Ciencia y técnica
Por Marcos Cánovas
En un trujamán anterior se apuntaba el uso de la traducción automática vinculada a entornos de traducción asistida por ordenador. Los programas informáticos que incluyen estas posibilidades ofrecen herramientas potentes a la hora de rentabilizar la tarea. No estamos hablando, naturalmente, de traducir textos como los literarios, que exigen una interpretación estilística o que requieren sopesar detalladamente los matices afectivos de la expresión: en estos casos, la traducción automática y la traducción asistida no son opciones aceptables.
Sin embargo, con otros documentos (por ejemplo, textos técnicos), sí que se pueden obtener muy buenos resultados.
En otro lugar nos referíamos a la herramienta Translator Toolkit, de Google: puede servir de ejemplo de cómo se combinan las diferentes modalidades (traducción automática y traducción asistida) en un entorno tecnológico al que se puede acceder con facilidad y de forma gratuita.
El Translator Toolkit se puede configurar de diversas maneras. Cabe trabajar con una memoria de traducción de uso exclusivamente propio, pero también se puede optar por compartirla en la red. Una memoria compartida pone los pares de segmentos traducidos (la equivalencia de una frase en la lengua de llegada y en la de partida) a disposición de todas las personas usuarias de la herramienta, estén donde estén. De esta manera, se pueden encontrar segmentos que alguien ya ha traducido en algún momento y que son semejantes a los que aparecen en nuestra traducción, con lo que el trabajo será más fácil.
En cualquier caso, se esté compartiendo o no la memoria con la que se trabaja, pueden llegar sugerencias de traducción a partir de los niveles siguientes: en primer lugar, a partir de la memoria propia, si aparece una frase parecida a otra que se ha traducido antes y que se ha incorporado a la memoria que se usa; en segundo lugar, en el caso de que no se encuentren segmentos parecidos en la memoria particular, puede haber propuestas derivadas de los miles de memorias compartidas que hay en la red; y, en tercer lugar, si los otros dos niveles no tienen respuesta, Google ofrece una traducción automática que, como en los casos anteriores, se puede editar. El orden de acceso a estos recursos se puede cambiar y también se puede bloquear alguno de ellos (si, por ejemplo, no se desea recurrir a la traducción automática). Todo ello, en cualquier caso, y como sucede en general con las herramientas de traducción asistida, está vinculado a glosarios que sirven para facilitar las equivalencias terminológicas.
Como se comentaba, Translator Toolkit no es más que un ejemplo que permite ver la situación actual de las tecnologías de la traducción. Existen programas, de libre distribución o comerciales, que funcionan de una manera parecida, incorporando memorias compartidas y opciones de traducción asistida. Varían los formatos de los archivos que admite cada programa, así como la capacidad de gestionar proyectos más o menos grandes, con un número variable de documentos, intervención de diversos traductores y traducción a varias lenguas. También cambian los formatos de las memorias según la aplicación (algunas tienen formatos propios y otras usan el formato TMX, que en la práctica se ha convertido en el estándar de intercambio de memorias). Todo ello, junto con las indicaciones del cliente, determinará la opción que se elija, teniendo en cuenta que, por una parte, existen herramientas comerciales potentes (como SDL Trados, Star Transit o Dejà Vu) y que, por otra parte, herramientas gratuitas (como Translator Toolkit, OmegaT, Anaphraseus o Wordfast Anywhere) o asequibles (Wordfast Classic y Pro) con las que se pueden obtener resultados completamente satisfactorios.