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Lunes, 9 de septiembre de 2013

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Historia

Traduciendo desde el exilio (15): Consuelo Berges Rábago

Por Josefina Cornejo

«Anárquica; sí, señora, y nunca he tenido carné de nada», le espetó Consuelo Berges (Ucieda, Cantabria 1899 – Madrid, 1988) a Maruja Torres en una entrevista para El País en 1983. Hablamos de la traductora de Stendhal, Proust y Flaubert, cuya Historia de la España cristiana, de Jean Descola, inauguró en 1956 el premio de traducción Fray Luis de León, predecesor del actual Nacional de Traducción; de quien trató de dignificar el oficio de la traducción y reclamó los derechos de autor para los traductores; de una maestra —feminista y republicana— represaliada por la dictadura, que empezó a traducir como modo de supervivencia, ya que cualquier otra forma de expresión le fue prohibida.

Berges, que no había ido a la escuela y que se había educado sumergiéndose en la extensa biblioteca familiar, partió, hastiada de la dictadura de Primo de Rivera, hacia Perú en 1927 tras haberse iniciado en la prensa con artículos que firmaba con el seudónimo de Yasnaia Poliana —la casa donde Tolstoi concibió Guerra y paz y Anna Karenina. Del país andino saltó a Argentina y escribió para La Nación y El Diario Español. En 1931, la proclamación de la Segunda República la trajo de vuelta a España, después de una breve escala en París. Siguieron unos años de gran actividad periodística y compromiso social. Colaboró con el madrileño El Sol y con las publicaciones de la CNT y la Federación Anarquista Ibérica, en cuyas páginas vertía sus ideas libertarias y republicanas, defendía los derechos de la mujer y su alfabetización, reivindicaba los métodos anticonceptivos y exigía el voto femenino por el que con tanto ahínco luchaba su amiga Clara Campoamor. Sus opiniones se granjearon el interés de los intelectuales del momento; mantuvo amistad por correspondencia con personajes como José Ortega y Gasset, María Zambrano, Rafael Cansinos Assens y Francisco Ayala.

Con la sublevación militar, Berges marchó a Barcelona; allí trabajó en Mujeres Libres, revista que también contaba con la pluma de Rosa Chacel. En 1939 comenzó su periplo —a pie, bajo las bombas— hacia el exilio en Francia junto a muchos otros compatriotas. Hubo penurias hasta su llegada a París: fue detenida y enviada a campos de concentración. En la capital francesa vivió en la clandestinidad; sobrevivía con clases de español y artículos para publicaciones argentinas. En 1943 cayó presa de los alemanes, que la entregaron a las autoridades españolas. Evitó la cárcel gracias a la intercesión de parientes y amigos. Desde entonces, como ella misma admitió, el exilio exterior se tornó interior: no se le permitió ejercer la docencia, tampoco publicar. Así que viró a la traducción y, gracias a ella, leemos hoy muchas de las obras cumbres de la literatura en lengua francesa.

Berges fue una enamorada de las letras galas. Su primer acercamiento a la traducción fue una obra de Saint Simon; a lo largo de su trayectoria regresó al teórico francés en más ocasiones (La corte de Luis XIV, La princesa de los Ursinos, De Duque de Anjou a Rey de las Españas). Quien realmente la cautivó fue Stendhal. Decía que traducir es un reto maravilloso, «una lucha con la palabra, un reto que cobra tintes de exaltación con Stendhal». Entre su nómina de traducciones stendhalianas figuran Armancia, La cartuja de Parma, Paseos por Roma, Vida de Napoleón y Vida de Mozart. Ahondó asimismo en el mundo literario de Balzac (Un asunto tenebroso); Proust (En busca del tiempo perdido; Los placeres y los días); Rousseau (El contrato social); Flaubert (Madame Bovary, Un alma de Dios); Breton (Magia cotidiana); Descartes (Meditaciones metafísicas; Las pasiones del alma); La Bruyère (Los caracteres o las costumbres de este siglo); Comte (Discurso sobre el espíritu positivo); Focillon (El año mil); Bernanos (Un mal sueño); y el mencionado Descola (Los conquistadores del imperio español, Cristóbal Colón, Los libertadores, Hernán Cortés).

Berges, la voz en español de Stendhal, afirmaba que «una buena traducción no debe de ser nunca una transposición, es ya de por sí un género literario, porque si el autor pone el alma y el hueso, el traductor pone la piel». Sobran más palabras.

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