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Miércoles, 5 de septiembre de 2012

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Errores

La traducción en escena (6). Comedia de equivocaciones

Por Francisco J. Uriz

Todos cometemos errores traduciendo, pero cuando uno está en casa leyendo tranquilamente un poema sueco en el que aparezcan ‘golondrinas’ (svalor), en lugar de ‘cisnes’ (svanor) en el foso de un castillo, generalmente no se da cuenta.

Aunque a veces, tal vez por deformación profesional, algo te sorprende y te hace levantarte del sillón a consultar. Leyendo el Ulises en la traducción de Valverde, me enfrenté a una frase rara: «Te llamé niño malo de ese modo porque no me gusta el otro mundo» (world), (p. 279, edición en dos volúmenes de Bruguera, Libro Amigo, Lumen). Fui a la traducción de Salas Subirat, que es la primera que leí, y me encontré: «Te llamé pícaro querido porque no me gusta esa otra palabra» (word), (p. 194, de la 3.ª edición de Santiago Rueda). Parecía más lógico. Pero fui al original publicado por The Modern Library, New York, 1942 y en la p. 158 dice word. Pero puesto ya en faena miré la versión francesa revisada por V. Larbaud et l´auteur y volví al desconcierto: je n´aime pas cet autre monde. O sea, ¿qué leemos cuando leemos traducciones? ¿Cómo revisan los autores sus traducciones?

Poco antes me había sorprendido sin más una palabra entre dos puntos: «Mamá», p. 270, y miré en Subirats, p. 187: «Maná»; y en el original, Manna. Es decir una errata.

Un director de escena chileno, Igor Cantillana, me contó las vueltas que le dio a la exclamación «¡cuántos chinos!» que aparecía entre dos frases en la pieza de Chéjov que estaban ensayando, ya que no había aparecido ningún chino hasta entonces. Lo intentaron con todo tipo de entonaciones y nada. Hasta que gracias a un cotejo con el original pudieron saber que era «¡cuentos chinos!»

En la traducción de El viaje de Pedro el Afortunado de Strindberg no es lo mismo encontrarse con el desconcertante diálogo si estás leyendo en casa o viendo la representación en el teatro: «¿Dónde está la reina en este poema?», y la respuesta «Es un poema sin reina». La deficiente lectura de la mala caligrafía de un manuscrito había convertido la «rima» en «reina».

Pero lo malo es cuando el error se ve… Por ejemplo, al Moisés de Miguel Ángel se le ven unos cuernos producto del error de traducción de San Jerónimo en su Vulgata.

En una de las acotaciones de El viaje de Pedro el Afortunado podemos leer que «salen a escena unos ratones arrojando humo por los rabos» cuando lo que dice es simplemente que «llevaban un lazo negro como luto por la muerte de un compañero caído en una ratonera». Pero sería sonrojante verlo en escena, siguiendo esa traducción.

En la misma pieza hay una escena que habla de un reformador social que ha mejorado el pavimento de la ciudad y al que el pueblo agradecido ha erigido una estatua en la que el prócer está apoyado en un pisón, la herramienta que simbolizaba su labor por la ciudad. Pues bien en la traducción, por otra parte meritoria, «en la estatua el reformador aparece inclinado hacia una mujer que representa una calcetera».

Hay que tener en cuenta que en la década de 1910 el traductor Rafael Mitjana, musicólogo y ministro de España en Suecia, (al que le debemos, entre otras cosas, haber descubierto el Cancionero de Upsala), no tendría ni un mal diccionario sueco-español a mano.

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