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Jueves, 15 de septiembre de 2011

El Trujamán. Revista diaria de traducción

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Ciencia y técnica

Traducir es no dejar huellas (2)

Por Bertha Gutiérrez Rodilla

Decíamos en días pasados, respecto a los errores de la traducción científica, que parecía que algunos hubieran terminado aceptando que «no hay vuelta de hoja» y dieran por sentado que la traducción científica es así, tiene que ser así, dada la complejidad de los conceptos que pueblan sus textos y la dificultad de los términos con que tales conceptos se expresan.

Pero decíamos también que no tiene por qué ser así y, desde luego, que no siempre ha sido así. Las traducciones de textos médicos, por poner un ejemplo, efectuadas por Hunayn ibn Ishaq, médico siríaco del siglo ix, asentado en Bagdad, desde el griego hacia el siríaco o hacia el árabe, no eran desastrosas. Como tampoco lo fueron las de Arnau de Vilanova, a finales de la Edad Media o las de Andrés Laguna en pleno Renacimiento. ¿Había en aquellas obras que tradujeron menor complejidad conceptual o menor esoterismo terminológico que en las de ahora? Ni muchísimo menos. Muy al contrario: a las dificultades inherentes a la traducción científica de cualquier época se añadían los escollos lingüísticos casi insalvables que suponía poner en contacto mediante la traducción lenguas tan lejanas y dispares como el griego con el siríaco, el latín o el castellano; o el árabe con el latín, el hebreo o el catalán. Aquellos campeones de la traducción seguramente sonreirían al ver los apuros de los traductores actuales para efectuar traslaciones entre lenguas tan próximas como el inglés, francés o español, escritas todas ellas con alfabeto latino… Porque estos y otros excelentes traductores científicos de tiempos pasados, aunque no conocieran los consejos que le ofreció en 1190, por medio de una carta, el médico y filósofo Maimónides a Samuel ibn Tibon, cuando éste se disponía a realizar la traducción al hebreo de la famosa Guía de perplejos del cordobés, los tenían bien interiorizados y los practicaban. Consejos que podrían resumirse en los cuatro siguientes: no traducir verbum pro verbo; tener un dominio absoluto de las dos lenguas con las que se trabaja; tener, además, pleno conocimiento de la materia sobre la que está traduciendo; y cuidar la ordenación sintáctica para que lo que se escribe sea perfectamente comprensible en la lengua hacia la que se traduce. Para ello, primero habrá que entender perfectamente el contenido de lo escrito en la lengua de partida y después expresarlo correctamente en la lengua de llegada. Unos consejos tan de sentido común que seguramente no haya nadie que pueda no estar de acuerdo con ellos. Otra cosa es que los traductores los practiquen…

Pero estos excelentes traductores de tiempos pasados compartían igualmente —aunque no lo supieran— las condiciones que Samuel ben Judad añadía en el primer tercio del siglo xiv a las formuladas por Maimónides casi doscientos años antes, para llevar a cabo una buena traducción. Entre tales condiciones, a cual más lógica y coherente, dos son, a mi juicio, particularmente importantes, por lo lejano que parece hoy poder conseguirlas: el traductor debe estar versado en toda clase de ciencias y no solo en la materia que traduce, debido al carácter interrelacional que mantenían todas las disciplinas entre sí en épocas pasadas… ¿Qué decir ante esto, de la parcelación indiscriminada de los saberes que sufrimos en la actualidad, a pesar de esa transversalidad que ahora nos pretenden vender…? La siguiente condición que ponía el sabio judío era la necesidad de paz y de sosiego para poder llevar a cabo una tarea intelectual de primer orden como es la de la traducción. Esta última condición no admite ni comentarios en esta sociedad del cortoplacismo, de la prisa y de la inmediatez en la que vivimos.

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