Arte / Claroscuro
Por Juan Carlos Ruiz Souza
En esta famosa obra Tiziano nos muestra al Emperador dirigiéndose al Elba el 24 de abril de 1547, día en el que Carlos iba a conseguir una gran victoria sobre los protestantes en Mühlberg. La documentación nos ha permitido conocer una curiosa anécdota de este gran retrato ecuestre. Pintado en Augsburgo en 1548, fue sacado al exterior para que secase la pintura. Con tal fuerza y verosimilitud dotó el maestro veneciano al équido, que éste, al verse libre, intentó salir galopando con lienzo incluido, ayudado, eso sí, por Éolo, dios del viento. Poco duró la escapada, al no ver el cuadrúpedo en su camino un palo que no fue capaz de saltar. Grandes fueron las heridas que se produjo tan intrépido alazán en el desafortunado accidente, mientras que el Emperador, gracias a Dios, y a que contaba con la protección de su armadura, que, por cierto, aún se conserva en la Real Armería del Palacio Real de Madrid, apenas sufrió rasguño alguno, a pesar de su gota y de dar con sus huesos violentamente en el suelo.
Ante tal desgraciado acontecimiento, el gran mago de los pinceles, Tiziano, ayudado por el pintor Amberger, procedió a la restauración de su propia creación. Todavía hoy se aprecian los daños en la grupa del solípedo. Recuperados del susto, amo y acémila, de vez en cuando y por la noche, retoman la cabalgada y visitan las distintas salas del Prado donde hoy viven.
Como prueba de ello, nos recuerda un ingenioso escritor que:
Algunas noches, sin que nunca se pueda prever cuál, el Emperador sale a caballo y recorre todo el Museo.
Continúa más abajo:
Pasó Carlos V como un gran fantasma, en el caballo negro, roja la gualdrapa, rojas las plumas de la testera y las que temblaban sobre el casco del Emperador. Iba el corcel lentamente, solemnemente, sacudiendo la cabeza noble y haciendo brillar sus ojos, como ágatas de lapidario. Afirmado encima, el César no miraba a nadie. De él trascendía una sensación de poder infinito; también de sabia amargura. En Mühlberg contaba cuarenta y siete años; once le faltaban para morir.