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Miércoles, 7 de septiembre de 2011

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Ciencia y técnica

Tecnología: ¿aliada o enemiga?

Por Xosé Castro Roig

Cuando yo empecé en el mundo de la traducción profesional —allá por el año 90—, tuve una ventaja competitiva que me acompaña hasta ahora: el conocimiento de la tecnología. De hecho, pude, en parte, compensar mi juventud y falta de experiencia con un conocimiento tecnológico que, para algunos clientes, resultó ser provechoso.

En una época en la que algunos traductores (la mayoría, en el sector audiovisual) aún entregaban sus trabajos impresos con máquina de escribir, yo aparecí con disquetes. Fui yo el que le instaló el primer módem a muchos de mis clientes, y les hice ver que, con aquel aparato, podían ahorrarse gastos de mensajería, trabajar con proveedores de otros lugares (aún no habíamos acuñado el término teletrabajo) y encontrarse las traducciones en su ordenador al abrir la oficina, porque el traductor podía enviarla la noche anterior.

Después de más de veinte años traduciendo, he comprobado muchas veces quién es el que se queda por el camino en ciertas especialidades profesionales (dentro de la nuestra, cabe destacar la traducción técnica, pero también otras), y es aquel que reniega de la tecnología; aquel que no la concibe como un tren que va en marcha y acelerando: cuanto más tardes en subirte a él, más te costará.

Por esa dificultad para subirse, algunos prefieren pensar que se está mejor parado en el apeadero, donde todo es conocido y accesible. Así, hay profesionales que ven cada avance como una amenaza contra el orden natural de las cosas. Igual que pasó con la locomotora eléctrica, con la electricidad, con la telefonía o con la farmacopea, cada innovación representa —para algunos— un golpe contra los pilares de «lo que debe ser». Lo que esconde esto es, en realidad, desconocimiento y temor, dos conceptos que luchamos por erradicar, paradójicamente, en sociedades subdesarrolladas, porque sabemos que son una rémora para el progreso económico. Así, hay personas (incluso intelectuales) que dicen que los SMS o el chat o internet están destrozando las relaciones personales o la comunicación y el idioma (ya ven, la comunicación ha empeorado con internet…); gente que afirma que los blogs están acabando con el periodismo; personas que recurren a creencias cuasi religiosas (como la homeopatía) por su desconfianza de la medicina moderna, o traductores que temen los nuevos programas y avances del mercado, porque piensan que los dejarán sin trabajo.

Y aunque este temor es connatural al ser humano y todos lo sentimos alguna vez, debemos intentar superarlo en aquellos aspectos de la vida en los que nos produce inacción o nos invita a desviarnos hacia alternativas que pueden ser perjudiciales. Yo recomiendo a mis colegas que hagan lo contrario: cuando llegue un avance tecnológico, lo abracen, lo reciban —con un necesario escepticismo, sí— y lo estudien, especialmente si uno no disfruta de una clientela y unos ingresos sólidos y asegurados. Siempre tendremos tiempo de bajarnos del tren. En muchos sectores profesionales, como el nuestro, el desconocimiento tecnológico puede impedir el acceso del traductor al mercado profesional o servir como relevo generacional para los veteranos, pero está en nuestra mano que eso sea así.

En resumen, el lema sería: «¿Esa técnica puede beneficiarme en el futuro o puede llegar a ser una norma en mi sector? Bien, pues háblame de ella… ya».

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