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Jueves, 12 de septiembre de 2013

El Trujamán. Revista diaria de traducción

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Enseñanza

Cosas casi sueltas que (¿todos?) hemos dicho y hecho en clase (2)

Por Elena M. Cano e Íñigo Sánchez Paños

Seguimos con nuestro somero repaso de cosas que decimos y repetimos en clase de traducción…

Parece mentira, pero no siempre se entiende —¿se acepta?— en clase a la primera que únicamente se traduce bien lo que se comprende bien. Y que para eso hay que echar mano de todas las fuentes de información que sean precisas, incluidos los amigos, además de un tiempo del que los traductores, por desgracia, no siempre disponen. El profesional de la traducción sabe muy bien que el exceso de confianza en sus propios conocimientos puede ser malo, que la duda casi sistemática es una excelente consejera. Y no solo es consciente de que existe y la acoge, sino que está siempre pacientemente dispuesto a intentar arrostrarla como un escollo más del proceso traductor. También entiende que eso no quiere decir que la solvente; menos aún, que la solvente bien; muchísimo menos todavía, que lo haga a gusto de todos. Lo sabe. Probablemente porque ha pasado por unas cuantas meteduras de pata que lo han devuelto a la humildad. Probablemente por la igual y contraria lo ignora el aprendiz o se resiste a recibirlo.

Debemos reconocer en este punto que, con cierta frecuencia, hay profesores de traducción que descuidan una faceta importante: que enseñar a aprender es una de sus tareas; y pretenden avanzar dando por sentado que los estudiantes manejan las técnicas, tienen adquiridas las competencias, se mueven bien por los recovecos y hasta dominan el «depende»… Profesores que, en definitiva, se limitan a corregir y a comprobar los resultados. Es probable que el estudiante también aprenda así, pero con más lentitud e inseguridad, a base de trompicones que un mejor planteamiento por parte del profesor le evitaría. Es más, una de las necesidades imperiosas de la enseñanza en general y de la enseñanza de la traducción en particular es, creemos, que el alumno sea consciente de sus progresos. ¿Se da cuenta solo? ¿Podremos acostumbrarnos (profesores y estudiantes) a que la nota no sea el único marchamo de calidad?

Otro punto bastante recurrente en clase es que de la lectura que el traductor haga del texto original va a depender en gran medida la lectura que luego se haga de su traducción. Siempre se oye decir que hay que leer el texto entero antes de empezar a traducir. Acaso sea verdad… cuando el texto es suficientemente breve. En traducciones largas, sean del contenido que sean, los plazos hacen imposible tal exigencia. Hay al menos dos lecturas: la inicial, más o menos detenida pero siempre comprensiva, para captar el contenido global, el aire del texto original; y otra a la que se procede por segmentos o unidades de sentido, a medida que se va traduciendo. Al final, queda la lectura personal última, antes de dar por terminado el trabajo… en la medida de lo posible. Porque es raro que el traductor siga conforme con lo que ha hecho al día siguiente mismo de haberlo entregado.

Pasamos por alto otra obviedad muchas veces repetida y, por lo general, enseguida captada aunque no siempre aplicada: que antes de empezar la revisión final de una traducción hay que dejarla reposar un poco —como el vino ya servido—, si bien es cierto que los tiempos no siempre lo permiten. Y esa lectura última tiene necesariamente que ser objetiva, crítica y muy exigente. El profesor se cansa de decirlo en clase: el trabajo que se entrega —además de limpio y en versión única, es decir, sin alternativas entre paréntesis— no puede agazapar ambigüedades que el original no tiene, debe respetar escrupulosamente las normas ortográficas y ortotipográficas de la lengua de llegada, que ha de ser natural, idiomática, sin artificialidades absurdas que terminan dificultando la lectura y, de ahí, la comprensión… Dicho de otro modo, el traductor no se permite veleidad alguna.

Y ello a pesar de que no solo de originales buenos vive el traductor, sino de todo lo que le ponen por delante. Lo profesional, lo digno, es trabajarlos todos igual de bien, con independencia de que le gusten o no, o incluso le den asco.

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