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Martes, 6 de septiembre de 2011

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Historia

Traduciendo desde el exilio (6): Enrique Díez-Canedo

Por Josefina Cornejo

Cuando estalló la Guerra Civil, Enrique Díez-Canedo (Badajoz, 1879 - Cuernavaca, 1944) dejó su puesto de embajador en Buenos Aires y regresó a Madrid para «hacer bulto». Republicano y liberal, se implicó en la defensa de sus ideales en diversas publicaciones. Tras un tiempo de intensa labor, Díez-Canedo, siguiendo la estela de otros muchos intelectuales, sabedores de que la guerra la habían perdido ellos, marchó al exilio. Eligió México.

Antes de partir, Díez-Canedo había sintetizado en su trayectoria la frenética actividad cultural española del primer tercio del pasado siglo. Asiduo del Ateneo madrileño y de la tertulia del Café Regina, donde se fraguó su amistad con Azaña, su presencia en los círculos literarios de la capital era habitual. Su obra poética arrancó en 1906 con Versos de las horas, al que siguieron La visita del sol (1907), Algunos versos (1924), Epigramas americanos (1928) y El desterrado (1940). Sus versos fueron alabados por Juan Ramón Jiménez y Unamuno, pero durante más de treinta años su nombre se asoció a la crítica literaria. Dejó su impronta en revistas como La Lectura, Diario Universal y Faro, que divulgaba el pensamiento de jóvenes filósofos, entre ellos, José Ortega y Gasset. Su firma fue frecuente en publicaciones nacionales (El Globo, El Sol —el diario liberal por excelencia de la época—, La Voz, La Pluma y Revista de Occidente) e hispanoamericanas como la argentina La Nación. Díez-Canedo introdujo a nuevos escritores en el panorama literario español (publicó los primeros poemas de León Felipe) y gracias a él, figuras como Juan Ramón Jiménez, Federico García Lorca y Max Aub comenzaron a disfrutar del favor de los lectores y críticos. Desde sus artículos se convirtió en una de las voces más respetadas de la llamada Edad de Plata del siglo xx.

Díez-Canedo fue un firme defensor del diálogo entre distintas culturas y difundió la literatura extranjera en la España modernista. Siempre abierto a las corrientes literarias más innovadoras producidas fuera de nuestras fronteras, desde 1905 la traducción discurrió en paralelo a su producción crítica. Tradujo del francés, inglés, alemán y catalán. Su lista de autores traducidos incluye a Francis Jammes, H. G. Wells, Heinrich Heine, Charles Claudel, Jean y Eugenio d’Ors. Hojas de hierba, de Walt Whitman, se encuentra entre las contribuciones más memorables a la historia de la traducción en español. Su nombre forma parte asimismo de la extensa nómina de traductores que volvieron su mirada a la novela rusa en las primeras décadas del siglo (suyo es El barón avariento de Pushkin). Combinó su actividad crítica y traductora en la fundamental La poesía francesa moderna (1913), una selección desde el final del romanticismo francés a los umbrales de las vanguardias. La antología —editada junto a Fernando Fortún y a la que Juan Ramón Jiménez, entre otros, aportó su genio literario— fue el volumen poético de mayor influencia y despertó el fervor por el simbolismo y modernismo galo entre los escritores españoles e hispanoamericanos. Anteriores son sus antologías Del cercado ajeno. Versiones poéticas (1907), con traducciones de Verlaine, Rimbaud y Mallarme, e Imágenes (Versiones poéticas) (1910), que incluía versiones de Baudelaire, Yeats y Wilde y piezas de poetas italianos y portugueses. La literatura portuguesa constituyó un temprano foco de atención y a ella le dedicó Pequeña antología de poetas portugueses en 1910.

El exilio mejicano no minó el entusiasmo con el que Díez-Canedo emprendió cada una de sus facetas. Nuestro «transterrado» —como gustaba decir de sí mismo— continuó escribiendo, siempre atento a las novedades que pudieran modernizar la escena literaria a ambas orillas del Atlántico. El mismo día de su fallecimiento salió de la imprenta la monografía Juan Ramón Jiménez en su obra, una nueva y hermosa muestra de su «talento de excepción», como le definió un compañero traductor del exilio, Juan José Domenchina.

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