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Jueves, 6 de septiembre de 2012

El Trujamán. Revista diaria de traducción

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Autores s. xx

El don de la ambigüedad

Por Ramón Buenaventura

Traducir es casi imposible, y casi me sobra el casi.

Cada autor que traduzco me apisona más el susodicho convencimiento. Ahora —léase: hace ya unos pocos años— ando con Don DeLillo (y lo que andaré, porque me queda por traducir uno de sus libros más difíciles); con los cuentos completos, que se titulan The Angel Esmeralda y que acaban de publicarse en Estados Unidos.

Su dificultad principal está en la pura y simple redacción, si no quieren ustedes llamarle estilo, que también. DeLillo practica una prosa rotunda, brusca, con toda la suavidad borrada (sí: se adivina lo que ha borrado, cuando lee uno a velocidad de traductor), brutal en algunos momentos, no muy piadosa con el lector. Llega a aplicar, a veces, las estrategias de la poesía: ráfagas de palabras de significación borrosa que quieren provocar una sensación en el lector, pero que no pretenden controlarla absolutamente (como, al menos en teoría, pretende la prosa). También podríamos decirlo de otro modo: DeLillo no considera que la realidad interior del ser humano sea exactamente expresable, por ningún método, y procura no expresarla más que en términos borrosos, no de libre interpretación, quizá, pero sí bastante abiertos a la manipulación consciente o inconsciente del lector.

Pero, claro, se da la antipática circunstancia de que una de las zonas en que menos coinciden las lenguas, creo, es en la gestión y expresión de la anfibología o ambigüedad. Pongo un ejemplo al revés, para mejor comprensión. Alguien puede escribir en castellano «el dato preciso» con ánimo de que el lector no sepa exactamente si se habla de «dato exacto» o de «dato necesario». En inglés, en cambio, «precise» no puede significar «necesario», de modo que me cargaré la ambigüedad en cuanto traduzca al calco, anulando la intención del autor.

Problemas de esta índole se plantean constantemente en la traducción de poesía (lean a Wallace Stevens o Ezra Pound y cuéntenme exactamente lo que dicen). También en la traducción de muchos textos en prosa. En los de Don DeLillo, como más arriba he indicado, pero no menos en los de Faulkner, los de William Gaddis, no digamos en los de Joyce. Tienen muy mala solución y frustran al traductor, obligándolo a percibir su impotencia.

De vez en cuando conviene consolarse con traducciones de Hemingway, o Philip Roth, o Franzen, que jamás incurren en ambigüedad. Benditos ellos.

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