PATRIMONIO HISTÓRICO
Por José Miguel Lorenzo Arribas
El Roncal, pequeño y bello pueblo navarro que da nombre a su valle, además de patria chica del tenor Julián Gayarre lo fue también del arquitecto Eduardo Gambra y Sanz. Uno y otro cimentaron su fama lejos del verde valle que les vio nacer. Si de Gayarre solo nos quedan los comentarios de admiración que levantó su prodigioso canto, de Gambra subsiste algo más, pues los edificios trascienden lo efímero de una voz de época prefonográfica.
La capital de España se benefició de la actividad de este arquitecto, a quien se deben, al decir de los críticos, «algunas de las creaciones más vanguardistas del modernismo madrileño, de raíz vienesa», con un estilo definido como «arquitectura de líneas depuradas y contención decorativa», destacada depuración formal y acusado rigor compositivo. En 1911 llega a ejecutar obras que recuerdan al contemporáneo Frank Lloyd-Wright, según Óscar da Rocha Aranda, por lo que se le considera precursor en España de soluciones propias de un art déco que aquí se impondrá en la década de los veinte. Lo cierto es que su catálogo es ecléctico. Uno de sus principales logros madrileños fue el edificio de la Gran Peña (Gran Vía, n.º 2, hoy hotel, terminado en 1917), nacido para sede de un exclusivo club de mandamases, donde se aprecian guiños neobarrocos; la casa-palacio del conde de Cedillo (calle General Oráa, n.º 9), con lenguaje neoescurialense (torres laterales achapiteladas y pirámides con bolas) en 1923; sin olvidar su intervención en patrimonio histórico, como la remodelación del palacio barroco de Miraflores en 1920 (Carrera de San Jerónimo, n.º 15).
Pero lo que más nos sorprende de la actividad del roncalés, y por ello viene a nuestra sección, es que el pueblo soriano de Quintana Redonda le encargara la construcción ex novo de su iglesia parroquial de Ntra. Sra. de la Asunción, arrasada la anterior por un incendio ocurrido en 1918. En la «Justificación del estilo adoptado» (1919), expone el artista:
[…] no hemos dudado en acudir, para la composición del edificio a los estilos clásicos cristianos y entre ellos, hemos desde luego preferido el denominado neo-románico, como más adecuado al caso presente […] dicho estilo románico cabe adecuadamente en una región donde se conservan interesantes ejemplares del mismo; procede construir en esta sencilla comarca con arreglo al románico tradicional.
Efectivamente, cuando en 1924 se termina la obra, la modesta iglesia lucirá una flamante neorrománica galería porticada dotada de siete arcos, con la seguridad de que así se reproducía el modelo por antonomasia de una galería porticada propia del románico puro. Poco importa la extraña proporción del tamaño de las dovelas, las sobredimensionadas chambranas, o el porte macrocefálico de sus capiteles. Tampoco fue un obstáculo que la iglesia antigua no hubiera contado con pórtico pétreo, y menos románico.
Eduardo Gambra y Sanz, arquitecto que lo mismo se miraba en la vanguardia extranjera que volvía los ojos a la tradición hispana y se solazaba en un ecléctico historicismo, en este pueblecito tuvo ocasión de trabajar un «neo» que hasta entonces no había estrenado en su catálogo: en neorrománico. En las antípodas de los estilos con que ornó la capital, alejado también de los pórticos de su tierra natal, documentado no sabemos cómo, realizó la última de las galerías «románicas» de una provincia que al menos desde 1081 (iglesia de San Miguel en San Esteban de Gormaz) las venía conociendo. Ochocientos cuarenta y tres años después. Ahí es nada. Queda al juicio de cada cual saber si «procede» o no, como afirmó en su «Justificación».