Diccionarios
Por Ricardo Bada
Una de mis últimas lecturas ha sido el Diccionario del Argot, El Sohez, de Delfín Carbonell Basset, editado por McGraw-Hill en Nueva York, 2001.
De siempre me han interesado los diccionarios en mi condición de trujamán, pues de hecho, y por mucho que los denostemos, son nuestros mejores amigos. Que si los denostamos, es por la sencilla razón de que los querríamos perfectos, olvidando que no lo somos ni nosotros mismos, ni nada, ni nadie. Dicen que sólo Dios, pero está por verse.
Una razón añadida para encontrar seductora la lectura de El Sohez es que se ocupa de la materia más viva del idioma, de la no codificada, de la no consagrada académicamente, de la que pulsa y vibra en el lenguaje de la calle, de las tabernas, de las comisarías, de las cárceles, de los prostíbulos, y así pulsante y vibrante pasa a las obras literarias. Veinte registros de este diccionario, documentados con citas de Pérez Galdós, le atestiguan a su escritura una lozanía lingüística que creo que pocos le sospechaban.
Para ir aproximándonos a la materia, rescato del prólogo, de Luis María Ansón, la frase con que lo inicia: «Cuando la hermana del rey Bermudo II de Galicia era conducida a Córdoba para incorporarse al harén de Almanzor, en calidad de esclava, dijo finamente a los caballeros gallegos que la custodiaban y escoltaban: “Los pueblos deben poner su confianza en las lanzas de sus soldados, más que en el coño de sus mujeres”».
Y es que, según parece, el homo hispanus —y como se ve por este ejemplo, también la mulier hispana— ha sido boquisucio desde el vamos. ¡Cómo no desear, entonces, engolfarse en las páginas de una obra que nos promete la verificación si no exhaustiva, sí casi extenuante de que somos unos malhablados de mierda!
Entremos pues de lleno en esta lectura y vaya por delante que El Sohez es un diccionario sumamente valioso, tanto más cuando se piensa que es la obra de una sola persona. Delfín Carbonell Basset no ha tenido respaldándole la labor de un equipo, sino nada más que su convicción y su fe, y espero que haya sido recompensado por ambas.
Pero un diccionario es una obra de tal magnitud que, si ya confeccionado por un equipo no se elude el tropezón inevitable, muchos más serán esos inevitables tropezones, amén de los así mismo inevitables descubrimientos del Mediterráneo, cuando es un solitario quien la acomete. Sobre todo teniendo en cuenta que este Sohez, de alguna manera, desea ser omnicomprensivo para el ámbito de la lengua española. Y más aún si a pesar de esa pretensión, de las casi trescientas obras declaradas como «bibliografía de primera mano», no llegan ni a veinte entre ellas las de autores hispanoamericanos (y a su vez de entre ellas, si la Fräulein Atención no se me fue con el Herr Santo al cielo, un solo diario: el argentino Clarín).
Veamos un botón de muestra de tropezón semántico: En la página 180, en la entrada «chungo // malo», el ejemplo de uso que se pone es el siguiente: «considerando entre risitas si no era de lo más chungo que a su prima la hubiesen desvirgado el día de la Purísima». Es evidente que tal ejemplo hubiese debido aparecer en una distinta acepción del mismo adjetivo, que el Sohez ignora: «chungo // divertido, cachondo (en el sentido de burlón, jocundo)».
Y veamos a continuación diversos botones de muestra de tropezón morfológico, empezando por una primera variante, cuando se cambia de ubicación una cita y se desvirtúa su sentido.
En la página 423, en la entrada «por mí como si te la machacas // expresión de indiferencia», uno de los ejemplos de uso que se pone dice así: «Esta es la toalla —bromeó Basi— que usa el cura para limpiarse cuando se la machaca», ejemplo que evidentemente tendría que aparecer en la entrada «machacársela // masturbarse», de la página 422.
Ahora un botón de muestra de tropezón morfológico de otra variante, cuando se altera la ubicación de la misma cita en dos lugares y se desvirtúa su sentido las dos veces:
390: «¡No jodas! // exclamación de enfado: “¿Patricia se ha casado con Paco? ¡No jodas!”» y «¡no jodas! // no me digas: “nos van a vetar la entrada en el mercado común. ¡No jodas!”»: claramente, clarísimamente, son citas cambiadas de sitio.