Diccionarios
Por Juan de Sola
De perdidos al río. Me dispongo, pues, a consultar el volumen III (CHILINE-ÊTRE) con la esperanza de que sea el mismo Dictionnaire des dictionnaires el que me diga qué entienden Guérin y sus secuaces por dictionnaire. Que sea el continente el que hable del alcance del contenido. Esta vez no pienso detenerme donde no toca. «Hay que ir al grano», me digo. La gran novela española de finales del siglo xx ya se ha encargado de demostrarnos qué ocurre cuando uno no ha querido saber pero ha sabido, así que será mejor no andarse con rodeos. Entorno los ojos para ver difusamente la mancha de la página e intuir sólo algunas entradas que me confirmen que voy bien encaminado: courageusement (p. 465), cramponnant (p. 504), daltonien (p. 609), délayer (p. 704), dérivement (p. 757), dévoreur (p. 801), diatribe (p. 813) y dictatus papæ (p. 817). Estamos cerca, muy cerca. En la misma página, al pie casi de la columna primera, leemos:
Dictionnaire. s. m. (dér. de diction). Vocabulaire, recueil de tous les mots d'une langue rangés dans un certain ordre, expliqués dans la même langue ou traduits dans une autre.
Bien. He ahí una definición general a la par que precisa, sin juicios de valor ni disonancias. Pero sigamos, porque la definición continúa en la segunda columna con un cita nada menos que de Rousseau: «C'est une langue dont il faut avoir le dictionnaire». Viniendo de Rousseau, la verdad sea dicha, esperaba algo de más enjundia, alguna de las reflexiones que hace en el Ensayo sobre el origen de las lenguas, pero es sabido que las citas, sacadas de contexto y transformadas en titulares, se convierten invariablemente en perogrulladas o en provocaciones. Poco a poco, sin embargo, voy sintiendo los aires de la reconciliación.
¿Y si fuera yo el problema? ¿Y si Guérin fuera más objetivo que nadie y sus ofensas no fueran tales? ¿Y si fuera la subjetividad de quien esto escribe el principio de la disensión, el origen de una brecha, digamos, epistemológica? Sigo leyendo y me encuentro con el siguiente ejemplo: «Fam. “Traduire à coups de dictionnaire”, Avoir fréquemment recours au dictionnaire pour traduire une langue». Me froto los ojos y releo: «“Traduire à coups de dictionnaire”, Avoir fréquemment recours au dictionnaire pour traduire une langue». Desconcertado, bajo al final de la definición para ver quién firma esta entrada: F. G., de nuevo nuestro amigo Frédéric Godefroy, que al parecer tenía muy presente la traducción.
(Tomo la libreta de notas y apunto: «Cf. Paul Guérin, cf. Frédéric Godefroy. ¿Quiénes eran? ¿Qué relación mantuvieron? Ver si Flaubert († 1880) los cita en alguna parte de su correspondencia, aunque es difícil. Relacionarlo con las idées reçues. Llamar a J. [Jordi, experto en Flaubert]». Espero reconocer mi letra cuando decida reanudar ese hilo).
Dejo la libreta a un lado y vuelvo a la página 817 del volumen III del Dictionnaire des dictionnaires. Después de ilustrarnos con un par de ejemplos sobre el uso metonímico de la palabra diccionario —«C'est un dictionnaire vivant»—, Godefroy, que sabe probablemente que ésa es la definición más importante de todas cuantas contiene el diccionario, la piedra de toque de su validez, se explaya y nos cuenta la historia de los diccionarios o catálogos: empieza con Calímaco y su inventario razonado de la literatura griega (los Pinakes, que Godefroy titula Musée), nombra el De verborum significatione, de Marco Verrio Flaco (s. i), pero omite el De lingua latina de Marco Terencio Varrón (s. i a. C.). Seguidamente cita el Onomasticon de Julio Pólux (s. ii), menciona los glosarios del renacimiento y destaca la obra lexicográfica de Robert y Henri Estienne, cuyo Thesaurus linguæ græcæ, nos dice, «sirvió de modelo a todos los autores de diccionarios latinos». Lo que se aprende en un diccionario de diccionarios.
Llegados ya al terreno de la lengua francesa, cita, además del de la Academia, los diccionarios de Furetière, Trévoux, Richelet, Napoléon Landais, Bescherelle, Poitevin, Dochez, Littré —«qui a fait oublier tous les autres»—, y para «l'ancienne langue» o el francés antiguo, «celui de Godefroy». O sea, el suyo, modestia aparte.
Uno no sabe qué hacer, si consultar el Dictionnaire de l'ancienne langue française et de tous ses dialectes du ixe au xve siècle, o permanecer en el Dictionnaire des dictionnaires de Guérin y buscar de una vez por todas qué se dice en él bajo la rúbrica de traducción, convencido como está de que este último artículo lo firma asimismo Godefroy.
Denme unos días para pensar y les cuento. Por lo demás, sigo sin saber quién escribió la misteriosa nota que me incitaba a seguir la pista de Guérin.