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«Hemos roto con el Gobierno», dice un jefe entusiasta animando al pueblo a continuar la lucha
Los trabajadores españoles se alzan de las ruinas de la presente guerra de clases
Madrid, 5 de agosto (por aire a París)
Hoy me he encontrado con él. Es un hombre alto, de rostro tostado y bien afeitado. Este hombre de rasgos moros, es hijo de campesinos pobres, algo que evidencia su acento roto, casi gutural. Estaba tumbado en un camastro en el vestíbulo del palacio de los duques de Medinaceli, donde ondea la bandera roja y negra de la Federación Anarquista Ibérica. Junto a él, apoyado en la pared, descansaba un rifle. Durruti estaba completamente despierto.
—No, aún no los hemos puesto en fuga —dijo enseguida con franqueza, cuando le pregunté por las posibilidades de victoria sobre los rebeldes—. Tienen Zaragoza y Pamplona, donde están los arsenales y las fábricas de munición. Debemos tomar Zaragoza, y luego dirigirnos al sur para enfrentarnos a Franco, que subirá desde Sevilla con sus marroquíes y sus legionarios. Seguramente, dentro de dos o tres semanas, libraremos la batalla decisiva.
—Sí, quizá un mes. Esta guerra civil durará todo agosto, por lo menos. Las masas se han alzado en armas. El ejército ya no cuenta. Sólo hay dos bandos: el de los civiles que luchan por la libertad y el de los civiles que son rebeldes y fascistas.Todos los trabajadores de España saben que si triunfa el fascismo, se verán abocados al hambre y la esclavitud. Pero los fascistas también saben lo que les espera cuando sean vencidos. Por eso la lucha es implacable y constante. Para nosotros, se trata de aplastar el fascismo y barrerlo del todo para que no pueda volver a asomar la cabeza en España. Estamos decididos a acabar con el fascismo de una vez por todas. Sí, a pesar del Gobierno —añadió, con tono hosco.
El Gobierno no lucha —Ningún gobierno del mundo combate el fascismo hasta su muerte. Cuando la burguesía ve que el poder se le escapa entre los dedos, recurre al fascismo para poder mantenerse. Hace mucho tiempo que el Gobierno liberal de España podría haber dejado sin poder a los elementos fascistas —siguió diciendo Durruti—. En vez de eso, dio rodeos y llegó a compromisos y perdió el tiempo. En este momento, incluso ahora, en el Gobierno hay gente que quiere tratar a los rebeldes con guante de seda. Nunca se sabe —añadió, riendo—. El actual Gobierno puede llegar a necesitar a las fuerzas rebeldes para aplastar al movimiento obrero.
—Cierta resistencia, sí —asintió Durruti.
—De la burguesía, claro. A la clase burguesa no le gustará que implantemos la revolución.
Luchando por la revolución —Puede que esa sea la opinión de esos señores. Nosotros, los sindicalistas, luchamos por la revolución. Sabemos lo que queremos. Para nosotros no significa nada que en alguna parte del mundo exista una Unión Soviética que obtuvo la paz y la tranquilidad sacrificando al fascismo bárbaro de Stalin a los trabajadores de Alemania y China. Queremos la revolución en España, y la queremos ahora, no después de la siguiente guerra europea. Nuestra revolución actual preocupa más a Hitler y Mussolini que todo el Ejército Rojo de Rusia. Estamos dando ejemplo a las clases obreras alemanas e italianas sobre cómo deben enfrentarse al fascismo. El hombre que hablaba representaba a una organización sindicalista de casi dos millones de afiliados, sin cuya cooperación la República no podría hacer nada, aunque obtuviera la victoria sobre la actual revuelta fascista-militar. Quise conocer su opinión, por ser esencial para entender lo que pasa por la mente de los trabajadores españoles combatientes. Durruti nos indica que la situación puede derivar en una dirección para la que muy pocos están preparados. Es bien sabido que Moscú carece de influencia importante sobre el proletariado español. No es probable que el Estado más respetablemente conservador de Europa consiga tener algún efecto en el sentimiento libertario de España.
Saber vivir en las ruinas —No espero ayuda para una revolución libertaria de ningún gobierno del mundo —dijo con hosquedad—. Puede que los intereses conflictivos de los diferentes imperialismos tengan alguna influencia en nuestra lucha. Es muy posible. Franco se está esforzando por arrastrar a Europa a nuestra guerra. No dudará en lanzar a Alemania contra nosotros. Pero no esperamos ninguna ayuda. Al final, ni siquiera de nuestro Gobierno.
—Podrían verse rodeados de ruinas, incluso tras alcanzar la victoria —aventuré, para romper su ensoñación. —Siempre hemos vivido en barrios pobres, en agujeros en las paredes —dijo con voz queda—. Sabremos adaptarnos a ello. Pero, no olvide que también podemos construir, que fuimos nosotros los que construimos los palacios y las ciudades, en España, en América y en todas partes. Nosotros, los trabajadores. Podemos construir otros nuevos que tomen su lugar. Y que sean mejores. No le tenemos miedo a las ruinas. Vamos a heredar la tierra. No hay ninguna duda de eso. La burguesía podrá destruir y arruinar su propio mundo antes de desaparecer de la historia, pero nosotros llevamos un nuevo mundo en el corazón —dijo, con voz ronca. Los cañones retumbaban en la lejanía. |
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