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Viernes, 13 de septiembre de 2013

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Autores a. s. xx

Lo insólito de lo nuevo: una nueva traducción de La Celestina (1). Estrategias para la traducción

Por Peter Bush

¿Qué es La Celestina? ¿Una novela o una obra de teatro? ¿Y acaso importa? Pues sí, la cuestión del género literario es importante para el traductor que tiene la tarea de acometer una nueva traducción para un dramaturgo como Calixto Bieito en vísperas del Festival de Edimburgo, el cual, como otros muchos dramaturgos anteriores, afirma que, sin retoques, la obra de Fernando de Rojas no funciona, que es demasiado larga y que hay que cortar un 40%, si no un 60% del texto. Y también fue importante en mi caso, cuando empecé a pensar en el proyecto de realizar una nueva traducción.

Cuando leí y estudié La Celestina por primera vez, yo tenía diecisiete años. Su prosa —esa prosa escrita y publicada en 1499, a la manera de un tipo de novela dialogada y no como una obra teatral fracasada— enseguida me enganchó debido al conflicto social que plantea, en el cual es primordial ese ambiente de ciudad pequeña donde todo el mundo se conoce pese a vivir en barrios distintos, agrupados en función de su riqueza, su clase social o su raza. Y, cómo no, me enganchó la frescura del lenguaje y su manera de abordar el tema del sexo, así como la vitalidad que rezuman la vieja Celestina y su entorno.

A fin de cuentas, yo vivía en Inglaterra, un país en el que hasta hacía poco tiempo Lady Chatterley's Lover era una obra prohibida y donde triunfaban las obras de los angry young men representados por John Osbourne, Arnold Wesker, David Storey y Stan Barstow —y también alguna angry young woman como Shelagh Delaney—, y en el que los censores, residuo del legado victoriano, todavía se estaban batiendo en retirada. Por fin podían escucharse en el teatro y en el cine palabras como shit, que siempre se habían pronunciado en la calle o en los hogares. En aquella época, yo pensaba que Fernando de Rojas era un joven enfadado que pertenecía a esa década de 1490 en la que dio comienzo la expulsión de los judíos de España y tuvo lugar el primer viaje de Colón a las Américas; un joven que, siendo estudiante de Salamanca, escribió una obra de una envergadura y genialidad que lo hacían equiparable a un Shakespeare o a un Cervantes. Además, Fernando de Rojas escribió su obra cien años antes, no como una novela ni una obra de teatro, sino más bien para ser leída en voz alta por lectores profesionales que se ganaban el sustento leyendo y actuando para los que no sabían leer, y para el número cada vez mayor de lectores que compraban libros y gozaban del placer de la lectura solitaria.

Al menos éstas fueron algunas de las ideas que le expuse a Eric Lane, el dueño de Dedalus Books, una pequeña editorial ubicada cerca de Cambridge y con un magnífico historial en lo que a la publicación de clásicos europeos se refiere. Le dije que era necesario eliminar toda la parafernalia relativa a la estructura de drama humanístico que le fue impuesto por su primer editor, Alonso de Proaza, y le dije que mi traducción iría contra la tradición —muy respetable y muy respetada— de usar la tijera con La Celestina al llevarla al escenario. Fernando de Rojas fue un novelista en ciernes de un género en ciernes. A él no le preocupaban los formalismos, sino que buscaba el modo más adecuado de expresar en el texto lo que quería escribir y comunicar. Tanteaba, eso sí, y por tanto creó una obra en la cual apenas sobraba una palabra. A continuación, le expliqué a mi editor que no quería traducir La Celestina al inglés recurriendo a un lenguaje seudoisabelino o seudoshakesperiano. Si, por un lado, La Celestina triunfó en su época debido a la originalidad de sus personajes, rescatados de su medievalismo tópico, por otro lado también triunfó gracias a la frescura de su lenguaje, a lo insólito de la novedad, a la utilización de un castellano que nadie había escrito antes y que rompía moldes gracias a la fusión de estilos literarios que entremezclaban las fórmulas del amor cortés con el lenguaje de la calle, reflejando de este modo los conflictos sociales y las luchas por el poder que caracterizan la España de finales del siglo xv y principios del siglo xvi.

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