Profesión
Por Enrique Bernárdez
No se trata simplemente de olvidos: cuando no aparece el traductor, sobre todo si se trata de algo tan sistemático, hay una motivación detrás. Básicamente se trata de evitar la sensación de estar ante algo «extranjero». Una investigadora alemana, Lavinia Heller,1 habla de las traducciones «como extranjeros», «personas que llegan un día y se quedan», con todas las implicaciones sociológicas que afectan a nuestra visión de los extranjeros. En el espacio de lengua inglesa, muy especialmente en los EE. UU., los extranjeros no son del todo aceptados, y los escritores African-American, Native American, Chinese-American, Cuban-American, Basque-American o Latino tienen siempre una cosa en común: escriben en inglés. De este modo, eliminado el problema de la lengua, parecen menos extranjeros. Con las traducciones sucede lo mismo. Para ser aceptables, su inglés deberá esconder cualquier rasgo extranjero. A veces, las traducciones se hacen adaptaciones, como la versión inglesa de una novela islandesa, en la que una referencia a Gutenberg y la imprenta se sustituía por otra a Caxton, el primer impresor inglés (que aprendió el oficio en Flandes…). La misma Karen Blixen, vulgo Isak Dinesen, tuvo que pelear con su editor norteamericano para evitar que este introdujera cambios en las obras escritas por ella en inglés (británico), a fin de hacerlas «más americanas». En las librerías de EE. UU. hay una sección de traducciones, como si los libros con esas características fueran anómalos e incluso apestados. Un traductor británico, Eric Dickens, lo dice muy claro en un artículo titulado «Selective Xenophobia and Literary Translation in Britain»:2
Parece existir una tendencia creciente en el mundo de lengua inglesa […] a encerrarse en sí mismo. Mientras que no falta tráfico literario dentro de ese mundo monolingüe, traer textos del exterior (o de las minorías lingüísticas del interior) ha ido haciéndose cada vez más difícil. […] Por «xenofobia selectiva» me refiero a que Gran Bretaña parece encantada de recibir literatura del mundo entero… con tal de que esté escrita originalmente en ingles.
Dickens no es el único; el catedrático y traductor Lawrence Venuti (de los EE. UU.) publicó en 1995 un libro sobre historia de la traducción, titulado La invisibilidad del traductor.3 Con este término se refiere a «la situación y la actividad del traductor en la cultura anglo-americana contemporánea». De lo que se trata, a fin de cuentas, es de que no se note nada que pueda parecer extranjero:
Un texto traducido […] es juzgado como aceptable por la mayoría de los editores, reseñistas y lectores, si se lee con fluidez, cuando la ausencia de peculiaridades lingüísticas o estilísticas lo hace parecer transparente […]; la apariencia, en otras palabras, de que la traducción no es una traducción, sino el «original».
Este aspecto, sobre el que se ha escrito mucho en El Trujamán, ha invadido también nuestro país. Pero lo esencial del planteamiento de Venuti, como en el caso de Dickens, es que un libro traducido encontrará dificultades para su aceptación si se nota, o se sabe, que el original no estaba en inglés. Un lector de The New York Times comentaba, en relación con la concesión del Nobel al poeta sueco Thomas Tranströmer, que esos escritores extranjeros eran desconocidos y que el Nobel, si quería conservar su prestigio, debería concederse solamente a autores en lengua inglesa. En las ciencias, se añade otro factor, señalado por especialistas de distintas nacionalidades: si no se da clave alguna de que un libro importante no se escribió originalmente en inglés, se fomentará la idea de que «todo lo interesante se escribe en inglés». Lo peor de todo es que aquí nos dediquemos a imitar, aunque corregida y aumentada, esa nefasta costumbre, carente de toda ética.