galardón, reniega de la nacionalidad que había otorgado a la película, cesa fulminantemente al director general de Cinematografía porque se había atrevido a recibir el premio entre las ovaciones clamorosas de un público puesto en pie, y esa misma España oficial prohíbe que los periódicos publiquen una sola línea del acontecimiento que fue titular de primera página de los rotativos más importantes del mundo. Fui directamente desde Barajas a los talleres de la calle Hermosilla. No conseguí modificar la portada, ya estaba tirada, pero llegué a tiempo de introducir la fotografía y escribir apresuradamente allí mismo la crónica a la que antes aludí y que señalaba, sin nombrarlo, el gran éxito de Viridiana.

¿Desde cuándo conocía a Buñuel? Lo conocí en México, cuando formé parte de la delegación a principios de los sesenta, con motivo de una semana de cine español. Estábamos, entre otros, Penella, Gadé, Valenzuela, Luz Márquez, Berlanga, Rey, Rabal, Dibildos, Zulueta, Tusell. Fue en los estudios Churubusco, donde él dirigía La joven para una empresa norteamericana. Después, en su casa, pude disfrutar de su desbordante personalidad. Recuerdo una velada inolvidable en la que expuso con recio acento aragonés desde sus días en Calanda a sus ideas sobre el cine y la literatura, sobre la política y la guerra..., hasta me hizo partícipe de sus ocurrencias y sarcasmos como por ejemplo el oscuro porvenir que pronosticaba para la civilización occidental, con la pérdida del sentido del olfato: el de establos y vaquerías. Luis Buñuel era un ser entrañable, de enorme talento y de una inacabable generosidad, de imborrable recuerdo.

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