Lenguas
Por Elena M. Cano e Íñigo Sánchez Paños
Nadie medianamente metido en esto de traducir pasa por alto el problema que plantean los carteles y letreros varios que se ven por las calles. Aunque no por el mensaje que transmiten o pretenden transmitir. Eso es, la mayoría de las veces, facilito. Sino por lo que comunican de cultura y, más aún, de mentalidad, de manera de ser, de actitudes… Vamos a intentar verlo con algunos ejemplos de un reciente viaje a Francia.
Un segundo, típico, lo que tardemos en que el cajero sea bondadoso con nosotros: aparcamos de frente en un sitio pintado de azul, que sabemos reservado para discapacitados físicos. Al otro lado del parabrisas se nos queda el siguiente cartelito: Êtes-vous sûr d’être garé au bon endroit? (que podríamos traducir ad pedem litteræ como «¿Está seguro de haber aparcado en el sitio correcto?»). Se nos escapa una sonrisa, metemos la marcha atrás y nos vamos. ¡Estos franceses…! Lo finos que son, la carga de profundidad que nos han largado con su ironía y su archisabido manejo del eufemismo… Nunca hemos visto en español —en español de España, al menos— nada parecido. En su lugar: «Reservado para personas con discapacidad», «Prohibido aparcar». Lo que viene a ser algo así como «Usted no piense, limítese a obedecer».
Salimos del coche y buscamos un sitio donde tomar cualquier cosa, convencidos de que en estas tierras los perros entran sin dificultad alguna en todas partes. Pero sorpresa, un cartelito nos anuncia discretamente: Nos amis les chiens ne sont pas les bienvenus (cuya traducción literal fiel debería ser algo como «Nuestros amigos los perros no son bienvenidos»). Una de cal y otra de arena, el dueño entiende —porque puede y quiere entenderlo— que también allí su can resulta simpático pero que existe alguna razón para que no le permitan entrar. E inmediatamente se nos viene al recuerdo lo que encontramos por tierras del español: un perrillo negro sobre fondo blanco, cruzado con trazo rojo; o un letrero simple, claro, sin más matices ni más intenciones que lo prístino y directo: «Perros no». Aunque eso también puede ser para ojos extranjeros: «¡Pero qué brutos son, qué antipáticos, qué poco sutiles…!».
Unos pasos más allá, optamos por una terraza y, como las necesidades naturales hay que cubrirlas de vez en cuando, bajamos al servicio. Puerta común para hombres y mujeres, con un letrero casero, en A4 y letras gordas: Messieurs, interdiction d’uriner à côté de la cuvette sous peine de confiscation de l’objet. Risitas, por supuesto: «Señores, prohibido orinar fuera del váter bajo pena de confiscación del objeto». Aquí, ni finura expresiva ni eufemismo ni nada de nada… salvo la remembranza de los años escolares, porque la confiscation de l’objet es lo que todo niño sabe que va a ocurrirle si anda en clase con algo que no debería tener o utilizar allí. El DRAE recoge ‘confiscación’ (‘acción y efecto de confiscar’) y ‘confiscar’ (‘efectuar una confiscación’) [¡!] pero no es término que nos traiga recuerdo alguno de tiempos y castigos pasados; al niño español, el maestro le quita lo que sea «hasta que vengan tus padres a recogerlo».
Nos dirigimos finalmente hacia el aeropuerto (de capital isleña, en el que sabemos que un monumento discreto nos recordará que allí emprendió Saint-Exupéry su último vuelo). Unos kilómetros antes, unos realces nuevos y la consiguiente disminución de la velocidad nos hacen fijarnos en un cartel en el que nunca antes habíamos reparado: Animaux en divagation. ¡No es posible! ¡Animales divagando! Ah, no, no: es un simple amigo tramposo de esos que se regalan a veces unas lenguas a otras: en francés, divaguer es más bien o en primer lugar ‘errar, desplazarse sin dirección determinada’, cuando en español ‘divagar’ es ‘separarse del asunto de que se trata’, ‘hablar o escribir sin concierto ni propósito fijo y determinado’. Pero no deja de hacernos cierta gracia…
Preferimos no pensar en los apuros del traductor que, en una novela, en un folleto de turismo, en una traducción jurada (a saber por qué)… tuviera que decir en español estas cosas y, como pretenden las teorías, causar en el lector español los mismos efectos que en el francés.