Traductología
Por Jorge Bergua
La historia del latín escrito es tan dilatada en Europa que ha alumbrado una enorme variedad de fenómenos relacionados con la traducción. Entre ellos, ha sido frecuentísimo el de la traducción actualizadora, en la que el latín —una lengua que puede con todo porque es esencialmente intemporal— es forzado a adaptarse al mundo moderno, acuñando palabras o acepciones ajenas al registro clásico o medieval de la lengua. Recordemos, entre mil ejemplos, las versiones latinas del Quijote, o el espléndido noticiario latino de la radio finlandesa (Nuntii Latini), en el que se da puntual cuenta (escrita y oral) de toda la actualidad política y económica de nuestro convulso mundo.
Pero el caso que quería traer a colación ahora es otro, aún más extraordinario: se trata de las traducciones al latín de las aventuras de Astérix, hechas con gracia y no poca maestría por Karl-Heinz Graf von Rothenburg, también conocido como Rubricastellanus. Aquí nos encontramos ante un fenómeno en cierto modo inverso al anterior: no se trata de utilizar el latín para, en un ejercicio de ingenio o tour de force, vestir con otro ropaje unos textos o realidades más modernos, sino más bien de devolver a los inolvidables personajes de Goscinny y Uderzo su verdadera lengua, aquella que deberían haber hablado desde el principio, es decir, el latín (pues el caso del galo/celta sería bastante más problemático). ¿Acaso puede haber algo idiomáticamente más convincente que la escena en que César, mirando de reojo a Bruto, que aplaude hipócrita en el circo, dice para sus adentros: Iste Brutus… aliquando furcifer mihi difficultates afferet («Algún día el desgraciado este de Bruto me dará un disgusto»)? ¿O que la blanda queja de Obélix tratando de que Panorámix le dé por fin una ración de poción mágica: Paulo minus valeo… («Estoy algo debilucho»)?
Astérix fue en su momento una serie innovadora, que anunciaba una forma más lúdica y pop de relacionarse con la Antigüedad, y en la que el guiño irónico del anacronismo se convertía en una de las claves esenciales de su humor. Pero en estas aventuras, o pericula, vertidas al latín, el arte de mezclar registros lingüísticos y realidades temporales alcanza un grado superior, casi virtuosístico, y al tiempo muy posmoderno: mientras los personajes se expresan en un convincente y sabroso latín coloquial, con ocasionales citas literarias (como cuando, en sutil anacronismo de unos pocos años, el bardo se pone a cantar en el bosque la oda de Horacio Integer vitae), siguen apareciendo hábilmente latinizados los consabidos guiños contemporáneos, como el inglés que lee impertérrito el pétreo diario Tempora mientras los galos irrumpen en su casa, o las coquetas muchachas que se pasean por la Ambulatio Britannorum de Niza (la «Promenade des Anglais»)…
Desde que me aficioné a leerlo en latín, se me hace difícil ya volver a las versiones españolas. La única pega que se me ocurre ponerle a estas magníficas traducciones es que las citas apodícticas que pronuncia puntualmente el pirata viejo después de caer, una vez más, en manos de los dos héroes galos, y que constituían un momento muy esperado en las versiones españolas o francesas (de hecho, fueron mi primer contacto con el latín, y supongo que el de muchos de mi generación), pierden ahora buena parte de su efecto. Pero como diría, con gesto sardónico, el propio pirata, sic transit gloria mundi.