Literatura
Por Marcelo Villena Alvarado
Leída tradicionalmente como uno de los cantos eximios y pioneros de la «narrativa de la Guerra del Chaco», Aluvión de fuego no agota sus sentidos en la referencia al conflicto bélico con el Paraguay (1932-1935). Visionaria en más de un aspecto, la novela que Cerruto escribió a los 23 años encara también los acontecimientos sociales y políticos más importantes de esa coyuntura: los de la guerra, obviamente, pero también la represión que despliega el Estado boliviano en el «frente interno»; en una palabra, la quiebra del estado liberal y los gérmenes de la recomposición social que capitalizaría luego el llamado «nacionalismo revolucionario» (proyecto modernizador cuyo hito es la revolución de 1952: voto universal, reforma agraria, nacionalización de las minas, etc.). Doncel de buena familia que muy patrióticamente decide enrolarse en el ejército, que sin embargo nunca llega al frente (pues su regimiento estaba más bien destinado a la represión de sublevaciones indígenas en el Altiplano), doncel que finalmente llega a «hacerse hombre» política, sexual y humanamente como desertor y bajo una nueva identidad (Lorenzo Peña es el nombre con el que muere, como minero en huelga, masacrado por la tropa), la figura y la gesta de Mauricio Santacruz se prestan ciertamente a ser leídas como parábola. Así se ha leído allí el nacimiento y el perfil del «nuevo sujeto nacional» que encara y asume las transformaciones de la sociedad boliviana de las primeras décadas del siglo xx. Planea una sombra de duda, sin embargo, en esta épica interpretación que ha consagrado la moderna segunda mitad del siglo. Y es que Aluvión de fuego, como novela digna del nombre, además de todos los méritos referidos tiene también el de «dramatizar» la imagen del héroe y, de este modo, poner en cuestión el propio sentido de su gesta.
Se habrá entendido, aun sin violentar el protocolo del «romance nacional», el indiscutible valor histórico de Aluvión de fuego no sería si la novela no asumiera, ante todo, la exigencia y la sutileza de un cuestionamiento radicalmente crítico y propio al género novelesco. El desafío, para la ocasión, pasa por una muy sutil pero contundente ruptura de la ecuación que rige el «tradicional realismo boliviano» (personaje = narrador = autor: Antezana). Precoz también en este sentido, la novela de Cerruto no deja de poner en conflicto las rebeldes aventuras de Mauricio; sin censurarlas ni consagrarlas, tan sólo mostrándolas en sus tribulaciones desde cierta distancia crítica. Al estilo de Brecht, si se quiere, o de Shakespeare que muestra a sus «personajes considerando sus propios discursos y siendo alterados por esa consideración» (Bloom). Así, en lugar de la consabida epopeya nacional que celebra la formación de un «nuevo sujeto», Aluvión de fuego despliega más bien un escenario trágico con el que la novela no sólo echa otras luces sobre nuestra historia, sino también interroga ámbitos más íntimos que no han dejado de incidir sobre estas tierras. En efecto, el drama de Mauricio Santacruz se revela más bien como ese «certamen en torno a los dioses y en torno al sentido de las cosas» (Jaspers) donde el héroe, en conflicto con su mundo, asume la búsqueda de un sentido más allá de la impostura que rige entre los hombres. Se trata de un conflicto con un orden caduco, ciertamente, pero también con ese nuevo orden que se revela como una caricatura del primero. Mauricio respondería así al perfil del héroe clásico, ciertamente, de no aparecer también como héroe escéptico que no cree, ni en la ley impuesta ni en las máscaras con las que sucesivamente enfrenta dicha ley. La unión con la mujer minera que, supuestamente, culmina el nacimiento del «hombre nuevo», aparece también como una pálida reminiscencia del pequeño seno que Mauricio añora desde la infancia (el de la hermana). La muerte supuestamente heroica del héroe al final de la novela insinúa, sacrificialmente, la comunidad de los muertos como la única posible en este mundo.
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