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La naturaleza alcalaína nos ofrece una visión mansa y tupida de
la fauna y flora mediterráneas. Desde el alba hasta medianoche, el excursionista
aficionado a este tipo de placeres puede disfrutar de parajes llenos de vida, que distan
muy poco de la capital complutense y de su entorno industrial. Polarizando esa
sensibilidad, el contorno de la villa y sus parques solicitan del viandante que atienda
sus reclamos, libres por esta vez de las sugestiones de los libros y también ajenos al
espíritu de la historia. En este tramo, el relieve terrestre se sobrepone a los
monumentos y las aguas del Henares despliegan un manto de pormenores fugaces, donde se
espesa la vegetación e importa menos la agitación humana.
En la tierra alcalaína se practica una agricultura muy similar a
la que, a primera vista, aún define las estaciones en Torres de la Alameda, Mejorada del
Campo, Ajalvir, Camarma de Esteruelas, Cobeña y otras poblaciones del entorno. La
condición cerealera de su siembra se advierte cuando los campos comienzan a amarillear,
si bien no extrañan por acá cultivos de otro orden hortalizas, sobre todo,
favorecidos por el regadío inteligente. No obstante, unir en estas líneas el centeno, la
cebada y el trigo significa resaltar una tradición castellana la del grano en los
surcos que antes perteneció a la reja del arado y que hoy es perpetuada por los
modernos artilugios de cosecha. Todo ello sin olvidar un complemento inseparable de este
paisaje madrileño: la ganadería ovina, sobre la que aún pesan el oficio de la lana y un
impulso trashumante que en otro tiempo dio sentido a las cañadas. |
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En consonancia con la belleza del Valle del Henares, cabría
diseñar una ruta que cruzase el puente de Zulema, rastreando las ruinas de Alcalá la
Vieja para luego buscar un ensanche en el cerro del Ecce-Homo, en la zona donde se yergue
el Gurugú o en las laderas terrosas del barranco de la Zarza.
De ese modo, entre pinos
carrascos y matas de esparto, hallamos una vista que cuadra bien a la personalidad de la
región. Acaso turbando la serenidad del paseo, encontraremos fauna menor, de la que
apasiona a los entomólogos. No se olvide que en 1856, Luis Mendes de Torres editó en
Alcalá su conocido tratado, El cultivo y cura de las colmenas y las ordenanzas de los
colmenares.
Haciendo su morada en la cuenca del Henares, la población animal
es generosa, en consonancia con el mayor verdor que incitan las aguas.
El río Henares es
afluente del Jarama, nace en Sierra Ministra, en la rama castellana del Sistema Ibérico,
entre Soria y Guadalajara, y dirige su curso hacia el suroeste, internándose en pos de
lindes bien conocidas por los alcalaínos. No en vano, la ciudad protege en lo
administrativo y en lo sentimental el Soto del Henares, un área que comprende tanto
el río como los barrancos adyacentes. El ecosistema, animado por la presencia de álamos,
sauces y chopos, merece la atención de todo aquel que pase por Alcalá.
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Desde el humedal llega hasta la llanura
cultivada un perímetro faunístico repleto de sorpresas, sobre todo si se tiene en cuenta
la proximidad de núcleos industriales muy poblados. De ordinario, los cazadores
tradicionales, que llevan sobre las espaldas bastantes horas de monte, conocen los
refugios de perdices y codornices. Esto no es óbice para que ambas especies, la perdiz
común o roja (Alectoris rufa), con su gorguera blanca ribeteada
de negro, y la pardoamarillenta y muy menuda codorniz (Coturnix coturnix),
sean irrespetuosas con los cotos señalizados y prefieran lucir su plumaje ante cualquier
viajero, sobre todo si éste carece de lebrel y escopeta.
Antaño muy perseguida y hoy librada de la extinción por leyes muy
severas, la avutarda (Otis tarda) luce ocasionalmente su porte
majestuoso. El enorme tamaño de los machos hasta un metro de altura,
convierte a este ave en un robusto vigía de los páramos y trigales, camuflado gracias a
su color ocráceo y a un saludable recelo de los hombres. De mucho menor calibre,
pajarillos como la cogujada común (Galerida cristata) y el
zorzal común (Turdus philomelos), emplean el mismo colorido para
ocultarse. |
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Sobrevolando este paisaje, también es
posible reconocer la silueta del cernícalo vulgar (Falco tinnunculus),
un pequeño halcón, de unos 34 centímetros, cuyas alas apuntadas suelen verse en toda la
franja castellano-leonesa. De gran belleza, esta ave ofrece un dimorfismo sexual
característico. El macho tiene la cabeza, el obispillo y la cola, de color gris, y sus
partes superiores lucen un color castaño adornado por motas. En contraste, las partes
superiores y la cola de la hembra son de color pardo rojizo, listadas transversalmente.
Habitual morador de terrenos de cultivo, el cernícalo es asimismo un inesperado inquilino
en la ciudad. Demostrando malas costumbres de vecindad, veces aprovecha en los árboles el
lugar de nidificación propio de las urracas.
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Mencionamos un córvido, la urraca (Pica pica),
cuyo plumaje pío y larga cola, teñida con lustre azulado-verdoso, nunca
pasan desapercibidos. Animal vivaracho, muy sagaz, se le atribuyen
picardías notables, como el robo de joyas y objetos brillantes y la
imitación del habla humana. En todo caso, su presencia siempre añade un
punto de barullo a los jardines y las tierras de cultivo.Descendientes de la paloma bravía (Columba
livia), las palomas domésticas que revolotean por Alcalá han heredado de
aquélla su obispillo pálido y el plumaje gris azulado. Muy dañina en todo sentido, esta
especie anida en grietas de los edificios, donde sus pichones, torpes y deslucidos,
engordan hasta que son capaces de seguir el ritmo de la bandada. No es extraño que a esos
grupos se una otro simpático merodeador, el gorrión común (Paser domesticus),
aficionado a las mismas costumbres de nidificación y subsistencia.  
De
grandes patas y cuello largo, la cigüeña común (Ciconia ciconia)
picotea su plumaje blanco sobre el tejado de los mayores edificios alcalaínos. Anda con
pausa, como si se supiera parte del grupo arquitectónico. No es raro escuchar el batir de
sus mandíbulas el crotoreo en los periodos de cría y fecundidad, ya sin
disimulos de ninguna clase frente a los humanos, que la respetan cual si de un símbolo
eclesiástico se tratase. Aquí el razonamiento es obvio, puesto que no son aves a las que
se pueda separar de cornisas y campanarios. Ésta es, en el pasado y el porvenir, una
presencia muy deseada, tan afín al paisaje complutense que cuesta imaginarlo sin ella.
Como su nombre indica, el humedal del río Henares nos permite
acudir a sus aguas, que han de servirnos de contrapunto a este paseo por la ciudad. Allí
donde se ofrecen los regatos, encontramos una población bulliciosa, amante de la fronda y
los rincones accidentados.
 
Los cangrejos americanos ocupan las corrientes que otrora
habitaban los crustáceos autóctonos. Entre junio y julio, se produce la freza de la
carpa (Cyprinus carpio), cuyos huevos hacen eclosión entre tres
y seis días después. Un buen festín, sin duda, para un avecilla cada vez más rara de
contemplar por estos lares, el martín pescador (Alcedo atthis),
que se zambulle en pos de sus pequeñas presas con una energía súbita y nerviosa. Mucho
más frecuente es observar las evoluciones de la lavandera blanca común (Motacilla
alba alba), afanosa en picotear por las orillas. Tampoco es raro encontrarse
con el pato más habitual en este paisaje, el ánade real (Anas platyrhynchos),
al que también suele llamarse azulón por el espejuelo que brilla en sus alas,
destacado entre dos barras blancas. El macho tiene su cabeza de color verde irisado y su
pico es amarillo, y en todo ello es muy distinto de otras aves que surcan esta corriente,
como la focha común (Fulica atra) y la polla de agua (Gallinula
chloropus), que además pertenecen a otra familia, las Rallidae,
que sólo se asemeja a las anátidas en el hábitat que comparten: los márgenes de agua
dulce que enriquecen esta comarca.
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